¡Tanta curva y yo sin freno…!
¡Tanta curva y yo sin freno...!
Fotos Rodrigo López
Los guachacas quieren reivindicarlo y un estudioso de la palabra exige a sus cultores más poesía. El piropo está en la mira de todos y, a pesar de las quejas, los piroperos siguen disparando de chincol a jote.

Las crónicas cuentan que el poeta español Francisco Martínez de la Rosa, con su porte quijotesco, salía del teatro en Madrid con paso raudo cuando una señorita lo reconoció entre la muchedumbre. Entonces le dijo a su madre ‘¡mira, mamá, ahí va Martínez de la Rosa!’. El volteó, se acercó donde la muchacha y le dijo con aplomo: ‘Martínez solamente, señorita, Martínez… La rosa es usted’.
El siglo 19 avanzaba con lentitud y la galantería estaba a flor de piel. Victor Hugo llegaba al cenit con ‘Los miserables’ y se daba tiempo para adular a una de sus actrices favoritas diciendo: ‘Los dos somos vecinos del cielo, usted por su belleza angelical, yo por viejo’.
Otros tiempos. El piropo era un halago elegante, poético.
En ‘La chica del Crillón’ (1934, Joaquín Edwards Bello), la protagonista Teresa Iturrigorriaga lo busca con cierta ansiedad: ‘Muchas veces, en la calle, yo también he sentido el deseo anónimo que pasa y me roza, que se infla como una harina amasada, vergonzante; es el piropo callejero, es el estímulo a esta flor humana necesitada de riego’.
La escena se repetirá en el mundo real, pleno verano de 2011. Una mujer guapa, minifalda roja y largas piernas, cruza delante de una obra en construcción, en el corazón de Providencia. Desde lo alto le llegan las palabras de un adulador de dudoso cuño: ‘¡Si esos son los rieles, cómo será la estación!’.
El periodista Héctor Velis-Meza, fundador de ‘Palabras con historia’ —el célebre espacio de radio Cooperativa— y uno de los autores del libro ‘Buenas maneras en el siglo XXI’, pone el grito en el cielo: “Esa es una brutalidad, una chabacanería. ¡Quién podría sentirse halagada con esa frase! Tal vez sea ingenioso, pero no elegante ni armónico”.
‘Qué hace en la playa, ¿no sabe que los bombones se derriten al sol?’ y ‘Oiga, señorita, ¿acaso no tiene cansados los pies de tanto caminar en mis sueños?’ son dos piropos que le gustan mucho a Dióscoro Rojas, rey vitalicio de los guachacas. “Son verdaderos halagos, no como los que se oyen hoy, expresiones cavernícolas. ¿Qué es eso de ‘quiero puro comerte’?”.
Convencido de que el piropo, el verdadero, está en la esencia del guachaca, Rojas quiere hacer una reivindicación nacional: “Sí, porque el trabajador siempre anduvo con la poesía en los bolsillos. Por lo menos, eso ocurría en el Chile bonito, el de antes. Trabajé en la construcción para pagar mis estudios y cada vez que aparecía una mujer, la tapaban a piropos que no eran groseros como los de ahora. El mejor lo escuché en el centro. Tomábamos choca en la obra cuando de repente se baja de un tremendo auto una niña rubia, espigada, preciosa. Entonces, uno de los nuestros le grita: ‘¡Cuántas veces te he dicho que no me vengai a ver cuando estoy almorzando!’”.
¿En qué momento los piropos se convirtieron en otra cosa? El rey guachaca tiene la respuesta. “Yo creo que la tele ha metido mucha tontera en la cabeza de la gente. Dejémonos de cuentos, es la que educa. Toda esta exposición de cuerpos le ha quitado poesía al país. Y ahora el obrero no tiene el bagaje de antes, porque el gremio de la construcción leía mucho. No quiero decir culto porque el que lee no necesariamente lo es, pero los trabajadores de entonces eran diferentes. Y el piropo volaba envuelto en poesía”.
Que ha cambiado, no hay duda. Los hidalgos españoles lanzaban su capa al paso de la mujer de sus sueños para que no pisara el suelo indigno de su belleza. En otro momento, tomaron por costumbre taparse los ojos cuando la veían asomar, ‘deslumbrados’ por tanta belleza. Incluso en Ibiza disparaban un trabucazo sin plomo a los pies de quien les había robado el corazón. Ella, sin aminorar la marcha, salía de entre el humo de la descarga sabiéndose cortejada.
