Belleza

Nueras v/s suegras

Por: Paula Palacios

Las dos aman al mismo hombre. Una relación delicada que puede transformar a dos mujeres en aliadas o en enemigas mortales. Celos, competencia y también cariño están presentes en estas tres historias.

suegras
“No podía dejar que se fuera a un asilo”

Margarita Matte (48, paisajista, cinco hijos) llevaba tres meses casada con el arquitecto Gustavo Krefft; estaba recién instalada en su departamento, cuando su suegra, la periodista Carmen Puelma, sufrió aneurisma cerebral. Tras dos operaciones, cuatro meses internada, y con el 75 por ciento de su cerebro dañado, una vez de alta, no dudo en llevarla a vivir con ella. “Mucha gente me aconsejó no hacerlo. Me decían que teníamos que afiatarnos como pareja, que había instituciones especializadas. No dudé. Gustavo era el único hijo que podía hacerse cargo, no podía dejar que se fuera a un asilo. Pensé: fue lo que me tocó”.

Recibió a su suegra con sondas para alimentarse, una traqueotomía para respirar y con un informe médico lapidario: “no habrá avances”. Cambiaron las prioridades. “Si antes los planes era conocernos como pareja, los primeros meses de matrimonio se centraron en el bienestar de la enferma. Adelantamos la construcción de una casita en La Dehesa, que contó con la colaboración de mucha gente, partiendo por el entonces diputado Patricio Phillips; regaló la madera”.

“MI VIDA TOMÓ OTRO RUMBO. Es inimaginable vivir con una persona con esa discapacidad, hasta que te toca. Pero no me arrepiento. Lo más complicado era la rotación de enfermeras, nanas, mientras yo trabajaba…, eso hasta que aparecieron Raquel y Genoveva… Llegaron los niños y el lugar se hizo chico. Muchas veces quería descansar, pero debía estar disponible para las visitas”.

“Vivir en una casa, escuchar niños, ruidos, la invitaba a participar; privarla de eso no me lo habría perdonado ¡jamás! Recibía mucha gente, y lento empezó a abrir los ojos, a mover las manos, ver TV, emitir sonidos… Sé que entendía, pero su respuesta era muy poca, y eso la angustiaba”.

“Ella tenía un carácter fuerte, pero jamás tuvimos problemas. Teníamos una relación de amor profunda: yo era la señora del hijo que adoraba. Todos los días iba a conversarle. Cuando quedaba embarazada, con Gustavo le contábamos y se fascinaba, me besaba las manos. Cuando volvía de la clínica, me esperaba muy elegante en el living. Yo entraba, le entregaba a su nieto, y me iba a mi pieza a llorar de emoción. Creo que le di las alegrías más grandes que una abuela puede tener”.

“En 2003 Gustavo decidió que doña Carmen viviera sola; con ella se fueron Raquel y Genoveva. Su partida marcó un hito. Al tiempo nos separamos. Fue todo drástico. La seguí viendo, aunque menos… El año pasado la visité en el hospital de la UC, y lloramos a mares. Creo que ella entendía que no me había alejado, sino que la situación era incómoda. Su muerte —el 27 de diciembre de 2009— cerró un capítulo personal de mucho amor y pena”.

“En el taror me dijeron que me hizo un trabajito”

“Me puse a pololear con Jaime, y mi suegra no me quería mucho… El venía saliendo de una relación de cinco años, y ella adoraba a la ex, por lo que se ‘confundía’ y me llamaba como ella”, cuenta Fernanda Silva (39, tres hijos, ingeniera). ‘‘Después de cinco años nos casamos, y la relación mejoró. Ella se fascinó con mi hijo mayor porque era precioso. Todo iba bien hasta que en el 2000 a mi marido lo trasladaron a Miami. Invité a mi mamá y a mi suegra por seis meses. Allá me di cuenta de que hacía diferencia con mis hijos; de a poco pasó a ser la dueña de casa, al punto de cambiarme los muebles”. Fernanda reconoce que calló para no incomodar a su marido. “Lo más doloroso fue saber que al llegar ella a Chile habló pestes de mí: que mis hijos comían pésimo, sin horarios, ni sabían comportarse en una mesa. Al año siguiente regresó a vernos a EE.UU., pero esa vez no la atendí. Me levantaba tarde y todo pasó a ser ¡autoservicio! Se descolocó, salía todo el día para no toparse conmigo, aunque se las arreglaba para pelarme con mi marido. De vuelta en Chile, la relación se cortó. Un día Jaime me avisó que sus padres se irían por dos semanas a mi casa, a la espera de un departamento que se habían comprado, pero la estada se prolongó por ¡cinco meses! Su carácter revolucionó todo. Hasta mi nana que era incondicional, dejó de hablarme y se puso contestadora. Creo que a mi suegra le molestaba que a su hijo le fuera bien económicamente y que yo no trabajara. Vivía preguntándome por qué cambiaba las cortinas o cubrecamas. Muchas veces me decía ¿y qué hiciste hoy día?… Ella siempre le pedía plata a su hijo, pero no me metía. La relación con mi marido se fue poniendo tensa, y él tomaba partido por ella. Su error fue no rayarle la cancha, y ella me pasó por arriba.

