,

Belleza

El erótico viaje de Collyer

Sexualidad en la Colonia

Por: Rodrigo Barría

Fotos Claudio Doenitz

El escritor está empeñado en explorar la sexualidad de los chilenos a lo largo de la historia. En este primer tramo, describe el choque entre españoles y mapuches, las dotes amatorias de Pedro de Valdivia y las intimidades de insignes personajes.

collyer
Jaime Collyer, sicólogo y novelista —premiado en la edición española de Playboy por sus cuentos eróticos y autor de El infiltrado, Gente al acecho, La bestia en casa, Cien pájaros volando y El habitante del cielo— tuvo la idea de escabullirse en los albores de la alcoba criolla. Así dio origen a Pecar como Dios manda. Historia sexual de los chilenos (editorial Catalonia), que será oficialmente presentado a fin de mes en la Feria del Libro de Santiago, pero ya está en librerías. Pensado como una trilogía, el primer tomo recorre desde los orígenes hasta la Colonia. Collyer vuelve a explorar el mundo del erotismo en una narración que mezcla datos históricos precisos, relato atractivo y desmitificación de personajes.

Así, por ejemplo, queda expuesto Diego de Almagro y su penosa travesía rumbo a Chile afectado por la sífilis. La desconocida personalidad lujuriosa de Pedro de Valdivia y su ardiente concubinato con Inés de Suárez. La pena de amor que trajo a Alonso de Ercilla a estas tierras. Y la tortuosa relación de Joaquín Toesca con una mujer que no sólo le puso reiteradamente los cuernos, sino que hasta intentó envenenarlo.

El panorama sexual de los indios americanos con que se encontraron los conquistadores era variado. En algunas tribus no se conocía el beso, en otras las niñas se iniciaban a los diez años. La virginidad no tenía demasiada importancia, la fertilidad era prolongada y la mayoría practicaba la poligamia. Físicamente eran bajos, casi sin vello corporal, con buena dentadura y rara vez calvos. El contraste era evidente. “Los españoles atravesaban por un período de puritanismo y exacerbación del conservantismo. España se configura en torno al catolicismo, el cual por entonces es sexófogo. Para ellos el sexo es pecaminoso. Por el contrario, las culturas precolombinas eran muy sensuales”, explica Collyer.

collyerLos mapuches tenían algunos ‘avances’ en materia erótica que sorprendieron y espantaron por su osadía a los conquistadores. El primero fue el llamado huillín, una crema hecha con los genitales de un roedor que servía, según los indígenas, para mejorar la potencia masculina. Además, las mujeres mapuches solían echar mano al denominado huesquel, una herramienta de placer hecha con piel de animal.

“Las diferencias sexuales seguían después de la muerte. Para los mapuches había una existencia celestial llena de placeres, con mujeres, elixires y parranda. El cielo de los españoles, en cambio, era muy discreto y austero”, explica el escritor.

Los autóctonos, sorprendentemente, no tenían muchos problemas con la homosexualidad. De hecho, en las comunidades existía la figura del machi-hueye, un curandero y especie de oráculo travestido que desconcertó a los españoles cuando lo vieron. “En la práctica, eran bisexuales. Algo parecido sucedía en Isla de Pascua, donde los homosexuales fueron y son muy valorados como espíritus refinados a cargo de ciertas funciones que los otros dos sexos no cumplen”, agrega Collyer.

Desde sus inicios Chile está marcado por el sexo. O mejor dicho por las afecciones relacionadas con la vida sexual de los conquistadores. Partiendo por Diego de Almagro, aventurero que cuando comenzó su viaje desde el Cuzco en 1535 rumbo a Chile no sólo lo pasó mal en el trayecto —debido a la mala elección de la ruta—, sino principalmente por la sífilis que hacía estragos en un hombre entonces anciano. Tenía 60 años.

—Del otro conquistador, Pedro de Valdivia, pocos conocen su reputación de amante insaciable…
—Lo que pasa es que hay una visión muy aristocrática de él. Es un poco la representación de la estatua en la Plaza de Armas. Pero, al parecer, era más bajo, más obeso y desde luego mucho más mujeriego de lo que dice la versión oficial. De hecho, tuvo tres amantes en Chile. Inés de Suárez, su favorita, y que vino como supuesta criada, en realidad era su concubina. Vivieron diez años juntos. Lo interesante es que con ellos germina un estilo sexual chileno basado en una fachada oficial, aparentemente muy correcta, pero claramente distinta por detrás.

Collyer reflexiona en este punto: “Desparpajo y recato convivían sin demasiados problemas en la vida de la elite, uno restringido a la vida privada, nocturna y subrepticia; el otro desplegándose en el discurso público, en los bailes y ceremonias oficiales”.

—Joaquín Toesca, uno de estos personajes de alcurnia, no sólo fue marido engañado, sino que hasta trataron de envenenarlo…
—Un caso muy nítido de aspiracionismo en la Colonia. El llegó cargado de un gran renombre. Y ahí estuvieron las madres dispuestas a todo para que se casara con alguna de sus hijas. Fue cuando conoció a Manuelita, una fierecilla domada que le puso los cuernos hasta que se cansó. Ahora, lo del envenenamiento no era algo tan inusual en la época. Nadie se espantaba demasiado.

Al escritor también le llama la atención lo sucedido con Alonso de Ercilla. El hombre vino a Chile por una pena de amor y acá se fascinó con los mapuches. “Es un éxtasis que a ratos resulta sensual. Lo que me parece llamativo es que el texto por antonomasia de la masculinidad chilena fuera escrito por un poeta lírico desengañado que al final queda deslumbrado por el bando contrario”, explica el autor.

collyer200LA GUERRA DE ARAUCO hizo que en Chile hubiese menos mujeres españolas que en otros lugares del continente. Y, las pocas que estaban, sufrían dos peligros permanentes: ser secuestradas o quedar precozmente viudas. Un dato: en 1583 había en Chile mil 100 españoles y apenas 50 españolas.

Collyer explica cómo esta escasez de mujeres peninsulares hizo que los españoles se acercaran a las aborígenes. Al respecto, hubo varios métodos: “Violándolas, esclavizándolas o bien amancebándose con ellas y creando lazos de índole menos brutal”.

Como sea, a los españoles tampoco les fue mejor, ya que los indígenas solían raptar españolas como efectiva forma para debilitar a su adversario. De hecho, el sentido de pureza racial de los españoles ayudaba a hacer intolerable la idea de que sus mujeres estuvieran con los ‘salvajes’.

Lo evidente es que el mestizaje avanzaba a pasos agigantados, pese a que, como norma, prefería eludirse y no reconocerse. Una muestra: entre 1540 y 1565 se registró un único matrimonio santiguado religiosamente entre un español y una india.

Cobijadas en las llamadas pulperías y chinganas, nacieron las casas de remolienda. Una iniciativa privada parecida a una actual pyme, donde las ‘gerentas’ solían ser mujeres solas que debían sacar adelante a sus hijos a como diera lugar.

También aparecieron las casas-fonda, pequeños lugares de hospedaje donde el sexo ocupaba buena parte de las actividades. “Una tradición que originó los hoteles parejeros, que perduran hasta nuestros días”, escribe Collyer.

Collyer se apiada del ímpetu de las féminas de la Colonia: “Hay que entenderlas. Muchas de ellas eran jóvenes casadas con hombres que les doblaban la edad”.

Mientras aparece el primer tomo de la serie, el escritor ya trabaja en la segunda parte, donde exhibirá la sexualidad y las versiones menos conocidas de algunos de los personajes más conspicuos de la Independencia.

Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl

Comparte esta noticia