Poco después del mediodía del pasado 1 de enero, en su departamento del segundo piso de calle Miraflores 666, falleció Luz María Sotomayor, la Lute. Dicen que murió de un problema cardíaco, tenía 80 años. Pero en el barrio donde vivía hace décadas, el de Bellas Artes, los vecinos y conserjes históricos pensaban que hacía mucho tiempo que esta mujer no estaba en el mundo: pasaba horas sentada en alguno de los dos bancos cercanos a su edificio señorial, siempre sola, casi sin hablar, o rezando en una de las iglesias del centro de Santiago.

Es sábado 3 de mayo por la mañana y tres mujeres adornan con flores el altar de la parroquia de la Veracruz, en calle Lastarria. Cuando escuchan preguntar por la Lute y oyen la noticia de su muerte, sus rostros se transforman y dejan los crisantemos a un lado: no sabían. Era una feligresa conocida y, en los últimos años, ferviente devota. La actriz Carmen Barros dice que se la topó alguna vez en esta iglesia y apenas se hacían alguna seña, de lejos. La Lute parecía querer retirarse del mundo y se quedaba largo rato, siempre sola y en silencio, tocando la estatua de alguno de los santos.

Pocos supieron de la muerte de esta mujer de carácter complejo que fue parte de las entrañas del teatro chileno desde la década de los 60. El único medio que lo informó, a través de un breve, fue El Mercurio, el 4 de enero: “Ayer se realizaron los funerales de la arquitecta y una de las gestoras del Teatro del Angel en San Antonio, Luz María Sotomayor, conocida como la Lute. Fue amiga de toda la vida de la actriz Ana González y una de las mujeres históricas del teatro de las décadas del 70 y 80 en Chile”.

La noticia sorprendió a la escena local y a las cientos de personas —actores, críticos, periodistas y amistades— que siempre conocieron la verdadera historia de Ana y Lute.

Porque no era su amiga de toda la vida. No era su enfermera. No era su celadora. No era su albacea. No era su secretaria, como se dijo siempre de Doris Dana y la Nobel Gabriela Mistral. O, al menos, no sólo eso.

 

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Luz María Sotomayor, la Lute, era la pareja de Ana González, la entrañable Desideria, para muchos la mejor actriz que haya parido esta tierra.

Esta es la historia de una relación que, en otros tiempos, en otro Chile, se prefirió mantener en silencio.

Ana María Luisa Delicias Villela Francisca de Asís González Olea –ese era su nombre completo- nació un 4 de mayo de 1915, hace 99 añosEra hija de Ana Olea, una costurera modesta que la educó con un régimen estricto y religioso en una casa de calle San Diego. El padre era Manuel González Ossa, un señor rico que la reconoció y le dio su apellido, pese a no estar casado con su madre. El hombre acostumbraba a decirle “Mona” o “Monita” a su hija, por lo poco agraciada que la encontraba.

Brilló en todos los escenarios que pisó desde que en 1934, a los 19 años, se hizo actriz. Ya superaba por lejos a las de su generación y lo mismo haría con las que vinieron luego. Lo resumió el crítico Juan Andrés Piña en 2002, cuando analizó los dos aspectos de la carrera de Ana González que la convirtieron en “la actriz chilena más famosa de todos los tiempos”: “La primera, su excepcional versatilidad para desenvolverse con soltura y convicción en la mayoría de los géneros dramáticos —comedia, drama, melodrama, farsa— y en todos los medios o soportes de representación: radio, teatro, cine y televisión. El segundo elemento para su reconocimiento masivo fue la invención de su personaje La Desideria”.

La Desideria fue entrañable para varias generaciones de chilenos. El libro Ana González, primera actriz(Editorial Don Bosco, 2002) relata que el personaje nació a fines de los años 30: una empleada doméstica, consciente de sus derechos, que exigía a sus patrones que le pusieran al día la libreta que pedía la ley. Usaba sombreros estrafalarios y falda larga e imitaba a los dueños de casa: en vez de subconsciente decía subcutáneo y en vez de ensuciando decía insinuando. El personaje recogió los cambios culturales de ese Chile de la década del 30 y, de paso, se transformó en su segundo apellido: siempre a Anita se le presentaba como Ana González, La Desideria.

