Nos sabíamos Carmina Burana de memoria. Por aquellos tiempos (1972), el Ballet Nacional Chileno presentó muchísimas veces en el Teatro Municipal el Carmina Burana sin orquesta ni coro, y nosotros (la Escuela de Danza) nos poníamos los disfraces de frailes pecadores y tentaditos, para que pareciera que éramos el coro, pero no hacíamos nada: sólo estábamos allí y observábamos.

El próximo viernes (7 de julio) vuelve Carmina Burana al Teatro de la Universidad de Chile (sin ballet, pero con orquesta y coro). Yo volví a la Escuela de Danza en el séptimo piso del Conservatorio el otro día. La maestra de danzas clásicas de la india Shovana Narayan presentó un taller de Kathak en la Sala 1 de la Escuela de Danza.

Era gratis. Solo había que inscribirse. Conté que había ingresado a Danza en 1972 y estudiado con Joan Turner (hoy candidata al Premio Nacional de Artes Escénicas) y con Patricio Bunster (el primer marido de Joan Turner).
El taller se realizó temprano, a las 10 de la mañana. Muy emocionado, me senté a observar. Era la misma sala donde ensayábamos tendu, demi plié, jeté…

Podía imaginar a Pepita tocando polkas tal vez en el mismo piano que estaba ahí. A Víctor Jara tocando batería para que lo siguiéramos en 4 tiempos mientras nos hacía clases de Moderno su señora, Joan Turner. Joan era lo más hermosa que uno pudiera imaginar. Yo estaba enamorado de Joan Turner, ¡quién podría no estarlo!; era igual a Julie Christie, pero más bonita.

Toca la puerta el Gato Alquinta y dice: “¿Acá ensaya el Balca?” Y ahí estaba justamente el Ballet de Cámara (Balca), con Gaby Concha, Texia Fariña y la que sería la esposa del Gato, Mónica Monsalve.

Todos éramos amigos. Cada vez que nos encontrábamos en la sala de espera a la entrada (donde a veces se instalaba muy enojado Raúl Alarcón), Mónica Monsalve me saludaba con un gran beso en la boca. Yo estaba ilusionado con ella, pero el Gato se la llevó.

Yo estaba muy triste. Ellos vivían en comunidades como hippies.

Joan Turner se vestía como hippie. Yo me vestía como hippie. Todos vivían en comunidades como hippies. En las escaleras del Conservatorio conversaban Juan Pablo Orrego y Eduardo Gatti, de Los Blops, conversando con la hermosa compositora Cecilia Cordero.

Todos éramos hermosos, con colores hermosos.

Mi amigo era Andrés Pérez. Se instalaba solitario en la pieza del medio a leer el Ulises de James Joyce. “¿Y avanzas mucho?” “Nunca paso del mediodía”, me contestaba Andrés, que era muy gentil, y que ya se había separado de Rosa Ramírez, aunque íbamos a contemplarla al Bafona en Morandé. Para mantenernos en forma durante las vacaciones de verano, nosotros tomábamos clases ahí con el gurú Jaime Quintanilla.

La prensa perseguía a estos hippies hermosos porque los hallaba inmorales. Un día yo andaba con Andrés Pérez y nos encontramos con Mónica Monsalve en la Plaza de Armas y nos reíamos de las portadas que alegaban que vivían todos desnudos, y ella nos contó que habían arrojado toda la marihuana a la chimenea y que anduvieron volados como tres días.

A Andrés le gustaba Berenice Perrin, que fue prima ballerina muchos años. Andrés me decía: “Vamos a ver la clase de la Berenice”, y entrábamos felices a la Sala 1 donde Shovana Narayan está ahora saludando con devoción a los dioses mientras la acompañan maravillosos músicos en tabla, sitar, pakhawaj y un maravilloso órgano pequeñito.

 

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