Nissim Sharim me mira inquieto mientras el fotógrafo le toma retratos. Su ojo permanece atento. Por ser viejo y diablo sabe que mentalmente estoy tomando apuntes de todo lo que veo y eso le debe incomodar. Estamos en su estudio, en el primer piso de su casa en La Reina.

Los muros están llenos de muebles con libros ordenados por autor. Mucho de Borges, mucho de Sábato. Hay obras incluso encima de la puerta y algunas estanterías que hacen de biombo. Pero todo está muy ordenado. Hay una estufa apagada y un escritorio de madera con papeles y libros encima como La insoportable levedad del ser. “Es un salvaje”, dice mirando el libro, quizá para dejarme claro que está siguiendo mi mirada.

Ha estado actuando con su compañía Ictus desde hace 50 años.

Ha estado actuando con su compañía Ictus desde hace 50 años. “Mis padres vienen del Medio Oriente. Nunca supe con exactitud de dónde, pero siempre pensábamos que era como del Líbano y mi mamá de Egipto. En general toda la ascendencia mía es judía oriental, de los sefarditas que se fueron de España a los países del Oriente”.

—¿A qué vinieron sus padres?
—Mi papá y mi abuelo eran comerciantes muy prósperos en esa época, importaban géneros de firmas inglesas. Mi padre había estudiado en Inglaterra. Cuando se casó con mi mamá se vinieron con mis abuelos a América. Combinaron el viaje de bodas con el acercamiento a los negocios que se podían hacer acá. Y les fue muy bien primero en Buenos Aires y luego en Chile. Ese es el cuento que yo sé. Pero con la guerra las importaciones empezaron a decrecer y comenzó a empobrecerse. Ahí es cuando lo conocí yo, cuando era pobre.

—¿Qué tan pobres eran?
—Tanto que de repente no tenían plata para parar la olla. Pero siempre hubo una actitud muy vital. Cualquiera de nosotros que ganaba dos pesos cuarenta lo compartía con los demás.
Es el menor de cuatro hermanos (dos hombres y dos mujeres). “Durante años vivimos con mis abuelos. En la casa se hablaba español, inglés y árabe. Y un poco de hebreo”.

—¿Y la religión?
—Mi familia la practicaba, pero yo no. Soy judío de historia, no de sinagoga. Tengo muchos valores, pero no la religión.

—¿Iba a un colegio inglés?
—Sí, pero era dirigido por un grupo de profesores españoles republicanos que se habían escapado de Franco, de una gran cultura y sensibilidad, las cuales yo no he podido olvidar. Entendí lo que era la poesía, la historia; las matemáticas nunca las comprendí demasiado. Te pongo un ejemplo, el castigo que tenías por haber realizado alguna pillería era asistir el sábado en la mañana a lecciones de poesía. Hasta el día de hoy retengo la letra de varios poemas que aprendí en las sesiones de castigo.

—¿Sus papás leían mucho?
—Ellos no eran entendidos, pero tenían un elemento de curiosidad vivo que los hacía respetar las tendencias que sacábamos los hijos. Mi hermano escribía, mi hermana mayor actuaba en el teatro de la Universidad de Chile y mi otra hermana era bailarina del ballet de la universidad. Yo seguí los consejos de un amigo que me dijo ‘matricúlate en la escuela de Leyes y recíbete de abogado y después haces cualquier cosa’.

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Nissim (milagro en hebreo), hizo todo adelantado. A los cuatro años ingresó al colegio, entre los 10 y los 15 se colaba a ver conciertos de música clásica en el teatro Municipal, a los 15 terminó el último año de humanidades y a los 16 entró a la universidad. Al mismo tiempo se puso a trabajar como locutor en la radio Santiago y después en la Agricultura. A los 21 se tituló de abogado y ejerció por cerca de diez años. Pero la actuación siempre estuvo ahí. Hacía radioteatros y actuaba con amigos de la Universidad de Chile. A su mujer la conoció a través de una amiga argentina. Fue ella quien, más tarde, lo convenció de dedicarse por completo a las tablas.

“Percibió que me estaba afectando haber dejado el teatro y que la abogacía me ponía un poco taciturno, y yo era muy vital”. Era 1962 y acababan de ver El velero en la botella, de Jorge Díaz, en el teatro La Comedia. “Mi mujer entendió el ímpetu que eso me dio a mí y me dijo ‘por qué no vuelves al teatro’. Yo dije: ‘si fuera dueño de esta sala, las cosas que se me ocurrirían’. Nunca he sido totalmente dueño, pero no se me han ocurrido tantas cosas como yo pensaba”, dice humildemente quien desde entonces ha actuado en más de 70 obras, ha co-creado cerca de 30 y jamás dice su edad.

Alguien tiene que parar se llama la última obra del Ictus —actualmente en cartelera en el teatro La Comedia— que comienza con Sharim mirando de frente solo en medio del escenario. El ha decidido no parar, a pesar de sus más de 60 años de trabajo. La obra tiene cuatro historias y él actúa en tres de ellas. El público ríe y disfruta.