La actriz y su personaje fueron un fenómeno: llenó teatros y recorrió Chile entero. En una de esas giras y presentaciones, en el Patio Andaluz, fue donde conoció al publicista José Pepe Estefanía, con quien se casó en 1946. Lo adoraba y lo recordó siempre: “Aunque en ese tiempo estaba llena de trabajo, tuvimos un buen matrimonio. Paseamos mucho, nos divertimos. Era un hombre bueno e inteligente, incapaz de decir alguna mala palabra o de andar con chismes o groserías”, relató en 1995.

Eran una pareja entrañable, sólida y que gozaba de gran libertad individual, extraño para la época. Vivían en una casona cercana a la plaza Pedro de Valdivia, en Providencia, que siempre estaba llena de gente, de amigos. Ofrecían comidas y en uno de los patios incluso alguna vez funcionó la compañía Club de Teatro.

Estefanía era un soporte fundamental en la carrera de su señora —a la que llamaba cariñosamente Gonza— y la apoyaba con admiración total. Ella —de un carácter fuerte y maternal— no daba un paso sin consultarlo con su Pepe. Dicen que era trabajador, inteligente, creador, bohemio, alegre y que su esposa lo amaba tanto que incluso le perdonaba algunas desapariciones que duraban semanas. Lo aceptaba de vuelta y, de vuelta también, lo respaldaba en su propia carrera: fue el cerebro del slogan A usted lo necesito que llevó a Jorge Alessandri a la Presidencia en 1958. “Juntos eran una especie de adalides de Alessandri”, recuerda el actor Julio Jung. Carmen Barros agrega: “Si Ana fue alessandrista, fue por Pepe”.

Anhelaron tener hijos y, pese a que lo intentaron tanto, no pudieron. Lo reconoció muchas veces la propia actriz. Cuando le preguntaban si le habría gustado ser madre, decía: “¡Por supuesto!”. Pero agregaba: “A lo mejor Dios sabía que me iba a quedar sola”.

La Gonza tenía razón: a Estefanía le detectaron un cáncer al páncreas. La actriz estaba en uno de los mejores momentos de su carrera, a comienzos de los 60, y mientras realizaba giras en España y Francia sólo pensaba en regresar a Chile para cuidar a su marido. Falleció en 1961 y Ana quedó, simplemente, destrozada. Lo recuerda su mejor amigo por décadas, el ex director del Teatro Nacional, Hernán Letelier: “Pepe murió y la Anita se sintió perdida. Y me lo dijo a mí: ‘¿Qué voy a hacer? ¡Yo no puedo vivir sin Pepe Estefanía!’ Quedó en el suelo”.

Es enero de 2014 y en Santiago el calor es inhumano en el centro de la ciudad. Dentro del departamento de Letelier, sin embargo, la intensidad del verano parece mayor. Fue actor, director, traductor, escritor de comedias musicales y encarnó a Pierre, el famoso peluquero de La Pérgola de las Flores. A sus 93 años vive en un hogar que parece una escenografía de otra época: decorados antiguos, libros, objetos cargados de simbolismos y fotografías que resumen el último siglo del teatro chileno.

Culto y de conversación brillante, Letelier conserva una memoria prodigiosa y una lucidez total. Lo reconocen todos: conoció a Ana González en la intimidad, como pocos. “Anita González fue mi hermana mayor; una hermana sabia, buena, que quería mucho a su hermano”, señala instalado en un sofá junto a su gata Martina. Relata emocionado las cientos de escenas en que actuaron juntos, pero el diálogo se vuelve entrañable cuando cuenta pasajes de esa amistad sellada de cariño del puro y de verdad.

La relación de pareja entre Ana y Lute, dice, era conocida por toda la escena teatral chilena y su círculo. Y lo confirman los que las conocieron: “Ni para mí ni para nadie del medio era un misterio que ellas eran pareja”, relata el actor Héctor Noguera, prácticamente un hijo para Anita. “No andaban de la mano ni se besaban en público, pero nunca lo ocultaron. Y a mí me llamaba mucho la atención, para la época que se vivía, que fueran tan aceptadas en casas bien pitucas, donde el lesbianismo y la homosexualidad podían no ser bien vistos”.

