Hace rato que María José Prieto y Cristián Campos no son más esa pareja que en la década pasada daba la impresión de que iba, venía y volvía a alejarse como un péndulo. Nunca fue una relación turbulenta, nunca un escándalo que nutriera a la incipiente prensa de farándula, pero la progresión de sus respectivas carreras —y en ocasiones también sus ya famosos 20 años de diferencia— los confrontaron periódicamente a pausas, alejamientos, separaciones y despedidas que sin embargo jamás fueron definitivas. Por el contrario.

Casados desde 2009 y padres de una niña de 8 años, Julieta, hoy preparan juntos la obra que a partir de agosto estarán protagonizando en el Teatro Mori de Vitacura en coproducción con The Cow Company: Lecciones de baile, que bajo la dirección de Aranzazú Yankovic los verá subir juntos a las tablas por primerísima vez. El, como un profesor universitario con Asperger necesitado de clases de baile para afrontar un evento social; ella, como la instructora desencantada con la vida después de un accidente que le pone puntos suspensivos a su carrera en la danza. Dicen que de coincidencias está escrito el destino y este debut teatral encierra algunas que los devuelven al comienzo de su historia de amor de casi dos décadas.

Se conocieron a mediados del 2000 y los fríos hechos señalan que el descubrimiento mutuo se produjo en Las Tacas mientras grababan —sin ofender— uno de los fracasos más sonados en la historia de las teleseries chilenas: Corazón pirata. “Probablemente la peor teleserie que hayamos hecho en nuestra vida”, reconoce Cristián, “pero la moraleja es interesante: hasta de los mayores fracasos puede salir algo bueno”, agrega. En Las Tacas, una de las primeras interacciones que tuvieron fue cuando, en paralelo a las grabaciones, ella se encontraba preparando una audición para una obra. Después de un promisorio debut televisivo en 1998 protagonizando la teleserie A todo dar, María José buscaba sumar experiencia en teatro. Entonces el actor Vasco Moulian, compañero de pieza de Cristián en Las Tacas, le sugirió hablar con él para que la ayudara a preparar los textos de su audición.

“Sin ninguna malicia, le dije que sí, que podía darle algunos consejos”, recuerda el actor, director y ex-agregado cultural de la embajada chilena en Washington. “Aparecía cuando terminaban las grabaciones de la teleserie y después de ensayar rigurosamente sus textos conmigo, en la noche se iba a carretear con la gente joven del elenco. ‘¿Y tú no quieres ir?’, me preguntaba, pero yo estaba raja y me iba a dormir. Por ese entonces yo tenía 43 años, era uno de los viejos del grupo y venía recién saliendo de una relación (de 2 años con la actriz Sandra O’Ryan). Entre eso y el cansancio de la jornada, no me daban ganas de sumarme”.

La asesoría de Cristián para ese casting fue, técnicamente, la instancia en la que comenzaron a acercarse, conversar y compartir algunas tristezas. Hasta que un día María José lo convenció de hacer a un lado su parada de “vieja latera” (sic) y acompañarlos al club de (Cristián) Cuturrufo en Coquimbo. Esa vez, recuerdan, iban a celebrar el cumpleaños de su compañera de elenco Lorene Prieto.

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“Fui sin ninguna expectativa”, vuelve a asegurar Cristián. María José complementa: “Los dos llegamos a grabar esa teleserie con heridas del pasado reciente, que en mi caso era el fin de un pololeo de 5 años. Así es que durante las pausas nos sentábamos al sol y conversábamos un poco sobre esas relaciones fallidas. Pero la primera vez que nos acercamos realmente fue en ese club de jazz de Coquimbo, cuando el mozo se acercó y los dos dijimos ¡vodka tonic! al mismo tiempo. Ah, le gusta el vodka… ¡check!” (se ríe).

—¿Coincides con esta versión, Cristián?    

—Esa noche ocurrieron varias cosas que nos acercaron. La primera fue que efectivamente los dos pedimos vodka tonic, un trago que al menos en ese tiempo la gente joven no pedía mucho. La segunda fue cuando le dije que bailáramos y a ella le llamó la atención que a este ‘señor grande’ —el eufemismo que usa conmigo— le gustara bailar. Eso transformó lo que hasta entonces era una simple interacción profesional entre compañeros de teleserie en algo más… pecaminoso.

—¿Hasta ese momento no se atraían?

—Cristián Campos: Habíamos empezado a hacernos amigos, pero era muy incipiente y químicamente muy puro. Conversábamos harto, pero bailar agregó un complemento que a esta niñita de 23 años le hizo ver que podíamos hacer más cosas juntos. Lo pasamos muy bien esa noche. El baile abrió una llave y pavimentó la relación.

—María José Prieto: La Adela Secall iba con nosotros y me dio el pase en el área: estamos demasiado apiñados acá atrás, váyanse ustedes dos en el asiento del copiloto. Así que nos volvimos juntos ¡y bien apretados! Hasta entonces a Cristián lo percibía como un muy buen profesional, pero en principio no había por dónde… Sí que lo había. Porque desde ese día se dejaron ver cada vez más juntos. Sin hacer ruido, pero sin esconderse tampoco.

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