Con 24 años, Luciana Echeverría es de una mujer enigmática, cautivante, envolvente. De mirada verde felina, como pocas tiene esa capacidad de interpretar a una súper femme fatal con toque angelical, casi ingenua, que la hace aún más atractiva y por lo que muchos la llaman la ‘Jolie chilena’. Y es lo que precisamente ocurre con su personaje Carmen Marín en La poseída —basada en la historia de una joven huérfana, más conocida como ‘La endemoniada de Santiago’ (1890)—; una dulce e inocente adolescente de un internado quien presenta convulsiones y extraños cambios de voz —por lo que se presume estaría poseída por el diablo—, y termina seduciendo al sacerdote que intenta exorcizarla (Marcelo Alonso).

Hija menor de un padre ceramista y una madre pintora, Luciana tuvo una infancia errante producto del trabajo de sus padres. Junto a sus tres hermanos vivió en el Cajón del Maipo, en la playa, Santiago y Ecuador; movilidad que le sirvió para adaptarse a cualquier circunstancia y persona, y que moldeó su personalidad solitaria, autosuficiente, algo rebelde y desconfiada.

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Dice que la vida la guió hacia el teatro. Todo partió en un colegio rural del Cajón, cuando le tocó hacer la obra El volantín encantado, con la que ganó el premio a la mejor actriz interescolar. Su ingreso a la TV fue fortuita. A los 14 acompañó a uno de sus hermanos —que había trabajado en Machuca— a un casting para la serie Karkú (TVN), y terminó ella llamando la atención del productor, quien ese mismo día le avisó que estaba seleccionada. Tres años después, Herbal Abreu la reclutó para la serie Corazón rebelde junto a Augusto Schuster y Denise Rosenthal (Canal 13), con la que no sólo alcanzó el éxito, también fue la manera que tuvo de mantenerse a su corta edad. 

Siempre fue independiente. De niña vendía limonadas, repartía folletos para ganar dinero. “Quería ser grande rápido, vivir la vida, me lateaban las cosas de niños. En el colegio lo pasé pésimo, siempre fui objeto de bullying, y ya de adulta —cuando comencé con terapias— vine a saber cuánto me afectó. Me costaba adaptarme a los lugares; independiente de lo que proyecte, soy muy tímida. No me es fácil establecer relaciones, entregarme; me da miedo el rechazo. No voy a eventos sociales, los encuentro falsos; la mayoría de los asistentes tiene ansiedad de demostrar algo. Ahora hay un boom socialité súper fuerte, con marcas que te auspician y visten; ¡no me interesa! Siempre he confiado en el trabajo, mi pega es actuar. Si me llaman de un canal, será por eso, no por la empresa que represento; me daría vergüenza”, afirma la actriz que pronto rodará el filme peruano Instinto, donde hará el papel de una fotógrafa que se enamora de un hombre, que termina siendo su papá. 

Tenía 14 cuando murió su padre, y a los 16 ya vivía sola, para adelantar su adultez que, reconoce, le trajo costos. “Me salté esa etapa juvenil en que carreteas harto y eres más irresponsable. Tuve que crecer a la fuerza, madurar antes, pagar cuentas, hacerme cargo de mí. Siempre he tenido los pies en la tierra por esa cosa de sobrevivencia, de cuidarme, por eso no sé si me hubiera gustado pasar por el proceso de perderse un tiempo como lo hicieron varios de mi generación. Además, como hace rato me sé manejar sola, no tengo ese estrés juvenil de ¿qué voy a hacer con mi vida?, ¿cómo me voy a sustentar? Adelanté camino, estoy relajada, viviendo sin cuestionarme tanto y pasándolo bien”.

Ha recorrido una ruta solitaria, en la cual también ha sido autodidacta en su formación profesional. “Estoy contenta de no haber pagado una universidad —que te roba millones—, ni haberme metido al sistema. Me preparé viendo documentales, cursos de sicología, tomando talleres en la academia de Fernando González; estudié dirección escénica en Cuba, en una de las escuelas más importantes de Latinoamérica. Soy autoexigente y estoy constantemente perfeccionándome. Ha sido bonito; es un camino particular, personal y solitario”.

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El 2012, cuando su nombre y carrera tomaban mayor relevancia, luego de protagonizar la nocturna Su nombre es Joaquín, la actriz lo dejó todo, y se fue a vivir a Nueva York y Barcelona. No temió arriesgar ni perder espacio en un medio tan competitivo.“Nunca he tenido miedo; quizá por mi historia de vida. ¿Miedo a qué?, si estoy con salud y soy joven, puedo ganarme la vida en lo que sea. Confío en mi filosofía de vida que es trabajar y pulirse; si me guío por las reglas del sistema, ¡estoy frita!, sería igual a los que van a las fiestas a buscar auspiciadores, con un vacío tremendo. No actúo por lo que la sociedad espera de mí, esa es mi lucha. Cuesta, pero si no, no sería feliz”. 

A su regreso ese mismo año, cuenta, se encontró con un Chile estancado, muy sometido al sistema, con la gente poco feliz; estresada, que la terminó por deprimir. “Me impactó ver niños evadiéndose en el cigarro y alcohol; son los vestigios de una dictadura, hijos de padres con temores por la crueldad que hubo, que no se atreven a alzar la voz ni a ser ellos mismos. Los míos nunca tuvieron miedo, por eso siempre fueron de un lado para otro. Quizá no tuvieron grandes trabajos ni situación económica, pero sí libertad”.

A veces le dan ganas de irse, “aunque también creo que puedo hacer mucho acá a través del arte, de estas entrevistas. Ojalá cambiar el switch, quitarle el miedo a la gente. Me ha funcionado no tener miedo”.

—Rechazó antes el protagónico de La poseída hasta que se sintió preparada, ¿en qué sentido lo estaba?

—Me faltaba trayectoria, no es un personaje fácil. Hace un año y medio me lo ofrecieron, en un momento en que necesitaba el trabajo, pero con toda humildad dije no. Estaba cansada, con muchos temas personales por resolver, entonces iba a terminar mal, afectada; no encontraba aún la herramienta que me estabilizara. Por fortuna fui capaz de darme cuenta. Seguí terapias para conocer más al ser humano, de dónde viene, sus emociones, cómo controlarlas, fui a estudiar afuera… Y sin buscarlo, me ofrecieron nuevamente hacer este personaje.

—Hay que estar bien estable en lo emocional para no enganchar con un papel que lidia con el demonio.

—Da miedo, pero en esa búsqueda entendí que este rol debía separarlo de mi vida. En todo caso, no soy católica, no creo en el diablo ni en la Iglesia; cómo confiar en ella con casos tan sórdidos de curas pedófilos y niños traumados. Creo en uno, en lo que puede hacer la mente. Y trabajé desde ahí, desde el autoconocimiento y control de los pensamientos negativos para no afectar la cabeza. Viví experiencias paranormales, de chica tuve un portal súper abierto; veía cosas. Nací, además, en una casa donde penaban, por eso mi miedo de enfrentar este personaje sin prepararme. 

—Si no cree en nada, ¿a qué se aferra cuando no anda bien?

—Me dejo fluir; me permito estar mal: llorar, tener pena, caminar nostálgica; no me bloqueo. Conocerse te ayuda a entender qué te pasa, que las cosas no son para siempre, que las mujeres somos hormonales. Así no me enjuicio tanto.

—¿Cómo maneja esa mezcla de sensualidad e ingenuidad que proyecta?

—No me considero una mujer sexy…

—Tendrá conciencia sí de la atracción que genera en los hombres…

—¡Genial!, porque no tengo pechugas, no soy rubia ni mido un metro 80; no soy el prototipo de Barbie. En todo caso, no tengo ningún whatssap de alguien que me invite a salir o con alguna propuesta indecente. Para mí la belleza es tan abstracta, por ejemplo, Isabelle Adjani (Possession) no es linda, pero extremadamente sexy; su flacura, sus rasgos exóticos. La Barbie no me parece bonita; tampoco la veo como un deseo sexual machista; no me genera nada.

—Igual se presta para el juego.

—Yo juego todo el tiempo, y mi papel en la endemoniada se trata de eso, pero en lo personal estoy lejos de esa imagen. Creo que mi atractivo pasa por lo simple que soy.

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—¿No siente que la TV está abusando de ese lado sexual suyo?

—Ojalá no fuese así y pudiera hacer otras cosas, no sólo la chica sensual; eso se los dejo a las modelos. Sin embargo, la poseída va más allá de si es bonita o provocadora; muestra a una niña que quiere ser sexy, lo que habla de un deseo reprimido de la época. Me gustan estos roles cuando un contrapunto, una justificación en una TV cada día más desechable, menos creativa y carente de un sello. Carmen Marín es vulnerada por médicos y curas que hacen lo que quieren con ella. Hay una temática profunda, de una huérfana sin herramientas con el deseo de alzar la voz, y al final su cuerpo grita lo que su boca no puede.

—En la serie trata de seducir a un sacerdote, ¿hasta dónde llega usted cuando quiere conseguir algo?

—Me lanzo nomás, no tengo límites. Cuando quiero algo, voy por ello dentro de las posibilidades que tengo, eso sí. Si no funciona, no le sigo buscando y me doy media vuelta… Hace rato estoy sola. Tuve una relación larga de cinco años (con el músico Koko Stambuk), y hace casi tres que no estoy con alguien. Fíjate que me gustó, lo estoy pasando bien, de aquí no me muevo por un buen rato.