“No quiero aparecer ni arruinado ni derrotado ni triste”. Las palabras de Alfredo Castro (57 años) suenan con fuerza en su pequeña oficina del Teatro y Centro de Investigación La Memoria, ubicado en el barrio Bellavista.

A media luz, el actor y director asegura que pese al inminente cierre del espacio que levantó hace ocho años con los recursos de toda una vida y que alberga a creadores de la talla de Juan Radrigán, Diamela Eltit y Rodrigo Pérez, no puede dejar de sentirse optimista. A sus espaldas, un afiche de su icónico montaje La Historia de la Sangre, se pierde entre las imágenes de algunos de sus proyectos más emblemáticos. Hace unos días, cuando el Teatro El Puente anunció que bajaba la cortina para siempre por falta de recursos, el artista que en 2005 recibió el Premio Altazor asumió públicamente que su espacio correría con la misma suerte en diciembre próximo, a no ser que en el intertanto surgiera alguna alternativa de apoyo estatal.

“Alguien tiene que hacerse cargo. El ministro de Hacienda, alguna autoridad. En todos los países espacios como éste son subvencionados. Pero aquí somos los artistas los que terminamos por subvencionar al Estado porque las obras las hacemos igual, no como quisiéramos sin escenografía, pero las hacemos”. “¡Es increíble!”, exclama, sin ocultar su desazón. “Mi precariedad ha sido mi tesoro pero así como estamos no se puede seguir y no soy sólo yo. Tito Noguera con su Teatro El Camino, Nissim Sharim y el Ictus, el Teatro de La Palabra. No tenemos cómo seguir funcionando. Esto necesita ser subvencionado sí o sí. Hay recursos, por eso creo que va a surgir una voluntad ciudadana política muy potente en el sentido de que la cultura tiene que tener un eje importante en los próximos gobiernos. El país requiere un cambio porque esto no da para más”, asegura.

Al igual que en los últimos años, no ganó ni un solo peso de los millones que reparte el Fondart y lo que más le molesta es que en los informes, el jurado habla de “falta de excelencia” e “impacto” como argumento para no otorgarle fondos. Algo que al revisar su trayectoria y el proyecto curricular de La Memoria le resulta “ un hueveo absolutamente incomprensible”, dice con una expresión entre molesta e incrédula. “Resulta que el impacto parece ser la cantidad de gente. Hace 28 años hice La manzana de Adán para 10 espectadores y al mismo tiempo estaba Andrés Pérez en el cerro con un público de 1.500 personas viendo La Negra Ester. Y hoy nadie se atrevería a negar el impacto que ese montaje tuvo en el teatro local, si hasta es objeto de análisis en las universidades y centros de estudios. En ese sentido no tengo grandes éxitos sino mi aporte es una mirada hacia un cierto tipo de teatro que en todas partes es subvencionado”.

—¿Cree que en el otorgamiento de recursos hay factores políticos?

—No sé, no quiero ni pensarlo, este es un problema que se arrastra hace mucho. Hay buenas intenciones pero no hay soluciones.

El Fondart fue una gran herramienta que se convirtió en un monstruo que hoy necesita ser reformulado.

El Fondart fue una gran herramienta que se convirtió en un monstruo que hoy necesita ser reformulado. Más allá de eso evidentemente hay un discurso ciego de la derecha que no logra dimensionar la crisis cultural que vivimos. Por eso llamo al Estado de Chile para que inyecte dinero y haga que esto funcione. No queremos limosnas. No puede ser que el Fondart le dé recursos a la Universidad del Desarrollo que lo único que tiene es plata y no a los creadores.

—¿Cómo lo vive en su fuero interno?
—Este va a seguir siendo mi sueño, yo veré cómo me las arreglo. Si me niegan algo, yo pertenezco a una clase media luchadora y no voy a ir a pedir limosnas. Por sanidad mental, pongo el candado y pienso cómo me reinvento con la misma gente para hacerlo de otra forma. Este es un espacio para todos. Es un bien para la comunidad, por eso nunca pensé que me iban a dejar caer así. Abrí esto con un piso de tierra, usaba el 80 por ciento de mi sueldo de la televisión para arreglarlo hasta convertirlo en lo que es hoy, un lujo para los creadores.

