En internet todos somos bonitos. ¿Cuántas fotos se toman ustedes antes de compartir una en el perfil de Facebook? Apuesto que infinitas, y no los culpo. Nadie quiere mostrar algo malo, feo. Menos si se trata de la propia imagen.

Pero en esta era de ego desmedido, las reglas del juego están cambiando. No sólo Instagram tiene un editor, también Twitter cuenta con uno (colores, recortes, etc.), Line (un chat similar a Whatsapp) permite modificar a destajo la foto y otros servicios se la juegan por lo mismo. Entonces, el escenario es simple: todo invita a que la autoimagen en las redes sociales sea lo más atractiva posible. Aun así, para algunos este paso no es suficiente y necesitan recurrir al máximo exponente de la manipulación de imágenes: Photoshop.

La edición en Photoshop (hoy con 6 versiones a cuestas) ha estado en boga desde su creación. Tanto su intervención en todas las caras del diseño y retoque de imágenes, hasta por la polémica que ha generado su utilización en la edición de fotos para el mundo publicitario. Muchos consideran que los retoques son un atentado y no una ayuda. ¿Recuerdan el caso de Kate Winslet y su portada en Vogue? ¿Y el retoque de Jennifer Lawrence en Flare? El abuso es un hecho, y que llegara al mundo de los blogguers y al popular Instagram, era lamentablemente cuestión de tiempo.

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Miranda Kerr es de esas mujeres guapas que no necesita pasar por el quirófano ‘en línea’, pero lo hace igual. Esta joven modelo a través de su cuenta en Instagram se ha delatado con el uso de esta técnica de edición. Tanto así que ha llegado a ser noticia en todo el globo por la modificación de su imagen en exceso. ¿Cuál es el límite? Ella vive de su imagen, pero, ¿qué pasa cuando esa búsqueda de perfección termina en un desastre digital? Aquí está el problema. Todos se enteran y más que jugarle a favor, la puede dejar por el piso con las marcas durante un buen tiempo.

Desde una mirada crítica, podríamos cuestionar cómo es posible llegar a tanto. Pero la verdad es que las redes sociales son, finalmente, una ventana para contar lo que queremos contar, es decir, podemos ser un personaje completamente distinto al que somos y nadie tendría -en el supuesto- derecho a cuestionarlo. Por otro lado, hay quienes -me sumo- creen que adornar esta realidad es peligroso. ¿Para qué mentir si Chile es tan pequeño?

Entonces, la sociedad hoy convive con dos discursos: la necesidad de aterrizar la imagen lo más cercano a la realidad posible, versus el “yo elijo la mejor foto” para compartir en redes sociales sin importar cuánto tiempo me tome. Más allá de la polémica, la herramienta existe y depende de cada uno cómo lo administra.