Delfina Guzmán, que trabajó por años en ICTUS con Magdalena Sotomayor, una de las hermanas de la Lute, cree que “nunca se habló directamente el tema porque Chile es muy beato”.

Carmen Barros, también del elenco de La Pérgola, dice que “el entorno de los actores es más abierto, humanista. Y Ana incluso hacía chistes con el asunto: ‘Ustedes saben cuando se me dio vuelta la chaqueta’, decía siempre. Los amigos sabíamos que eran pareja, claro que lo sabíamos”.

Y Julio Jung lo resume: “Después de Pepe, el gran amor de Ana fue la Lute. Y no era un secreto, pero lo vivieron reservadamente no por decisión de ellas, sino porque era otro Chile”.

Hernán Letelier cuenta que la Gonza quedó viuda en su momento de mayor fama como actriz: “Ya era la mejor”. Y que el dolor fue inmenso y tan difícil de superar, que mucha gente que la quería la comenzó a invitar a distintos lugares para que se distrajera y conociera gente. Fue la época en que Anita González salió con dos o tres señores que circulaban en torno al teatro chileno, pero que no lograron concretar algo más serio con la mujer de 46 años. “Era fascinante”, relata Letelier. “Una mezcla perfecta de señora bien y de primera actriz”.

Fue entonces, en el tiempo en que todavía sufría por Pepe, cuando ocurrió un hecho importante en la vida de Anita. Junto al elenco del exitoso programa Radiotanda participaba de una gira a Punta Arenas, cuando se declaró una tempestad horrenda que obligó a los actores y actrices a alojarse en diversos hogares de lugareños: los viajes a Santiago estaban suspendidos. A Ana González la instalaron en la casa de un matrimonio joven y encantador, mucho menor que ella. La atendieron como la gran actriz que era en los 60.

De regreso a Santiago, recibió una carta. Era de la mujer donde se había hospedado, que le pedía que la recibiera en su casa de Ñuñoa. Ella aceptó la visita. La joven y bella señora del sur de Chile, según confesó después, estaba perdidamente enamorada de Anita González y quería hacer su vida junto a la actriz. Fue la primera relación lésbica de La Desideria y duró unos dos años. 

 

Luz María Sotomayor apareció en la vida de Ana González por aquella época. De acuerdo a lo que relató en vida la propia Lute, fue Pepe Estefanía quien le pidió que cuidara de Ana. Era el padrino de la joven estudiante de Arquitectura y amigo de su padre, el destacado abogado Justiniano Sotomayor Pérez-Cotapos, radical y diputado. El publicista incluso habría pagado los estudios universitarios de Luz María. Por eso, dijo ella alguna vez en una entrevista, su gratitud hacia Pepe y hacia Anita era eterna.

Vivieron juntas desde 1964. Primero en un edificio cercano a la avenida Providencia y luego en el departamento del segundo piso en calle Miraflores, de 280 metros. Fue su hogar de toda la vida y donde ambas mujeres se encontraron con la muerte, con seis años de diferencia.

La Lute era una mujer de carácter y, según quienes la conocieron, tenía un llamativo aspecto varonil. La recuerdan vestida de pantalones y chaqueta de jeans, casi siempre con beatle en invierno, y con su pelo crespo y corto que con los años se volvió canoso. Nacida el 15 de agosto de 1933 —era 18 años menor que Anita— fue la tercera de los cinco hijos que tuvo el abogado Sotomayor y su esposa Rebeca de la Cruz. Criada en la elite santiaguina y titulada de Arquitectura, trabajó mucho tiempo en el Ministerio de Obras Públicas.

 

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Militó en el Partido Comunista y, según relatan en la colectividad, junto a Ana González cumplió labores de ayuda clave durante la dictadura: las dos mujeres le daban alojamiento a militantes perseguidos por el régimen de Augusto Pinochet, los alimentaban y, en muchas ocasiones, realizaban donaciones de dinero para la resistencia de la oposición.

