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Guardianes de la isla

Especial Moda

Por: CARAS

Quince moais vigilan. De día protegen al pueblo. De noche, son testigos de cómo dos espíritus femeninos rondan este lugar llamado Ahu Tongariki. Se trata de la mujer ave (Ko’e Vi’e Kena) y la mujer lagarto (Ko’e Vi’e Moko), que con sus plumas y trajes blancos seducen a los valientes que se atreven a mirarlas.

plumas
Rostro vivo de los antepasados, eso significa moai, monumentales plataformas funerarias donde enterraban a los muertos. Ellos protegían a su gente por la eternidad, a través de sus ojos de coral blanco y obsidiana; por eso, también les llamaron Ojos que miran al cielo.

Originalmente eran 30 vigías, pero sólo 15 sobrevivieron a las incesantes guerras civiles. Y en 1960, luego del terremoto de Valdivia, un tsunami terminó con la maldita tarea iniciada por el hombre. La furia del mar esparció a los gigantes a 100 metros del lugar. La restauración completa se hizo recién entre 1992 y 1997 por arqueólogos chilenos. Hoy, el Ahu Tongariki tiene 200 metros de longitud y los 15 gigantes representan uno de los sitios más conmovedores de la isla. Impresiona ver aquí el amanecer. Así lo planificaron los ancestros: una construcción orientada hacia el solsticio, cuando el sol alcanzaba su punto más alto y empezaba la primavera. Pero cuidado, antes de aventurarse a presenciar este fenómeno (que alcanza su mejor visibilidad en enero), pídale permiso a los varuas (espíritus). De lo contrario, la leyenda asegura que lo perseguirán por siempre en sus sueños.

El tatuador
Moko Mae mira directo. Nada se escapa a esos penetrantes ojos pardos de uno de los más reconocidos tatuadores. Este hombre de madre chilena y padre rapa, no sabe explicar por qué, quizá por esos misterios de la isla, de pronto empezó a sentir la necesidad de rescatar aquel arte milenario. Aprendió la técnica, fabricó su propia máquina “con una aguja y un motor de radio” y practicó incesantemente.

Durante un viaje a Tahiti un amigo le habló de cómo esta tradición se había extinguido, al igual que el lenguaje de la Polinesia. “Comencé a informarme, a investigar y recopilar diseños, fundiendo lo Rapa Nui con lo polinésico. Hay símbolos, divinidades, figuras sacadas de moais, de petroglifos…”.

Protagonista del Ballet Tradicional Kari Kari, el cuerpo del isleño Moko Mae es un verdadero catálogo de sus obras. Y en su taller de calle Atamu Tekena decenas de fotografías muestran cientos de dibujos sobre piel que ha hecho. Motivos en negro extraídos de su imaginario ancestral. “Así lo practicaban nuestros antecesores, para ellos era una forma de vida. Los hombres comenzaban a tatuarse a los 8 años y continuaban a lo largo de toda su existencia hasta tener el cuerpo enteramente marcado. Cuando el trabajo ya estaba terminado, era porque había llegado el momento de morir”.

Los tatuajes se utilizaban para reconocer a los clanes y sus oficios. “Si provenías de una familia de agricultores te dibujaban árboles y plantas. Si eras un guerrero, entonces llevabas imágenes de armas. A las mujeres se les imprimían flores… Cuando te haces un tatuaje te transformas en otra persona, adquieres una identidad frente al resto”.

“Es curioso, al principio algunos no se atreven, pero cuando se dan cuenta de las extremas medidas de higiene y salud dan el salto y terminan felices con esta huella imborrable de su paso por Pascua”.

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