—¿De dónde viene el optimismo ante un panorama tan poco alentador?

—Es curioso pero estoy en un momento de la vida lleno de optimismo. Pienso que van a ocurrir cambios. Por algo hay un hombre que se presenta como candidato a la Presidencia pero que oculta cierta información porque considera que no había que decirla y finalmente se baja. Supongo que empiezan a funcionar algunas éticas. Ahora hay gran cantidad de gente joven dedicada al ámbito artístico y estoy seguro de que va a estallar un clamor de la ciudadanía para exigir tener acceso a la cultura. Después de los estudiantes y la salud, esa es la lucha que se viene.

—El ministro Cruz Coke habla de conseguir financiamiento en la empresa privada.

—(Se encoge de hombros) Que haga una encuesta.

Luciano no está escuchando al mundo del arte, yo llevo 35 años en esto y jamás he obtenido ningún tipo de apoyo del mundo privado.

Luciano no está escuchando al mundo del arte, yo llevo 35 años en esto y jamás he obtenido ningún tipo de apoyo del mundo privado. Hace un tiempo presenté a un holding de empresas un proyecto precioso junto a Matucana 100 que era Hamlet traducido por Nicanor Parra, imagínate el nivel, con 30 millones puestos por Matucana y nunca recibimos ni una respuesta. Entonces, ¿de qué estamos hablando?

—¿No hay interés en la elite económica en apoyar la cultura?
—Primero la elite económica y los empresarios jóvenes necesitan una educación que tiene que hacerla el Estado. Hoy me siento un idiota luchando como un payaso. Yo me llamo Alfredo Castro, soy un gallo de clase media que no tengo un apellido aristocrático o ligado al mundo empresarial que abra puertas a nivel gerencial. ¡Los empresarios no me reciben! Soy un tipo formado absolutamente solo, vendí todo lo que tenía para armar este lugar y no estoy para que nadie me venga a decir qué obras hacer ni cómo hacerlas.

Wp-alfredo-193“No creo en el poder y menos le debo sumisión”, sostiene y bebe un sorbo de café. La potencia de su discurso inunda el espacio y él se entrega a la emoción. No oculta el enfado que le provoca escuchar que los teatros viven en crisis. “Eso es un invento de la burguesía para no tomar las riendas del asunto y decir ‘ no, el teatro no va a estar nunca más en crisis’. Hay que ser súper positivos. Existen 52 centros culturales que dejó andando el gobierno anterior que yo estimo deben ser entregados a los creadores”, lanza. “La ingratitud en este país es impresionante. Hay una cantidad de artistas que tienen que hacer clases donde sea para poder vivir. Estoy en un proceso en el que si me ofrecen ayudarme feliz, pero yo andar mendigando… por ningún motivo. Ojalá el país funcionara como una compañía de teatro con esa democracia, con ese respeto por las jerarquías”.

—Usted participó activamente en la campaña de Jorge Arrate en las elecciones pasadas, en el actual escenario electoral ¿cuál es su candidato?

—(Se ríe) No sé nada. En este momento estoy metido en una crisis, esto en un problema de Estado que se arrastra hace más de veinte años. Lo de los teatros es la crónica de una muerte anunciada. Hay un engaño tremendo en este país que se resume en una frase que es mortal, ‘lo que Chile quiere’ y cómo saben si no me han preguntado nada. Tenemos que poder organizar una asamblea tranquila sin histeria y preguntarnos qué es lo que necesitamos, qué es lo que queremos para nuestro país.
En junio saldría al aire un nuevo canal de televisión de propiedad del holding periodístico Copesa. Será un canal eminentemente de noticias pero habrá espacio para otras propuestas. Ahí, la ficción tendrá como punta de lanza la serie En Terapia, una adaptación de In Treatment que transmite HBO y que Alfredo le devolvió el placer de trabajar en los sets de televisión luego de sus fuertes declaraciones contra las teleseries hace más de dos años cuando las calificó de ˝podredumbre humana y espiritual”. “Dejé la tele con un terror enorme, de verdad pensé que me iba a morir… pero me fui porque yo estaba mal y le estaba provocando un malestar a todo el mundo”.