 

Las González-Sotomayor desafiaban el peligro. En el PC relatan que el departamento de calle Miraflores era un lugar de paso para los clandestinos y que las mujeres se las arreglaban, incluso, para regalar los perfumes y las vestimentas que no usaban a dirigentes importantes, como Gladys Marín, una gran amiga de la pareja. En el partido recuerdan que la solidaridad era extrema y que, alguna vez, Ana González hasta le regaló a las comunistas algunos vales para atenderse en la peluquería de Patricio Araya. En los clóset de algunas militantes todavía existen prendas de la actriz y de la Lute.

 

La propia Ana había tenido una reconversión política de la mano de Lute: dejó su pasado ligado a Alessandri y en 1970 apoyó con fuerza el gobierno de Salvador Allende. Entre julio y agosto de 1973, la actriz participó activamente del Festival Mundial de la Juventud y de los Estudiantes en la RDA, cuyo lema era: “Por la solidaridad antiimperialista, la paz y la amistad”. El Golpe de Estado la encontró en Argentina y, antes de regresar a Santiago, pasó varios días atrapada en Mendoza.

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Cuenta la actriz Carmen Barros que el trato de Ana y Lute, de carácter fuerte las dos, era como de una madre a una hija. Dice que la actriz, por ejemplo, siempre se enojaba cuando la arquitecta se pasaba con los tragos. En el PC coinciden y recuerdan que tampoco le gustaba cuando decía garabatos y lanzaba carcajadas poco finas, habituales en la Lute. “Ya se le calentó el hocico”, decía Anita cuando su pareja se entusiasmaba con el alcohol, dicen en el partido.

Luz María Sotomayor —la Lute— se transformó poco a poco en el Pepe de Ana. Manejaba su carrera profesional, las cuentas, las propiedades y era su asesora en lo profesional y afectivo. La Desideria no concedía entrevistas si no eran previamente autorizadas por Sotomayor y la acompañaba en cada una de sus apariciones televisivas. Hasta las dejaba grabando en el departamento y luego, juntas, revisaban las cintas para observar los aciertos y errores de la actriz.

Fue un personaje controvertido en la vida de Ana. Lo recuerda Hernán Letelier, que no guarda una grata impresión de la Lute. Cuenta que la mujer logró separar la Gonza no solamente de la gente que la quería, sus amigos, sino también de su propia familia. Intenta perdonar, pero no olvida, aquella comida en que Sotomayor comenzó a insultarlo con garabatos frente a Anita, hace unos 40 años. La actriz, incapaz de detenerla, se limitó a llorar. Y desde entonces, dice, los amigos-hermanos se comenzaron a ver por años a escondidas. Pero reconoce: “Mi amiga, más allá de todo raciocinio, la amó. La pasión hace perder cualquier sentido”.

Dicen que La Desideria tenía dos fotografías en su velador: una de Pepe y otra de la Lute.

En enero de 1995, en plena función de Viejas, junto a Yoya Martínez, Ana González olvidó su parlamento en plena escena. Fue el comienzo del Alzheimer que la atacó por 13 años. En ese tiempo los vecinos la observaban caminar por el Parque Forestal en compañía de alguna de sus dos nanas peruanas, Divina y Teresa, y recibía muchas visitas. Pero en 1998 todo cambió: se bajó de su cama, se enredó en la colcha y se quebró la cadera. Y Lute –su amiga, enfermera, celadora, albacea, secretaria y sobre todo su pareja- decidió entonces que la actriz no iba a salir de su departamento.

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“Está bien y preciosa”, contestaba la Lute cuando llamaban por teléfono para saber de la Premio Nacional de Artes 1969. Pocos –muy pocos- lograron ver a Ana González desde entonces. De acuerdo a una crónica publicada en El Mercurio en agosto de 2006, que derribó las puertas de la pequeña Troya de las González-Sotomayor, la actriz estaba dormida a sus 91 años. Recibió a la visita sentada junto a la cama, abrigada con una frazadita en las piernas y con un paño entre la mandíbula y el pecho, con el que le afirmaban su cabeza.

En su pieza habían muchos santos. Cuentan en el PC que en octubre de 1997, la actriz hizo llegar un mensaje a los compañeros: “Yo me voy a alejar del partido, porque mi camino es el del cristianismo y de Dios –hizo saber Ana González-. Pero voy a mantener como amigos a Gladys Marín, Jorge Insuza y Marta Friz”.