—¿Cuál es el estilo del Ictus?
—El de investigar. De tratar de darnos cuenta de qué es lo que pasa en nuestro país, a nosotros y cuáles son las necesidades de expresión que cada uno tiene y cómo se pueden conjugar entre sí y transformar. Cuesta mucho, pero a veces nos ha resultado.

—¿Siempre han tenido tendencia al humor?
—Sí y más en la televisión, cuando entramos como grupo… ¿No sé si oíste hablar de La manivela? Era un programa que con mucha pedantería llamábamos humor para gente en serio.

El programa estuvo al aire entre 1969 y 1973. “La idea surgió porque Guillermo Blanco nos pidió un espacio que hablara de que ser pobre, además de trágico, es cómico. Se nos ocurrió La manivela porque era darle vuelta a la tuerca todo el tiempo. Te reías de la realidad y de la pobreza. Y después cuando quisimos reírnos de la dictadura no nos dejaron. Yo siempre he pensado que el fenómeno artístico emerge cuando la necesidad del que emite se junta con la del que recibe. Y en el Ictus siempre ha existido eso.

Cuando nació había que mostrar la renovación del repertorio teatral en Chile y en el mundo. No eran ni grandes actores, ni directores. Pero las obras eran de la vanguardia de aquella época. Y la necesidad del que recibía era la de un grupo, de una elite de gente, que quería saber lo que pasaba en otras partes del mundo y ver cómo era el teatro allá. Ionesco, Albi, Shila Delani, que en los ’70 fueron grito y plata. Después, cuando el Ictus se profesionaliza, la necesidad del equipo coincidía con la de la gente que iba al teatro por ver cosas bien hechas. Cuando viene la dictadura, el asunto está en el clímax. Ya el espectador viene a un teatro donde encuentra que el tiempo que se ha perdido afuera está vivo adentro de la sala y empiezan a tener miedo que los vayan a tomar presos por estar allí. Hubo ‘gallos’ que pusieron bombas, pero nosotros colocábamos un petardo en el corazón. Eso me emociona.
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—En estos 50 años de investigación ¿cómo ha visto la evolución de Chile?
—Aquí hay un antes y un después de la dictadura. Y no podría hablar del 75 o el 76 sin mencionar eso. Ese período modificó, rompió, prohibió, hizo lo que quiso.

—¿Y qué pasó cuando se acabó?
—Esa fue una época en que se complicó la decisión del artista con respecto a su trabajo. Un cambio difícil de absorber. La primera obra que pescaba ese conflicto se llamaba Prohibido suicidarse en democracia, y era la historia de un ‘gallo’ que lo único que quería era que para su entierro alguien le cantara la Internacional comunista.

—¿Qué le pareció la película No?
—Desde el punto de vista social, buena, porque generó una benéfica discusión al respecto. Artísticamente se quedaron en una anécdota, que efectivamente debe haber ocurrido, pero que no era todo.

—Ha hablado de la llegada de la democracia como algo que pudo ser y no fue.
—Lo que pasa es que si yo hubiese estado dirigiendo a la Concertación en aquel momento, a lo mejor habría aceptado todo lo que acataron sus dirigentes porque lo que le podían devolver a uno era tan importante que por muy poco que fuera —era su derecho a hablar, a no tener miedo, a salir a la calle— eran cosas muy básicas. Y eso se devolvió. Lo que sí no hubiese hecho jamás era exhibir como un mérito las cosas que no se hicieron.

—¿Cree que fueron muy recatados?
—Sí, y lo consideraron un mérito.

—¿Qué opina de Michelle Bachelet?
—Ella para mí es una sorpresa. No la conocí de cabra, y debería haber sido porque tenía el tipo físico de las muchachas que a mí me interesaban. Le he hecho mucha fiesta porque me pareció buena su campaña, como llegó a ser presidenta, su sonrisa permanente, su beso indiscriminado. Me gustó como persona.

Ella para mí es una sorpresa. No la conocí de cabra, y debería haber sido porque tenía el tipo físico de las muchachas que a mí me interesaban.

La conversación se pone más distendida. Cuenta que la comida le gusta cada vez menos desde que trató de no engordar. Dice que prefiere los rábanos, las paltas, la carne en cantidades prudentes y los choclos. De música nombra a Bach, Beethoven, Mozart, Vivaldi, Händel y casi todos los clásicos. Agrega la trova cubana, la argentina y el tango de Piazzola. “Admiro a la Violeta Parra y a Víctor Jara, que en vida nunca lo valoré, y un ‘gallo’ que me gustaba mucho era Facundo Cabral”. De libros se ha sorprendido con Shakespeare, porque nunca pensó que era tan fantástico como se dice.

Estuvo cuatro años en el directorio de TVN “y ahí no había nadie que entendiera de comunicaciones, ni de arte, ni de nada. Sabían de letras, cheques, figuras bancarias y de tonterías. ‘Que yo soy de derecha y tú eres de izquierda’. Yo mismo incurrí en el defecto, en el mal actuar de satisfacerme a mí mismo siendo testigo. Redactaba documentos denunciando que el directorio no hacía esto y hacía esto otro, y que la ley decía esta otra cosa, pero nunca me metí. No lo pasé bien en todo caso”.