—Y ¿cómo ha sido el reencuentro con las cámaras de televisión?
—Ahora estoy eufórico. El guión está muy bien adaptado a nuestra realidad, el elenco es genial pero además es para un canal que va a competir con el cable, es una instancia para democratizar contenidos con quienes no tienen acceso al cable.
En la serie que dirige Rodrigo Sepúlveda (Padre Nuestro), Castro interpreta a un siquiatra que atiende en su casa y comparte créditos con Aline Kuppenheim y Javiera Contador, entre otros. “Es un hombre que tiene su vida bastante destrozada como la de cualquier chileno. No está adaptada en cuanto a los garabatos. Este es un trabajo sustentado en la emotividad y que disfruto mucho. Al principio cuando me pasaron los 47 capítulos y lo vi, dije ‘voy a ir uno a uno’ y encontré mi método. En la noche memorizo y en las mañanas me levanto una hora y media antes para hacer unas cuatro o cinco pasadas al texto. Además transcurre en escenarios reales, los tacos son en la Kennedy, mi casa es una casa real”.

—¿Nunca más teleseries?
—No digo nunca más. Si regresara la época de oro de las teleseries, como Pampa Ilusión, donde había algo que aportar, por supuesto que me sumaría, pero este formato me acomoda mucho ahora que estoy más viejo. Hoy, prácticamente no veo televisión y cuando lo hago me quedo en el asombro, van a un nivel mental tan fuera de mis necesidades que me da miedo… por eso vuelvo a mi optimismo asqueroso, dice entre risas.

Wp-Alfredo-2-193Para el protagonista de Tony Manero uno de los aspectos más destacables del proyecto es que plantea un conflicto ético muy contingente entre los sicoanalistas. “Hay una corriente que dice que el terapeuta debe comprometerse con el analizado y otra vertiente que sostiene que por ningún motivo eso debe ocurrir. Elsa Poblete que es mi terapeuta va por ese camino y yo por el otro, así que lo que va ocurriendo es muy interesante. Hay transferencias eróticas, una pareja con una historia muy local, una joven que intenta suicidarse, un militar que estuvo en Haití, una mujer que se debate entre ser infiel o no, pero sin juicios”.

—Los chilenos somos bien moralistas.
—Tremendos, por eso creo que esta serie va a ser un golpe fuerte porque la ética que trabaja apela a la libertad. No hay juicios morales al respecto, sino debates, discusiones.
Una de las máximas satisfacciones que el artista ha recibido en el último tiempo fue el llamado del director Andrés Wood para integrarse al elenco de su próxima producción. La cinta que aún no tiene nombre aborda uno de los episodios más tristes de la década de los setenta: la llamada Caravana de la Muerte. “No puedo adelantar nada pero como todas sus cintas seguro dará que hablar”, dice.

Después de filmar en Italia El hijo fue ( É Stato il Figlio) bajo las órdenes de Daniele Cipri y recibir la ovación de la crítica en el Festival de Cine de Venezia a fines del año pasado, el actor que debutó en la televisión en 1982 con la telenovela De cara al mañana, empezó a recibir guiones del extranjero. Algunos le gustaron, otros no tanto, pero el hecho motivó que buscara un agente internacional. “Estoy mandando material pero no me hago ninguna ilusión al respecto. Tendría que salir algo el descueve para decidirme. A mí me encanta lo que se hace en Chile pese a todas las dificultades. Aquí se levantan proyectos fantásticos”