“Queridos amigos, les presento a Juanito, nuestro hijo”. Muchos, casi todos, de los que tienen una cuenta en Facebook habrán leído una frase parecida a esa, acompañada de la imagen de una ecografía. La guagua en cuestión aún no nace pero ya ha sido formalmente presentada en las redes sociales. Lo más probable es que a ese post sigan otros, comentando los avances del embarazo, el nacimiento, la llegada a casa y el primer “agú”. 

Las redes sociales han logrado conectarnos y hacernos compartir con nuestras familias y amigos, en el caso de Facebook, e incluso Twitter nos permite interactuar con desconocidos. Millones de opiniones, fotos y videos circulan a la velocidad de la luz. Y también surgen nuevos fenómenos como el oversharing: compartir información en exceso. ¿Cuánto es lo correcto, cuánto es suficiente, cuánto es demasiado? Son las preguntas que tienen de cabeza a expertos en tecnología, sociólogos y sicólogos alrededor del mundo. Lo cierto es que no hay una respuesta, pero sí cifras y casos que hacen que debamos tomarnos en serio el concepto de “reputación digital”. Recientemente, en Estados Unidos una enfermera fue despedida por subir a Instagram una fotografía de un enfermo con un comentario desagradable; un video que muestra a alguien en una situación desafortunada corre el riesgo de convertirse en un viral. ¿Por qué tanta gente comparte demasiada información en las redes sociales? Según un estudio de Albright College, se hace por el deseo inconsciente de querer pertenecer a algo, a una comunidad, a un grupo, a una generación, lo que sea. Se buscan pares, apoyo, aprobación, e incluso fama. Lo que se olvida en el camino, es que una vez subido un post, un video o una fotografía dejamos de tener control sobre él y corremos el riesgo de la desaprobación pública, de la crítica y de la burla. 

Según la compañía de seguridad online AVG, la huella digital de los que hoy son adultos se remonta a 10 ó 15 años, en cambio los niños que hoy nacen tendrán una experiencia distinta teniendo en cuenta que son expuestos a las redes incluso antes de nacer. Para muchos de ellos cada etapa de su vida estará inmortalizada en la red. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Cómo administrar este fenómeno? ¿Es sano compartir todas las opiniones sobre cualquier tema? Nadie tiene la respuesta definitiva, pero todo apunta a que cada uno debe resolverlo a través de la herramienta más infalible, que está al alcance de todos y es gratis: el sentido común.