Francella mira al otro actor. Sólo lo mira. Pero lo hace como lo sabe hacer. Abre grandes sus ojos. Celestes, clarísimos. Y la platea estalla en carcajadas. No se necesitaron palabras. Como si existiera un código compartido, ungido con la magia que otorga la popularidad.

“Hay mucha complicidad con la gente, con tantos años, me conocen los gestos, las pausas, los silencios, con una levantada de ojos ya me interpretaron”, asegura el actor argentino, que muy pronto llegará a Santiago para presentar Nuestras mujeres, la exitosa comedia francesa de Eric Assous y dirigida por Javier Daulte. Y lo hará —junto con sus compañeros de escena: Arturo Puig y Jorge Marrale— del 7 al 10 de diciembre en el Teatro Nescafé de las Artes.

La obra gira en torno a tres amigos: Tony, Max y Pedro, que tienen por rutina semanal cenar y jugar cartas. Pero una noche una noticia terrible hará que se cuestionen (y cómo) el sentido de la amistad, entre otras cosas.

Para quien no lo vio en sus personajes cómicos televisivos, con su hit Poné a Francella, y lo conozca por su actuación en los filmes El secreto de sus ojos o El clan, le sonará raro que Guillermo reciba el epíteto de ser “el capocómico argentino”. Un título que por decisión propia y dando un golpe de timón a sus 50 años, dejó a un poco al costado para buscar nuevas experiencias en la actuación. Hoy 10 años más tarde, sabe que no se equivocó.

Hay que bajar un piso para llegar al camarín, en las entrañas del teatro Metropolitan, sobre la Avenida Corrientes. No hay lujos, ni excentricidades. El clásico espejo de pared a pared. Un sillón. En un perchero cuelga un jeans, una remera negra, y un delantal de cocina. Las prendas que vestirán a Max; porque Guillermo en menos de una hora se convertirá en Max. Pero, sólo por un rato.

—¿Qué expectativas le genera este estreno teatral en Santiago?

—Tengo mucha ilusión porque nunca trabajé en Chile y las expectativas son plenas. Además, sabemos que la obra tiene un disparador que es universal. Es oriunda de Francia y fue un éxito descomunal, fue a España y también lo fue, aquí en Argentina igual.

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—Hay varios debates que plantea la obra, los valores morales y por otro lado la honestidad (o hipocresía) de las relaciones. ¿Todo puede derrumbarse en una situación límite?

—Y depende. Están las hipocresías o los pocos códigos que hay en muchas personas, pero hay otras muchas que sí los tienen, que los mantienen a rajatabla. Hay personas que son muy integras, que no tienen dobleces. Pero, qué pasa en un momento límite. Uno cree conocerse tanto, y tal vez no se conoce tanto. Uno cree conocer al amigo de toda la vida y no lo conoce tanto en una situación extrema. Y la obra habla de esto, de la incondicionalidad de los amigos, pero también de la miseria de ellos, de las cosas que ocurren, de qué puede pasar, querés ser cómplice de algo que está ocurriendo, o no querés serlo.

—Su vida es la antítesis de su personaje. Lleva 27 años de casado y siempre mantuvo la privacidad en ese terreno. ¿Le cuesta más ahora, cuando hay tanta exposición a través de las redes?

—No comulgo en lo más mínimo con la exposición en las redes, sé que es el avance, sé que es lo que viene, lo que hay, y que todo pasa por las redes, que Instagram, que Facebook, que Twitter. Pero no me gusta desnudarme ante nadie —y no hablo de ropa sino de privacidad—. Si estuve en algún lado lo quiero compartir con mis amigos, o con mi familia, ahora que se enteren los demás, no. Estas cosas que ponen en las redes, “hoy comí lentejas”, pero, qué me importa; u “hoy hago tal cosa”, o “voy a tal lado”. Si es para trabajar, para difundir algo, sí, me parece que es un medio muy útil. Si es para contar lo que hacés, no me gusta, no lo puedo compartir.

—Este año, grabó junto a su hijo un corto para una marca de ropa que intenta despertar conciencia sobre el uso de tecnología en la sociedad actual…

—Sí, se llama Conexión real y habla de que todos estamos mirando para abajo, mirando los celulares, que no nos conectamos, que no nos miramos a los ojos. No es que reniegue del avance de la tecnología, lo que me parece importante es el uso responsable de la tecnología. En eso soy un defensor a ultranza —aunque yo también, a veces, miro para abajo— creo que tenemos que volver a mirarnos a los ojos y recuperar esos momentos de charla cara a cara.

—A los 50, decidió desmarcarse del humor y del personaje Francella, ¿hoy a los 61, siente que la profesión le dio revancha?

—Lleva diez años este cambio, hace rato que buscaba contenidos nuevos, tenía una madurez en mi vida y quería tener una madurez actoral. Y estoy muy feliz, estoy viviendo un momento pleno de mi profesión. Me tocan contenidos heterogéneos, diferentes directores, propuestas de drama, comedia, suspenso. Me gusta como actor, yo me podía haber quedado en la cómoda haciendo lo que tenía que me iba fantástico pero quise ver qué me pasaba con otras propuestas. Pero, esto no significa renegar de la comedia, la amo locamente, creo que es uno de los géneros más difíciles. Es algo realmente difícil generar una carcajada, el humor desde la sutileza, con la austeridad, con la economía. Está el chiste de la torta en la cara, o del tropezón y caída, que es otra risa, la del trazo grueso. Pero el humor de situación, que no es solamente el que dice la broma sino el que la recibe, me parece que es algo realmente inteligente, y es muy difícil de transitar.

—Sus dos hijos, Nicolás y Johanna, eligieron también ser actores. ¿Los alentó a hacerlo?

—Les dije que era una profesión especial, que no es sencillo poder vivir de la misma, no sólo desde lo económico. Nunca tenés asegurada la continuidad, a veces hay más momentos ociosos que de trabajo, y hay que ver cómo se maneja el ocio. Las pausas, los paréntesis tan gigantescos que se producen, cómo se puede convertir ese ocio creativo, que no es sólo estudiando. Se los advertí, pero ellos igual siguieron (se ríe).

—Verán la pasión que usted tiene por su profesión…

—Sí, sí, yo amo mucho esto y ellos también. En eso nos parecemos.