A las 20,05 horas del 21 de febrero de 2008, falleció a los 92 años. Fue una descompensación generalizada: insuficiencia renal aguda y hepática. La velaron en la iglesia La Merced y junto al ataúd, visitado por miles de chilenos que admiraban a Ana y su obra, siempre la Lute: “La voy a recordar como lo más importante de mi vida”, decía Sotomayor.

Mucho antes del deceso y mucho antes de que su mente se ausentara del mundo, la actriz decidió que su patrimonio económico y cultural –que era mucho- iba a destinarse a la Fundación Ana González. Como no tenía descendencia ni familiares cercanos, el objetivo de La Desideria era que todo lo suyo –todo- quedara para el pueblo de Chile. El 29 de julio de 1997, el Ministerio de Justicia le otorgó personalidad jurídica a la fundación y, según publicó La Tercera en 2010, el directorio tenía que sesionar cada tres meses e iba a estar conformado, entre otros, por el director Fernando González y los actores Ramón Núñez y Héctor Noguera, sus más cercanos. La voluntad de Anita era que funcionara en el Teatro del Angel, ubicado en la galería de San Antonio con Huérfanos. Lo había comprado en 1971 junto a otros inversionistas, pero luego quedó como única dueña.

Pero los sueños de la Gonza quedaron truncos. Cuenta Noguera: “Ni yo ni el resto de los que conformábamos ese directorio supimos nunca nada”. Y con la muerte de Lute –que había quedado a cargo de todo lo de Anita- es una incógnita lo que sucederá con el legado de la actriz. De acuerdo a lo que informan en la administración de la galería El Angel, por ejemplo, la sala se encuentra en venta hace meses. Y entregan el contacto de Ana María Sotomayor, hermana menor de la Lute, a quien se muestre interesado en comprarlo.

La famosa sala donde se montaron piezas emblemáticas de la escena chilena, sin embargo, está arrendada: hace años funciona como un cine porno. En cartelera actualmente se exhiben las películas triple equis “Camaleones”, “Gladiador” y “Virtualia” por $ 2.500.

El departamento de calle Miraflores 666 exhibe un cartel de arriendo. En la corredora de propiedades informan que se alquila por $ 1.400.000 y $ 340.000 de gastos comunes, pero que también está a la venta y que para programar una visita es necesario hablar con la dueña actual, Ana María Sotomayor.

Desde la calle se alcanzan a observar varias cajas, donde seguramente se guardan todavía algunos de los cientos de documentos, fotografías y cintas que respaldan en parte la prolífica carrera de Anita González, que protagonizó nada menos que mil piezas teatrales desde su debut en 1934. 

Ana María Sotomayor confirma que tanto el departamento como el Teatro del Angel se encuentran a la venta. Y que lo de la fundación no llegó a puerto: “Nunca resultó, porque primero la Anita, y después la Lute, se enfermaron”. Sobre el legado artístico de La Desideria, que estaba en poder de su hermana, señala: “Sería cuestión de conversarlo, porque tengo todo guardado. A lo mejor podríamos hacer una donación a la Biblioteca Nacional”. Y prefiere no hablar sobre la relación de pareja de las mujeres: “Para mí eso no es efectivo”.

El concejal por Providencia, Jaime Parada Hoyl, conoce de cerca la historia de esa familia: su madre es prima hermana de las Sotomayor. El autor del libro Yo soy gay en enero pasado se enteró de la noticia de su muerte y escribió una columna que nunca publicó.  Se titulaba Ana, Lute y el Chile de los hipócritas: “Todos sabían que eran pareja (…) Con la muerte de Lute se cierra el ciclo de la familia González-Sotomayor, o Sotomayor-González (como quieran), pero no desaparecen los eufemismos con los que fueron tratadas en vida”.

 La Lute no fue velada ni en la Veracruz ni en la Merced, las iglesias que la cobijaron por años. Algunos de sus parientes participaron de una misa discreta en el Cementerio General y el 3 de enero fue sepultaba en la tumba de Sotomayor Pérez-Cotapos. Su cuerpo no quedó junto al de Anita, su compañera de toda la vida, que descansa en el Católico sin ninguna flor.

> Revisa la ceremonia del Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado