Un día en 1889. Una calle de Londres. Una casa pobre en esa calle. Kennington se llamaba. A lo mejor todavía está la calle. La casa tiene que haber muerto con las bombas después.
Ahí, en una buhardilla, nació: “El aire estaba viciado por el olor a residuos rancios y ropa vieja”, recordaría más tarde.

Su padre, un actor de music hall, murió a los 37 años. De borracho, de irresponsable, de simpático. De pena, quizás. Y todo se lo llevó a esos potreros de la muerte: la última botella, los ahorros de su mujer, alguna papeleta de las joyas empeñadas… La pobreza se convirtió en miseria. El niño Carlos miraba al mundo con los ojos cada vez más hundidos y más tristes.

Su madre comenzó a cantar para ganarse la vida. Cantaba en las tabernas de mala muerte de las barriadas londinenses. No era mucha la plata.

Su madre comenzó a cantar para ganarse la vida. Cantaba en las tabernas de mala muerte de las barriadas londinenses. No era mucha la plata. Alcanzaba para comer. Pero una de esas noches la voz le quebró. El niño Carlos estaba medio escondido en un rincón de la taberna. “El público de echó a reír, a cantar en falsete, a chiflar”. Tiene que haberse sentido desolado, impotente. Sin embargo, salió del rincón de la penumbra y guiado por quién sabe qué fuerza de otros mundos, saltó al escenario y frente a ese público que silbaba, improvisó una canción cómica. Las gentes escucharon en silencio. Terminó de cantar. Hizo una venia la revés. Llovieron risas y monedas. El director de esa escena quiso ayudarlo a recogerlas. El no lo dejó y medio en broma, medio en serio, medio triste, medio alegre, improvisó un discurso que no era discurso, explicándoles al público que el director quería quedarse con su dinero: que él tenía miedo, dijo mientras reía y tropezaba y se caía y levantada, todo al mismo tiempo.

Llovieron aplausos y carcajadas. Esa fue su primera actuación. Tenía 6 años.
Vivió una infancia dolorosa. “Picasso tuvo un período azul; nosotros uno gris, en el que vivimos de la caridad de la parroquia, de los vales de sopa y de paquetes de beneficencia”, recordaría después. Y se acordaría también de los tiempos en el asilo de Lambeth, de cuando la madre enloqueció. Y de la escuela: “Aprendí a escribir mi nombre: Chaplin. La palabra me resultaba fascinante y yo decía que se parecía a mí”. Tenía razón el niño Carlos. No hay nadie tan parecido a él como Chaplin.
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Un día, vagando por una calle de su barrio, vio pasar a una caballero inglés. Gordo, perfectamente bien vestido, respetable. El caballero tropezó y fue a parar al suelo. Ahí quedó todo sorprendido, sin saber cómo levantarse. Chaplin no perdió detalle de la escena y después de ayudar al caballero, corrió a su cuarto, se paró frente al espejo y se puso a imitar el tropezón. Desde niño, jugaba con sus imitaciones y de a poco fue aprendiendo a zapatear, a mover el cuerpo como el mejor de los gimnastas, a resbalar, caer y levantarse en tres segundos, riéndose de él mismo y llorando entre porrazos.

Poca paga

Durante su adolescencia, este genio, capaz de convertir la tristeza en carcajadas, se las arregló para acercarse a cuanta compañía de teatro errante pasada por ahí. Los dueños de las compañías miraban al joven andrajoso y como para sacárselo de encima, le pedían que actuara. Chaplin subía al escenario con esa capacidad farsesca innata que tenía, con ese dominio sobre el cuerpo que había adquirido, esa pena de vida y esas ganas de ser actor, medio improvisado, medio aprendido de memoria después de haber ensayado mil veces frente al espejo del cuartucho, les mostraba su arte. Los ojos de los empresarios se iban agrandando y casi no podían creer lo que veían y casi no podían creer lo que veían: un muchacho trágico y cómico, capaz de combinar malabarismo, canto, prestidigitación, zapateo y acrobacia, que se deslizaba por la tablas moviendo el cuerpo que dominaba como nadie, cayéndose y levantándose, todo al mismo tiempo… Genial y mágico… Lo contrataban de inmediato y poco le pagaban al actor y vagabundo.

Juntaba cada peso que le daban en distintos escenarios y en otros trabajos que conseguía. Tenía 18 años en el cuerpo y un cargamento de oficios en la espalda. Vendedor de diarios, tipógrafo, fabricante de juguetes, soplador de vidrios, mozo de médico, “pero duraste todas estas disgregaciones ocupacionales, nunca perdí de vista mi principal objetivo: ser actor”.

Charles Chaplin eligió las prendas más inútiles, por demasiado grandes o demasiado pequeñas o demasiado feas, y unió, como quien junta basura, un pantalón de gordo, una chaqueta de enano, un sombrero hongo y unos ruinosos zapatos.

En ese momento de su vida lo contrató la famosa compañía Karno. Lo llevaron a París en un barco lleno de ratas.
Tenía 21 años cuando el público de Olimpia se puso de pie para aplaudir a ese actorazo que no conocían y que los había hecho reír llorando con su papel de caballero muy elegante pero borracho.
De París a Estados Unidos. Ahí comenzó todo. En (“El siglo del viento”), el escritor uruguayo Eduardo Galeano habla de cómo Chaplin inventó al Chaplin que lo lanzaría en una gloriosa carrera que iba a convertirlo en inmortal. Escribe Galeano: 1919. Hollywood.

En el principio fueron los trapos. Keystone. Charles Chaplin eligió las prendas más inútiles, por demasiado grandes o demasiado pequeñas o demasiado feas, y unió, como quien junta basura, un pantalón de gordo, una chaqueta de enano, un sombrero hongo y unos ruinosos zapatos. Cuando tuvo todo eso, agregó un bigote de utilería y un bastón. Y entonces, ese montoncito de despreciados harapos se alzó y saludó a su autor con una ridícula reverencia y se echó a caminar a paso de pato. A poco andar, chocó con un árbol y le pidió disculpas sacándose el sombrero.
Y así fue lanzado a la vida Carlitos el vagabundo, “paria y poeta”.

Chaplin se encargó de explicarles a los empresarios cómo era este personaje que acababa de inventar: “Es un vagabundo, un caballero, un poeta, un soñador, un solitario, y siempre tiene ansias de romances y aventuras. Les hará creer que es un científico, un músico, un duque o un jugador de polo. Sin embargo, no es capaz de recoger colillas de cigarros, ni de robarle a un bebé su caramelo. Pero, por supuesto, si la ocasión lo exige, puede llegar a pegarle una patada al trasero de una dama… Pero ¡sólo en el caso de tener una furia incontenible!”

La caza de brujas

Estados Unidos fue su patria. Allá filmó el primer largometraje, “El Pibe” inolvidable, un clásico del cine. Después vendrían “Luces en la ciudad”, “Armas al hombro”, “El gran dictador”, “Candilejas”, “Monsieur Verdeoux”. Allá se hizo famosa, amó y sufrió. Se enamoraba de mujeres que después lo acusaban ante los tribunales por paternidad o lujuria y le pedían mesadas millonarias. Allá conoció a Oona O’Neil, que le dio ocho hijos y lo acompañó hasta su muerte. Allá vivió cuarenta años de su vida y la más grande y dolorosa decepción de su existencia, cuando se vio convertido en una de las tantas víctimas de la caza de brujas.
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El exilio

Un tiempo antes, Chaplin avisó al departamento de imigración de Los Angeles, que partiría a Inglaterra de vacaciones con su mujer y sus hijos. Estaría seis meses fuera de Estados Unidos, y pedía que le dieran un permiso para volver a entrar.

Le tocó al mismo funcionario que lo había interrogado.

– ¿Tendría la bondad de firmar aquí, mister Chaplin?
Chaplin firmó.

– Aquí está su permiso. Espero que tenga unas felices vacaciones, Charlie, ¡y regrese pronto a casa!
La familia embarcó en el Queen Elizabeth. “Me sentía sereno. El trayecto por el Atlántico es purificador. Me sentía otra persona. Ya no era un mito del mundo cinematográfico, blanco de la acritud de las gentes, sino un hombre casado que se marcha de vacaciones con su esposa y su familia. Los niños estaban en cubierta, divertidos con sus juegos, mientras Oona y yo nos sentábamos en unas tumbonas. Comprendí lo que era la felicidad completa: algo muy cercano a la trsiteza”.

Ese mismo día llegó el cable del gobierno norteamericano. “Me anunciaban que en las puertas de los Estados Unidos estaban cerradas para mí”. Le anunciaban, además, que se le había aplicado la ley contra extranjeros sospechosos de comunismo, depravación o locura y que si quería entrar de nuevo a país debía presentarse ante el comité investigador de inmigración para contestar acusaciones de orden político.

Chaplin leyó el cable y cerró los ojos. “Estaba pálido”, dijo su mujer. Después acercó una silla y se sentó. Ahí estuvo toda la tarde. Mirando el suelo. Mudo y triste. Como en sus películas.

Chaplin leyó el cable y cerró los ojos. “Estaba pálido”, dijo su mujer. Después acercó una silla y se sentó. Ahí estuvo toda la tarde. Mirando el suelo. Mudo y triste. Como en sus películas.
Eduardo Galeano (“El siglo del viento”) cuenta que el senador Richard Nixon afirmó: “Chaplin es una amenaza para las instituciones”, y que a la entrada de los cines donde se exhibían sus películas, los funcionarios de la legión de la decadencia y de la legión americana pegaban carteles que decían: “Chaplin a Rusia”.
Chaplin y su familia llegaron a Inglaterra. Había una muchedumbre esperándolos en la estación Waterloo. Los periodistas se apiñaron en torno al actor. Las gentes aplaudían.

– ¡Háblales fuerten Charlie! –gritó una voz–. “Eso alegró mi corazón”, recordaría él después, pero el golpe de McCarthy fue certero. Chaplin, que había entregado su vida y su arte al pueblo norteamericano, nunca sobreponerse al exilio.

Se instaló en Corsier, un pequeño pueblo en Suiza. Continuó haciendo cine, como realizador y como intérprete, pero poco a poco andar comenzó la decadencia, se le vinieron los años encima y atrás quedó Carlitos, como una sombra zapateando en el horizonte, con el sombrero hongo del caballero, el pantalón del vagabundo, la chaqueta demasiado corta, los ojos hundidos y una vaga sonrisa atravesándole el rostro el rostro de poeta abandonado, cómico, trágico, y final.