—¿Qué quería hacer usted?
—Colaborar de alguna manera. Pero me equivoqué. Yo tenía que haberme agarrado con dientes y uñas ahí. Y tenía que haber exigido que me renovaran el período.

—¿Por qué en la TV no hay calidad?
—Porque el negocio manda, porque las cifras azules gobiernan.

Han pasado dos horas y Sharim no muestra rastros de cansancio. Hablamos de obras pasadas, de fútbol, de sus libros y de otros tiempos. Me dice que ya no le molesta que le griten Perico en la calle, que al revés, lo agradece.

Va poco al teatro “porque se forman grupos teatrales con una celeridad y después se desarman de igual manera. Además, el teatro está como que dispara y no dispara. Son flores a punto de florecer. Y recibe estímulos muy esporádicos”.

—¿Qué le falta?
—Fondos. La permanencia, la sistemática, la habitualidad de la cultura artística no tiene importancia en Chile.

—¿Cómo logra el Ictus eso en 50 años?
—Es muy excepcional. Está malo que yo presuma al respecto. No sé muy bien tampoco cómo lo hacemos. Es una necesidad. A mí cuando se me planteó vender la sala o disolver el grupo pensé que iba a morirme.

—¿Qué retribución tiene luego de tantos años de hacer teatro?
—De pronto me para una señora encachá y me da un beso, por ejemplo. Ahora nunca sabes si los aplausos son para ti, para el personaje, para el teatro. Pero es como cuando te lavas los dientes, ¿qué gratificación tienes de eso? Lo haces porque estás acostumbrado a hacerlo.

—¿Alguna obra especial?
—Einstein es una de ellas. Otra es Yo no soy Rappaport. Sueños de la memoria. En general hay pocas que me disgusten. Alguien tiene que parar muestra cuatro episodios de las ridiculeces que vivimos. Es cuando lo cómico se transforma en terrible. Hay una frase de Octavio Paz que explica muy bien eso, dice que gracias al humor puedes derribar cualquier certeza.

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—¿La vida es una cosa tragicómica?
—Sí, creo que es así y que puedes vivir un poco mejor entendiendo que puedes reírte al mismo tiempo que llorar.

—¿Cómo vive usted?
—Tengo 35 años (ríe). Mira, lo único que me recuerda que tengo un poco más es que normalmente me aquejan algunos dolores de cuerpo. Hace unos años tuve unos poblemas de columna muy grandes, pero no me operé y me quedé haciendo ejercicios de natación y bicicleta. Pero ya no estoy como a los 35 años.

Lleva 50 años con su mujer. “El amor existe, pero con algunas irregularidades. Porque todo eso que has oído decir alguna vez, de que la amistad no es menos rara que el amor, es verdad. La amistad es tan parecida al amor que se funden en una sola cosa.

—¿Hay algo que hubiera cambiado o que le hubiera gustado hacer?
—Sí, me hubiera gustado tener una perspectiva de la vida más larga. Vivir más.

—¿Siente que le queda poco?
—No, pero es lo lógico. Uno no vive 100 años.

—¿Le gustaría vivir más?
—Sí, y con mucha lucidez. No perder nunca el control de mí mismo ni de lo que pasa alrededor. Si alguna cosa odié de la dictadura fue eso. No tenías control de ti mismo. Si había un gallo esperándote ahí, tenías que ir a esconderte arriba. Yo no puedo ser fachoso y decir que lo he pasado regio, pero si tuviera que promediar el asunto yo diría que lo he pasado mejor que mal.

—¿Piensa trabajar toda la vida?
—Mi aspiración es no tener que trabajar para ganar plata. Escribir una obra porque quiero hacerlo.

—Y si le doy un turro de plata ¿qué haría?
—Depende del turro. Tengo que cambiar mi auto ahora y eso podría hacer (ríe). Pero si me dieras un turro importante, yo pagaría lo que debe el teatro y me pondría a preparar la próxima obra.

—¿Sin un descanso?
—Claro, con una intermediación respetable. Me gustaría irme a la costa uruguaya, me gusta mucho Uruguay. Y con el Presidente que tienen, es una fiesta.

—¿Cómo le gustaría que fuera el mundo?
—Con menos inequidad, con más interés por vivir por cosas nobles más allá del dinero. A mí lo que más me ‘chorea’ es vivir en una sociedad en que todos los mecanismos están subordinados al dinero. Todos. La enseñanza, la cultura, la ciencia, ¡el amor! Eso es una cosa indecente. Y eso penetra. Y aunque sea lo que más me molesta, yo mismo entro a las reglas del juego. Y cuando juegas con las reglas que odias, sueles hacerlo mal. Que es lo que yo siento que me pasó en el canal de televisión. Yo jugué mal esas reglas.