Imágenes por sobre las palabras. Eso es lo que los adolescentes norteamericanos prefieren en términos de redes sociales. Los jóvenes están dejando de usar Facebook y están emigrando hacia otra de las propiedades de Mark Zuckerberg: Instagram.




La red de las fotografías con filtro vive un ciclo de alza constante y ya suma más de 200 millones de usuarios alrededor del mundo. Esto ha hecho que surjan nuevos tipos de “usuarios influyentes” en la web: los instagramers.




O más bien “las” instagramers porque en su mayoría son mujeres que buscan destronar a las fashionbloggers. Y no lo están haciendo nada de mal. Las más seguidas firman contratos con marcas de ropa y belleza y cobran por cada selfie en la que aparecen con uno de sus productos.




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El ejemplo perfecto es la australiana Indy Clinton: tiene 17 años, una cuenta de Instagram con 60 mil seguidores y cobra US$ 750 por cada foto en la que promociona a una marca. La calidad de las imágenes que realiza es cuestionable pero eso no importa nada al lado de la legión de personas que la siguen con devoción y desean saber qué ropa usa, cuáles son sus cremas o qué come. Indy se transformó en una máquina de hacer dinero.




El poder de Instagram también lo han descubierto los famosos y las marcas. Hace poco, la actriz Sarah Jessica Parker colgó un video en donde se la veía poniendo zapatos en las escaleras del edificio donde vivía su inolvidable personaje Carrie Bradshaw. Las alarmas saltaron en los diarios y canales de televisión. ¿Se venía una nueva película de Sex & the City? No. Sarah estaba promocionando su colección de zapatos. Y con sólo subir ese video a Instagram logró que todos los medios de comunicación hablaran de ello. Con un video simple que casi no necesitó inversión obtuvo una campaña publicitaria que sólo las grandes compañías globales pueden costear.




Otro ejemplo es Emily Weiss, la beauty blogger más respetada de Estados Unidos, dueña de la web Into the Gloss. Tanto creció, que decidió crear su propia línea de productos de belleza llamada Glossier y el lanzamiento lo hizo con bombos y platillos en Instagram. ¿Qué obtuvo? Entrevista en The New York Times, reviews de sus productos en las revistas Marie Claire y Allure y hasta una nota en The Wall Street Journal. Emily tenía claro que estaba vendiendo una imagen, y en ese campo Instagram no tiene rival. Acertó y ganó. Porque, al parecer, una imagen y un buen filtro valen más que mil palabras.