Belleza

Hay que enfrentar el miedo y no hacerse los choros

Pilar Sordo y sus recetas post terremeto

Por: Paula Palacios

Fotos Diego Bernales

En las farmacias no quedan ansiolíticos ni antidepresivos… porque los chilenos nos arrancamos del dolor, afirma esta sicóloga que, después del remezón, nos ve agotados, vulnerables e inquietos. Dice que el humor es clave en esta etapa. Ella también ha tenido otras réplicas: la avioneta donde casi se embarcó al sur, cayó cerca de Tomé y murieron todos sus tripulantes.

pilar
Se vio obligada a rechazar un ministerio (el Sernam) porque hacía poco Pilar Sordo (44, sicóloga, escritora de ¡Viva la diferencia!, panelista de TV) había asumido la rectoría del Instituto Ipege. “Yo definí el sello y carisma del proyecto, no podía dejarlo, pero colaboraré desde otros ángulos, como lo hice con Michelle Bachelet”.

Está delgadísima, ha bajado más de 30 kilos “de pura pena” tras la muerte de su pareja Oscar Letelier por un cáncer al páncreas en febrero de 2009… Y cuando se cumplía el aniversario de su partida, cuando las emociones estaban aún a flor de piel, en momentos en que se recuperaba de una operación —de la que prefiere no dar más detalles— que se complicó (le dejaron una arteria abierta), vino el terremoto: “Un ‘seminario’ de humildad porque nos dejó en el suelo”, dice. No se reponía del impacto cuando supo que la avioneta que la llevaría al sur y en la que no subió, cayó a tierra, muriendo todos los tripulantes.

Dice que vendrán tiempos de incertidumbre y ansiedad, “una especie de aplastamiento del que nos va a costar salir”, por lo que aconseja retomar lo cotidiano, el humor y enfrentar el miedo.

Estaba en un séptimo piso, con sus hijos Cristián (18) y Nicole (16), cuando vino el remezón que reventó los vidrios de su departamento, rompió el techo y tiró al suelo la cristalería. “Bajamos a una salita del edificio hasta que amaneció. Lo terrible fue que no podía comunicarme con mis papás que viven en Viña, y cuando una hermana llegó a buscarlos a su casa, ¡no estaban! Por horas no supimos de ellos, hasta que nos enteramos que habían subido al cerro”. Que los servicios básicos no funcionaran fue una lección: “Tanto depender de la tecnología, tan conectados que nos sentíamos, y ¡nunca estuvimos tan solos como esa noche!”.

Lo peor estaba por venir. El lunes siguiente al sismo abordaría la avioneta que cayó cerca de Tomé, donde murieron seis directivos de la Universidad San Sebastián e Ipege; de este último, el vicerrector de Admisión Rodolfo Becker; el presidente del directorio, Marcelo Ruiz Pérez y el director de la Escuela de Construcción, Juan Guillermo Moya… Un consejo de última hora la dejó en tierra. “Esa mañana Rodolfo entró a mi oficina para avisarme que partirían al sur a revisar nuestros centros. Le dije, ¡vamos! Agarré la cartera y me paré, pero como estaba recién operada, me recomendó no ir. Como broma me dijo: vas a ser un cacho, que te duele la herida, mejor a la vuelta te contamos… Les hice una pauta y partí a Canal 13 a un programa de ayuda. Ahí mi secretaria me avisó que el avión había caído… Quedé en shock”.

Tuvo que reaccionar rápido, hablar con la gente de la institución, subirles el ánimo. “No he tenido tiempo ni para la pega. Y si antes este proyecto tenía urgencia, ahora es una obsesión”.

—¿Ni siquiera ha podido hacer el duelo?
—En este minuto importa colocarle corazón a lo que hago y darle tranquilidad a los que quiero. Sería un lujo y una falta de respeto parar, mientras la gente de Iloca o Dichato está preocupada de conseguir agua y parar algunos palos para vivir.

—Fuerte pensar que pudo ser una de las víctimas fatales de ese accidente.
—No tengo un tema con la muerte. Los que partieron están regio, la pena es por mí, por esta seguidilla de ausencias. Siempre he coqueteado con la fatalidad: hace siete años, mi hija estuvo muy grave por una arritmia, se descompensó. Yo casi morí en un accidente, y años después una arritmia cardíaca me produjo dos microinfartos… Dios me ama profundamente y si me dejó aquí, es por algo…

“Los efectos post trauma recién empiezan a notarse. Veo un agotamiento tremendo. Que las réplicas no terminen produce estrés”.

—¿Qué consecuencias tiene a la larga?
—Mucha irritabilidad, llanto fácil. A las personas les está costando separarse de los afectos, irse de sus casas. Que la familia esté dispersa genera ansiedad que se debe saber manejar porque hay que continuar con nuestras vidas. También habrá un costo económico. Este mes tenía muchas charlas por el Día de la Mujer, pero todo se suspendió.

—No es fácil retomar la normalidad: se habla de seis meses y hasta un año de réplicas.
—Lo primero es volver rápido a las rutinas: da seguridad, la impresión de que avanzamos. Las réplicas fuertes producen una sensación de retroceso, y así nos tendremos que manejar: para adelante y para atrás. Vamos a tener que aprender a caminar con el temor y la ansiedad.

—¿Cuándo debiera bajar la tensión colectiva?

—Dependerá de las réplicas. Somos animales de costumbre. Por lo menos yo, cada vez me paro menos, ya me cansa levantarme. Lo importante es enfrentar el miedo, no hacerse los choros ni osados, desgasta más.

—Un estrés colectivo, ¿demora más tiempo en recuperarse?
—Sí, porque tarda más en digerirse. Además, hay zonas muy afectadas del país, por tanto vamos a estar muchos años hablando del tema. Así como la buena onda es contagiosa, la mala también. Por eso es importante incorporar el humor.

—Algunas personas optan por ir de compras o a la peluquería después de una réplica fuerte.
—Son conductas de evasión, de negar la realidad. Somos de un escapismo del dolor que asombra. En Viña hace poco, cuando se dio la alerta de tsunami, fue un drama: la gente gritando, hordas insultando y pateando autos para que avanzaran; una sensación tan animal que sacó lo peor de nosotros, y es por el mal manejo del miedo. Una prueba es que en las farmacias no quedan ansiolíticos ni antidepresivos, así arreglamos los conflictos.

“Creemos muy poco en nuestras capacidades, la estrategia de solución está siempre afuera. Sin embargo, el día del terremoto no había nada externo que nos sirviera, ¡nada!, todo teníamos que gestionarlo desde nosotros. Nunca fuimos tan humanos como en esos dos minutos y medio. Para allá va el aprendizaje. Y si no, qué pena. Es una oportunidad para crecer, no sólo a nivel de infraestructuras’’.

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