‘Puedo asustar a la gente’
El arrollador éxito de Donna Karan y su lado esotérico
Adaptación: Roberto Schiattino.
¡Dios, qué gente tan freak!, vocifera por celular una neoyorquina cualquiera, mientras pasea a su perro y atraviesa la multitud de periodistas y compradores de moda que hacen nata en la calle antes de entrar a la presentación de Donna Karan. Es un día soleado en la Gran Manzana, ha pasado más de un año desde que quebró el banco de inversiones Lehman Brothers —hito de la crisis mundial— y la Semana de la Moda de Nueva York 2010 está empezando, lo que implica casi un mes de shows, canapés y tacos (de autos y de los otros) en las calles.

La moda no es la industria más querida últimamente. Toda la onda de los It bags dio paso a prendas menos costosas. Sin embargo, Donna Karan se las arregla para destacar y para que las mujeres siempre se fijen en sus creaciones de buen corte, cómodas y durables.
Karan, famosa por inventar las prendas uniformables y flexibles en los ’80 —se dice que ella es la creadora del body—, ahora, con la economía aún buscando el rumbo, trae de vuelta la ropa bien pensada y el concepto de ahorro con estilo. Una colección versátil y relevante.
Si Donna reinventó la moda para mujeres que trabajan, hoy está mutando la manera de enfrentarse a sí misma. Curiosa, número puesto en todas las galas artísticas o de filantropía, la diseñadora es también una convertida al esoterismo y al Kabbalah, creencia que conoció gracias a sus amigos Madonna, Demi Moore y Ashton Kutcher. Y en esta nueva vida, sin ningún tipo de preocupaciones económicas, hasta se dio licencia para dejarse seducir por J.J. Biasucci, un modelo 30 años menor, y desaparece hasta tres semanas de su oficina en Manhattan para irse de safari a Kenya. Pero mantiene controladas las riendas de su vida y de todas las marcas que llevan su nombre, hoy propiedad de una multinacional.
“YA NO ME AFECTAN LAS OPINIONES DE LOS CRÍTICOS”. Hoy le preocupa más la reacción de la gente que las reseñas de prensa. “Lo que ves en una presentación de cinco minutos no puede reflejar seis meses de trabajo ni cómo se sienten las telas”, subraya. Y le irrita “esa cosa de: ¿qué es lo nuevo?, ¿qué es lo nuevo?, ¿qué es lo nuevo?”, tal vez porque lo bueno y usable no necesariamente es novedoso.
“Cuando ando por las tiendas, lo que últimamente hago bastante, me gusta oír a mujeres que invirtieron en algo de mi creación y realmente lo agradecieron. Esa es la razón por la que diseño ropa, y me preocupo de que tenga longevidad”.
—¿Cuál es la clave para lograr esa permanencia en el tiempo?
—No creo que mi moda tenga que ver con tal o cual temporada. Es un diseño en evolución. Todo el tiempo estaré creando polleras ceñidas y usando telas stretch, pero también buscaré la fórmula para que se sientan mejor. Siempre avanzando, como un auto.
Nada mala su analogía… a los 61, Donna anda a todo motor. Después de su presentación, la acción sube desde la pasarela a la terraza de su atelier en un extraordinario edificio del Greenwich Village, lugar de sentimientos encontrados para ella. Porque alguna vez, éste fue el estudio de su marido, Stephan Weiss, dotado artista y brillante administrador que “se hizo cargo de toda esa cosa”, como Karan llama al negocio. Murió de cáncer en 2001 y, pese a que ella tiene sus aventuras, nadie ha logrado llenar su espacio.
—¿Cuál fue el mayor legado de Stephan?
—Me permitió dedicarme a crear. Cada día celebro a mi marido y a este estudio.
Y aunque ésta es la locación para sus desfiles y los de su marca DKNY, gran parte del tiempo lo gasta en Urban Zen Initiative, la fundación donde explora el rol del yoga y otras técnicas orientales de sanación para ayudar a los que padecen cáncer. “¿No te parece que se siente bien aquí?”, pregunta cuando pasamos a su jardín, donde describe las influencias de su última colección, con explicaciones místicas. Se inspiró en ‘la playa’, lo que, para ella, significa Parrot Cay en Turcos y Caicos, donde es dueña de un espectacular complejo de villas.
