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Milagro submarino

La Mer y Oceana, juntos por una causa

Por: Alfredo López

Dos grandes unidos por arrecifes de algas y coral. Un acuerdo que sella una historia de milagros y curas. Para celebrar su alianza con Oceana, La Mer lanza una edición limitada en ayuda de las aguas más prístinas del mundo, entre ellas Belice y la Patagonia chilena.

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Nada fue casual. Todo partió por la porfía de un físico aeroespacial de la NASA que buscaba una solución para las severas marcas en la piel que sufrió producto de la explosión de uno de sus experimentos químicos. Max Huber caminaba por las costas del Pacífico de EE.UU. cuando observó que las manos de los pescadores eran más tersas que lo habitual. ¿Cómo se explicaba eso en hombres que trabajan con toda la rudeza y con su piel constantemente expuesta a las agresiones del mar? Después de seis mil ensayos dio con el milagro de las algas. Los compuestos de estos organismos brindaban los nutrientes necesarios para una dermis que, en su caso, requería recuperación con urgencia. Era 1965, y después de doce años encerrado en laboratorios y recogiendo pruebas en las costas, por fin tenía en sus manos lo que sería considerado en el mundo de la cosmética como un milagro único: La Mer, un caldo natural de belleza y salud.

Ese espíritu, que ha definido a la marca desde sus orígenes, hoy la impulsa a involucrarse con la protección de los mares. Como una forma de adelantarse al día mundial de los océanos, el próximo 8 de junio, la compañía lanzará una edición limitada de su famosa crema, cuyo envase retrata los fondos de coral de Belice. Una riqueza marina única que los presidentes de La Mer y de la ONG Oceana, Maureen Case y Andrew Sharpless, destacaron como digna de protección especial, luego de que se estableciera científicamente que el retroceso de los arrecifes es de un tres por ciento al año debido a los daños ocasionados por la mano del hombre.

En teleconferencia desde NY, ambos ejecutivos dejaron en claro que es necesario aplicar medidas para salvaguardar los tesoros submarinos del mundo, como el caso de Belice y las prístinas aguas patagónicas de Chile: ambos ejemplos de ecosistemas únicos en el planeta por su fauna y flora.

¿Cuáles son los efectos adversos que puede ocasionar el calentamiento global en las algas curativas de los fondos submarinos?, le preguntamos a Andrew Sharpless. “Son especies con bastante fragilidad frente a la contaminación y los efectos del calentamiento. De allí, la importancia de avanzar con las investigaciones y lograr la protección de estas especies que tanto bienestar brindan al hombre”.

Para avanzar hacia ese objetivo, La Mer hizo un aporte de doscientos mil dólares a Oceana: una institución que vela por la protección y conservación de los océanos y cuyo vicepresidente para Sudamérica es el abogado Alex Muñoz, quien también se refiere a la conciencia que debe existir sobre los mares chilenos: “Están siendo afectados gravemente por la pesca industrial, sobre todo por la sobreexplotación y el uso de redes de arrastre, que causa daños irreparables en especies como corales de agua que toman siglos en formarse”, advierte. “Los problemas de la salmonicultura en el sur y las emisiones de mercurio de las centrales termoeléctricas a carbón, son otras amenazas”.

—¿Qué hace Oceana Chile para mantener aquel ecosistema de “lujo”?

—Estamos trabajando con la Municipalidad de Tortel en la creación de una gran área marina costera protegida en la totalidad de sus fiordos, que van desde el río Baker hasta el Golfo de Penas.

Un trabajo que, según explica Muñoz, ha requerido expediciones inéditas en esta zona, además de estudios científicos y registros de la vida marina con fotografías y videos de alta definición. “Un robot submarino nos permite llegar a grandes profundidades. Para eso, estamos aportando información e imágenes que demuestran la importancia y belleza de los mares de la Patagonia”, concluye.

Una investigación similar a la de Max Huber en las costas del Pacífico en Estados Unidos, cuando se dio cuenta de que el proceso de sus cremas y tónicos debía desarrollarse en un ambiente similar al de los ecosistemas submarinos. En sus laboratorios mantuvo idénticas condiciones de luz y temperatura, e incluso las mismas ondas sonoras que se dejan sentir bajo el mar. Todo eso le permitió conectarse con la mística de los océanos, los mismos que hoy no dejan de brindarnos una lección de conciencia y belleza absoluta.

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