“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”, dice Macbeth (Jorge Becker) en un galpón de la antigua sombrerería Girardi, en pleno barrio Italia, donde por estos días vuelven a deambular todos los fantasmas que levanta cada puesta en escena de la obra clásica de Shakespeare, donde la traición, el poder, la muerte y la ambición se transforman en un delicado veneno mortal.

La propuesta, esta vez llevada a escena con ropa reciclada y rock como sonido de fondo, se instala en una sala de teatro que no lo es (galpón Mil M2), pero que le da una atmósfera perfecta a la historia de Lord y Lady Macbeth, una pareja que no vacila en arrasar con todo quien ose interponerse en su camino al trono. Escrito en 1606, el texto cuenta libremente la vida de Macbeth, rey de Escocia entre 1040 y 1057. Adaptada miles de veces, la obra incluso carga con el mito de una maldición enviada por las brujas del texto, lo que ha hecho que los actores la llamen ‘La obra escocesa’.
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Y es que Shakespeare siempre lo logra. Pasan los siglos y su legado nunca deja de ser actual. Ya lo decía el crítico y teórico literario Harold Bloom en Shakespeare, la invención de lo humano: “Creo que si nos identificamos con Macbeth es porque también nosotros tenemos el sentimiento de que estamos violando nuestras propias naturalezas, como él viola la suya. Macbeth parece de hecho tener exactamente nuestros contornos, seamos quienes seamos… Todos nosotros fuimos, hasta un grado escandaloso, pragmáticamente reinventados por Shakespeare. Nuestras ideas en cuanto a lo que hace auténticamente humana a la persona deben a Shakespeare más de lo que debería ser posible… Sus personajes principales se han convertido en nuestra mitología y es él, más que su involuntario seguidor Freud, nuestro sicólogo”.

“Creo que la clase política en Chile y el mundo está muy viciada por el poder —dice Javier Ibarra, director de la obra—. Y lo mismo veo a nivel micro, en instituciones, en los trabajos: el ansia de poder, la ambición, que ciegan al ser humano. Macbeth es un personaje que por conseguir todo rápidamente, lo hace de la peor manera luego de la profecía que le hizo la bruja. El quiere conseguir el reinado a costa de crímenes y ahí aparece nuestra parte más oscura”.

Y precisamente es toda esa oscuridad la que ilumina la manipuladora Lady Macbeth (Javiera Osorio Ghigliotto, impecable en su rol). “Ella tiene un perfil de mujer que castra su esencia, se sacrifica para conseguir lo que quiere… Eso me pasa con varias mujeres en la política. Aunque son madres y eso genera cercanía, veo en ellas una desconexión absoluta con la feminidad, algo muy duro y una energía masculina, sobre todo en la palabra, una violencia en el decir”, explica Osorio.

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Para César Farah, licenciado en literatura, escritor y jefe de la carrera de actuación en la Universidad de Chile, nuestra relación con el dramaturgo inglés es permanente. “Los temas que toca son fundamentales en la construcción del individuo y la sociedad occidental. Cuando uno observa el viaje de Macbeth y Lady Macbeth, ellos parten siendo unas personas y terminan siendo otras que no se soportan ni a sí mismas en virtud de mantener ese poder, que finalmente ni siquiera disfrutan. Pasan toda la obra paranoicos y asesinos porque han conseguido el trono a través de la sangre (…) Siempre se habla de Macbeth como la obra del poder y la sangre, pero para mí representa la tragedia del sin sentido. De alguna manera estos personajes hacen de todo para tener el poder y eso es justamente lo que nunca logran. Eso se ve en un diálogo en el acto quinto, en la escena quinta, donde le dicen a Macbeth que la reina ha muerto y él dice: “Apágate, apágate breve candela, la vida no es sino una sombra que pasa, un pobre loco idiota…”.