Uno de los sellos distintivos de Donna Karan es ese lado práctico al que las mujeres recurren desde los ’80, cuando lanzó sus famosas siete prendas simples (body, pollera tipo pareo, chaqueta entallada, jersey de chachemira, abrigo, pantalones y un pequeño vestido de noche. Todo confeccionado con materiales cómodos y en negro), al mismo tiempo que diseñaba ropa deportiva para Anne Klein. La idea detrás de su colección eran elementos muy usables que podían combinarse de incontables maneras. La solución para tener un clóset sofisticado y verse bien en la oficina. Poco después, toda una generación de ejecutivas botó a la basura sus antiguos trajes y la siguió. La gracia es que la moda de DKNY no queda obsoleta de la noche a la mañana, un factor esencial que le inculcó Klein, su ‘mentora’.
La única crítica que enfrenta se debe al uso de pieles naturales. Es blanco permanente de ataques por parte de la ONG PETA, que organiza protestas contra los diseñadores, modelos y artistas que las usan.
Karan internalizó el estilo por osmosis: su padre era un sastre y su madre, vendedora y modelo. Aunque nació en Long Island, crecíó jugando en las tiendas de la Séptima Avenida —el distrito de las telas de Nueva York— mientras sus papás trabajaban. Estudió moda en Parson’s school of design y se empapó de una variedad de influencias: “La simplicidad de Halston, Yhoji, Armani y su feminización de la chaqueta, Jil Sander, adicto a las telas como yo, e Issey Miyake, mi pasión oriental”.
DKNY con sus jeans, poleras, línea masculina y perfumes, fue un modelo de industria sobre cómo hacer una exitosa línea masiva. Al mismo tiempo, todas sus marcas —netamente americanas— forman parte del conglomerado francés de artículos de lujo LVMH desde 2001, cuando su marido negoció un fantástico contrato, ‘su legado’, que aseguró a Karan un futuro de mujer rica (ganó más de 400 millones de dólares en la operación) y, al mismo tiempo, mantenerse hasta hoy como directora creativa de todas las etiquetas que llevan su nombre o iniciales.
Donna nunca se detiene. En el medio es conocida esta anécdota: no tardó más de unas horas en volver a trabajar después de dar a luz a su hija Gabby (35). Su entonces jefa, Anne Klein, había muerto y ella tenía que terminar una colección, “no hay separación entre la vida y la profesión. Pienso que trabajas porque encontraste algo que te encanta y te apasiona”.
Amanece a las siete, hace un poco de meditación y yoga. Trabaja a partir de las 09:30, si es necesario, puede seguir, feliz, hasta la una de la mañana. Con su hija es inseparable, viven en la misma calle en los Hamptons, donde Gabby tiene un restorán, a pasos de Urban Zen Initiative.
La diseñadora también se ha involucrado directamente con la próxima generación de la industria, ya sean alumnos de Parsons o mentes brillantes que estudian en la Universidad Central St. Martins de Londres, como Christopher Bailey, de Burberry’s, a quien ella contrató apenas egresado para trabajar en Nueva York. “Amo, amo, amo a Christopher”, grita con orgullo maternal.
—¿Qué dice a quienes se burlan de usted por tanto yoga y agua del Kabbalah?
—Que me da pena. (Me mira a los ojos para responder, en tono casi shamánico). Es una lástima que no puedan experimentar la belleza de ello.
—¿Qué tipo de jefa es Donna Karan?
—Una con visión y creo que eso a la gente le gusta. Soy inspiracional. Puedo asustar a las personas, pero finalmente expanden sus parámetros. Veo un problema y sé que existe solución. Creo que mi legado será crear una comunidad de cambio. Y además soy preocupada, amable y divertida. Muevo a la gente hacia cosas que jamás habían intentado.
Puede que, a ratos, su discurso sea un poco excesivo. Pero sí, esta mujer sabe muy bien lo que quiere.

