Pasear con el teléfono apuntando a lo que pareciera ser nada, de a poco se ha convertido en pan de cada día hasta en los lugares más remotos del mundo. Eso pensaba, hasta que viajé al campo y comencé a vivir una nueva “realidad” alejada de mi día a día en Santiago, lleno de poképaradas y pokémones. El lugar escogido fue Melipilla, específicamente Culiprán, localidad rural ubicada a 17 kilómetros de la ciudad, alejado de la civilización, de la inmediatez y del tan bullado Pokémon GO.

Desde hace un par de semanas se está hablando de esta app, el juego de realidad aumentada que Nintendo junto con Niantic Labs desarrollaron, y que en sus primeros días de lanzamiento obtuvo más de 7 millones de descargas. En cuanto se estrenó causó furor, expectación y popularidad, llegando a opacar el rendimiento de otras aplicaciones tan masivas como Facebook, Snapchat e Instagram.

Yo, un veinteañero de tantos, también caí. Sin darme cuenta comencé a barrer las calles de la capital buscando pikachus, jolteones y charizardes. Y lo asumo sin vergüenza, no he dejado de jugarla desde el día en que se habilitó la aplicación en Chile.

Cuando tomé la decisión de viajar al campo, estaba ilusionado con la idea de atrapar pokémones que en Santiago difícilmente encontraría. Butterfree, venusaur o incluso un victreebel podrían quizás ser parte de mi equipo. Seguramente, pasaría del nivel 15 al 20, evolucionaría a mí charmander, a mi ponyta y mí a kabuto. Pero nada de esto ocurrió.

Además de vacas, caballos, gallinas y personas que habitan en Culiprán, no había rastro alguno de los mini monstruos japoneses. Ni uno solo. La idea de ir recorriendo mis alrededores para ir capturando a los personajes que me acompañaron en la infancia, se desvanecía al momento de mirar que la pantalla de mi iPhone no captaba poképarada alguna, en la que pudiera hacer check-in para conseguir pociones, bayas y cebos. Si bien cada uno de estos lugares físicos están asociados a un sector de interés en las ciudades, aquí ni en el rodeo local, ni menos en la capilla vecinal del campo había elementos para nutrir mi sed de pokéball.

A medida que pasaban las horas, sentía que estaba perdiendo el rol de auténtico entrenador pokémon que desarrollé desde que comencé a usar la app. La angustia aumentaba al saber que me restaban 3 días por delante en aquel solitario lugar. Reconozco que me di por vencido, no existía nada en mis manos para poder revertir tal situación, salvo que mirar a mi alrededor donde estaba mi familia, rica comida, aire limpio y bello paisaje campestre para disfrutar… no había donde perderse, el iPhone se guardó hasta mi retorno a Santiago.

Conclusión: hay vida después de Pokémon Go!