Ese espíritu quiere reivindicar Dióscoro. “Además de ser republicano y cariñoso, el guachaca es un enamoradizo casual, un caballero. A él hay bellezas que lo queman… La Tonka, por ejemplo, que es el copihue más importante que tenemos en el país. La misma Javiera Díaz de Valdés, ¿cómo no lanzarles una frase?”, se pregunta.
De cualquier manera, no es cuestión de improvisar y ya. En el libro de Velis-Meza (cuya autoría comparte con Hernán Morales y David Enríquez) se señalan algunas formalidades:
1. Jamás usar expresiones vulgares que provoquen el rechazo de quien lo recibe;
2. El elogio se debe endilgar con propiedad y aplomo, nunca con vergüenza, debilidad o inseguridad;
3. Se responde con una sonrisa graciosa, una mirada sugerente o breves palabras de agradecimiento.
El albañil José González (25) asegura cumplir con todas ellas. “Me gusta improvisar. Cuando veo una mujer que tiene todo bien puesto, de esas que hacen que a uno se le vayan los ojos, el piropo sale solo. Yo las taso a distancia. A dos cuadras sé que tengo que inventar uno y comienzo a cranear. Se lo tienes que decir frente a frente. Si ya te ha dado la espalda, no tiene valor. Cuando ella pasa delante tuyo lo analiza. Si le gustó se va a dar vuelta, si no…”.
González no está de acuerdo con los halagos de grueso calibre. “Hay que ponerle un poco de inspiración. Una vez, una señora de 35 años pasó por donde trabajábamos, cerca de la Escuela Militar. Le dije algo así como: ‘Si yo fuera pintor, la retrataría en mi corazón, a usted, mi amor’. Y me dio las gracias porque la había hecho volver a su juventud. El piropo es para que ellas se sientan bien… A mí un par de veces me han tirado algunos. ‘Flaquito, estai súper rico’, me dijeron. Uno queda descolocado; canchero y todo, se achuncha. Imagínate qué puede sentir una mujer cuando escucha una frase ordinaria”.
Arraigado con fuerza a los trabajadores de la construcción, también habita en los puestos de La Vega donde, al parecer, existe mayor correspondencia con el piropo entendido como halago. Velis-Meza recuerda los días en que era un asiduo espectador del Picaresque: “El espectáculo no sólo era de quienes se paraban en el escenario, encabezados por Daniel Vilches. Los que estaban en la galería se sumaban y no dejaban pasar una. No sabíamos cuáles chistes eran mejores, si los que lanzaban de arriba o los del show. Pero cuando salían las niñas a hacer el striptease, les gritaban unos piropos geniales… Y todos los que llegaban a la galería eran veguinos”.
Pero han sido los obreros de los edificios los que hacen más ruido. Por lo mismo, ahora un programa de la Cámara Chilena de la Construcción, avalado por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, busca reglar los dichos de sus trabajadores al comprometerse a “cuidar el lenguaje, evitando los gritos y molestias a los peatones”.
Piropear no parece ser el fuerte de los chilenos. El inglés Neil Davidson, radicado acá hace más de diez años, autor del libro The chilean way, piensa que en eso nos parecemos un tanto a los ingleses: “Lo veo claramente cuando los comparo con lo que ocurre en Francia. Estuve allá a los 20 años y me maravilló el discurso que un muchacho de mi edad le dedicaba a una niña que recién conocía. Tenía una belleza poética mayor y el chico no guardaba ninguna doble intención. Se trataba, simplemente, de un acto de caballerosidad, parte de su cultura. Eso no existe en Inglaterra; tampoco lo he visto acá. Los nuestros son países más brutales en ese sentido”.
Davidson, que en sus crónicas desmenuza la identidad patria, cree que “los chilenos están buscando una nueva forma de ser. Más moderna. Pero no logran sentirse cómodos. Y continúan en su búsqueda. En esa línea me llamó la atención un comentario que hizo Spencer Tunick a un diario norteamericano cuando vino a fotografiar gente desnuda. Dijo que los chilenos llegaban en una actitud celebratoria: ¡Yaaa, saquémonos la ropa! Era como si un tímido quisiera demostrar que le gustaba sacársela con gusto. Y algo parecido puede estar sucediendo con los piropos. La gente acá tiene una fineza poética, pero no saben cómo expresarla en el mundo moderno”.
Tal vez logremos dar en el clavo. Y en vez de tanta alusión anatómica y ramplona, los piropos terminen recuperando el halo poético de antaño que ya casi hemos olvidado. ¿Cómo era eso de quién dejó abiertas las puertas del cielo…?