Mi matrimonio se desgastó al punto de separarnos. Y ella tuvo que ver. Supe que mi ex pololea con la sobrina de su mejor amiga. Es tan egoísta, que su hija no le habla porque arruinó su matrimonio. Después de separarme me vino un agotamiento físico. No tenía energías. Me vi el tarot, y me dijeron estás invalidada laboral y emocionalmente. Que una mujer muy apegada a mi ex me había hecho un ‘trabajito’… En efecto, ha pasado el tiempo y aún no me consolido en el trabajo, ni con una pareja. Ella ha hecho cosas malas. A su primer marido, el día que nació una hija de su segundo matrimonio, le mandó una caja que se suponía era un ajuar, pero adentro iban fotos y cartas de amor. Y hace unos meses le envió a su hija un mechón de pelo de cuando ella era guagua. Mi cuñada muerta de susto lo quemó en el baño de servicio, pero lo extraño fue que el olor sólo se sentía en su pieza. A todas luces, esa fue una de sus tantas brujerías”.

“Nunca me aceptó en su familia”

Francisca Ríos (40, publicista, dos hijas), conoció a su suegra cuando sus gemelas cumplieron siete meses. “Un día avisó que pasaría a nuestra casa a ver a las niñitas. Llegó con unos regalos y un saludo distante. Me extendió la mano y sonrió fríamente. Ahora sé que ella es así con todo el mundo, pero entonces para mí fue muy fuerte. Con el tiempo nos acercamos, principalmente porque me empeñé en conocerla, entenderla, no quería que Jorge, mi marido, quedara fuera del clan. La llamaba para pedirle consejos con las guaguas y fue amable, pero nunca me abrió su espacio. Es una mujer poderosa, de una familia tradicional, muy preocupada del árbol genealógico, de los antepasados, de los rasgos físicos…”.

Francisca conoció a su marido hace 14 años en Valdivia. Había terminado la universidad y decidió irse al sur. “Estaba en un restorán con un grupo de amigos cuando llegó uno de ellos con su hermano que venía de Santiago. Fue un flechazo como en las películas. Nunca más nos separamos hasta hoy. Armamos nuestra casa allá y tal vez por eso nos saltamos la formalidad de presentarnos las familias. Algo que parece jamás me perdonó mi suegra. Todo era normal hasta que me embaracé y decidimos no casarnos. Su hermano, hasta entonces mi gran amigo, se molestó con la noticia. Y desde ese día comenzó el hostigamiento hacia mi marido. Las llamadas de su padre, su madre, reuniones familiares. Mis suegros viajaron especialmente para convencerlo de que me dejara, le ofrecieron irse a estudiar a Europa —todo eso lo supe años después—. Incluso le preguntaron si estaba seguro de que las guaguas fueran de él, que se hiciera exámenes o que si estaba a tiempo tal vez podría pedirme que abortara…”. Francisca interrumpe el relato con los ojos llenos de lágrimas. Dice que no ha superado la pena. “No sé qué pensaban ellos que era yo. Para ella los apellidos son lo más importante. Yo soy descendiente de franceses, unos emigrantes desconocidos, sin tradición según la señora”.

Nacieron las niñas. Y en vez de una visita o una llamada telefónica recibieron una gran suma en la cuenta corriente. “De verdad hubiese preferido el cariño. Mi suegra siempre manda regalos para las niñitas, pero cuando las ve hay frialdad. Mis hijas crecieron dándose cuenta del trato diferente que tenían sus primos y eso me pesa. Una vez intenté acercarme a mi suegra. La llamé para visitarla. Me dijo que no tenía nada que hablar conmigo, que ella trataba los temas familiares con su hijo. Nunca me aceptó entre los suyos. Lo mismo ocurrió años después cuando uno de mis cuñados se casó. El día del compromiso mostró unos aros de brillantes y dijo: Hija, este es el regalo que tienen todas las mujeres de la familia, una tradición. Me miró de reojo. Nadie nunca dijo nada. A estas alturas mi tristeza es por Jorge. El no ha olvidado y de ser el regalón y el menor de los hermanos, se alejó completamente de su madre”.

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