Belleza

Palacio Errázuriz, vida social porteña

Argentina

Por: CARAS

Un Greco original, tapices del siglo XVI, esculturas de Rodin, un comedor inspirado en el palacio de Versalles, muebles europeos y objetos de arte orientales son algunos de los atractivos de este enorme edificio que deslumbra por diseño y decoración. Su arquitectura es un ejemplo del eclecticismo francés de moda en Buenos Aires a principios del siglo XX. Está ubicado sobre la Avenida del Libertador 1902 y actualmente funciona como sede del Museo Nacional de Arte Decorativo.

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Detrás de la fastuosa construcción hay una historia familiar que traspasa fronteras. La argentina Josefina de Alvear y el diplomático chileno Matías Errázuriz Ortúzar se casaron en la catedral de Buenos Aires en 1897. Ambas familias de origen español habían llegado a América en el siglo XVIII. Los Errázuriz se establecieron en Chile y los Alvear en Argentina, y ambos tuvieron una destacada actuación en el ámbito político y social.

Entre 1906 y 1916, Josefina, Matías y sus dos hijos residieron en Francia debido a misiones diplomáticas asignadas al padre. Durante esos años se proyectó y construyó la mansión, obra de los arquitectos argentinos Eduardo Lanús y Pablo Hary. De regreso en Buenos Aires, el 18 de septiembre de 1918 la familia inauguró el recinto con una gran fiesta, transformándose así en centro de una intensa vida social por más de veinte años.

Josefina de Alvear murió en 1935. Su marido e hijos ofrecieron al Estado argentino la posibilidad de comprar la casa junto con la colección de arte, para crear un museo. El 18 de diciembre de 1937 se abrió el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Hoy exhibe obras de El Greco, Fragonard, Corot, Manet, Boudin y Fantin Latour. Su aspecto externo es sobrio e imponente, inspirado en el neoclasicismo del siglo XVIII, y su patrimonio incluye porcelanas, cerámicas, orfebrería, tapices, alfombras, vidrios, pinturas, esculturas y muebles europeos y orientales de los siglos XIV al XX.

La Candelaria, Murano y Carrara en Buenos Aires

A 115 kilómetros de Buenos Aires, don Orestes Piñeiro, de profesión farmacéutico, compró en 1840 los primeros terrenos de esta gran propiedad. Cinco décadas después le agregó ocho mil hectáreas y estableció la estancia La Candelaria, denominada así en honor a su mujer. Ante la imposibilidad de tener descendencia, el matrimonio adoptó a una niña, Rebeca, cuyo marido, Manuel Fraga, administró por años la propiedad. En sus continuos viajes a Europa, la familia quedó encantada con los castillos, especialmente uno en la región del Loira. Decidido a tener el propio en estas pampas, Fraga se lo encargó al arquitecto francés Alberto Favre, que comenzó a construirlo a finales del siglo XIX. Con torres normandas de techos de mansardas, el pórtico gótico y el barroco en las ventanas, este castillo ecléctico no alcanzó a ser visto en su totalidad por su suegro ni por doña Candelaria.

Los bosques que lo rodean ocupan 245 hectáreas y el parque fue diseñado por el famoso paisajista Carlos Thays, quien lo pobló de estatuas, glorietas, fuentes y las más diversas especies arbóreas. En el jardín se encuentra la capilla construida en 1937 con torre, techo nórdico y ventanas góticas.

En el interior, el castillo de 1.200 metros cuadrados deslumbra por la suntuosidad de sus ambientes: los pisos brillan desde la madera y el mármol, con guardas de mayólicas. Un gran gobelino holandés cubre la pared de la escalera que lleva al primer piso. En el hall de entrada vemos muebles orientales, una imponente estufa hogar de mármol de Carrara y una lámpara de cristal de Murano. La biblioteca gótica tiene muebles tallados en guindo de más de 300 años.

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