Con pocas maletas y sin muebles, se cambió con todo al Parque Forestal. No piensa en otro lugar para vivir, prefiere el centro, no se imagina esquivando tacos, “qué mejor que llegar caminando al trabajo”, dice Frédéric Chambert esa mañana de lunes, su primer lunes en casa nueva, a pasos de Lastarria.

La semana anterior también había sido de ajetreos como nuevo director del ahora Municipal de Santiago, Opera Nacional de Chile, el nombre oficial que vino a reemplazar el término ‘teatro’ y que no pasó inadvertido en los círculos culturales del país. En una conferencia frente a cincuenta periodistas, y sentado al lado de la alcaldesa Carolina Tohá, entregó la programación anual y además reveló nuevo logo en medio de la mirada algo desconfiada de los críticos de música, ópera y danza y más. Rudos, le preguntaron por qué. Y él, con su voz de barítono y cada vez más lejano al acento francés, se defendió con calma y hasta parsimonia.

No es del todo responsable del cambio de nombre, fue una de las peticiones del directorio como una forma de modernizar un escenario que tiene una historia centenaria. Dice que masticó la idea una y otra vez, lentamente y con paciencia, entre vuelos que lo trasladaban desde Toulouse, donde fue director de la ópera de la ciudad por nueve años, hasta Santiago de Chile. Estuvo casi un año de aquí para allá, “al punto que conozco casi a toda la tripulación de LAN y fui testigo de cómo después se llamó LATAM”, dice con humor reflexivo, como si los cambios fueran parte de una vida dividida en dos, tres o más actos.

—Hagamos un intermedio, un descanso ¿se acabó la transición?

—No tanto. En este momento, soy el ejecutor de la programación 2016 que ha sido íntegramente elaborada por mi antecesor, Andrés Rodríguez. Pero una programación es la punta del iceberg, hay muchas otras cosas y problemáticas que no se ven, como las finanzas y los recursos humanos, son 500 personas que trabajan, hay presupuestos, inversiones, estrategias de comunicación y, sobre todo, organizar elencos.

—Ahora que vamos camino a que todos nombremos al teatro como Ópera Nacional de Chile, ¿no le asustó que se hablara del ‘afrancesamiento’ del Municipal?

—No es un afrancesamiento, porque hay muchos teatros en este continente que se llaman ópera, se habla del Teatro Ópera de Manaos en Brasil, que es la sala más misteriosa y antigua del continente. En Alemania les llaman teatros ópera, no es algo nuevo. Eso permitirá situarnos en un contexto mundial, porque a este espacio llegan artistas de nivel internacional. La proyección va mucho más allá, con cuerpos y una orquesta que habitualmente recorren el país y cruzan sus fronteras. Además, tenemos una misión de servicio público y recibimos muchos recursos del Estado. Yo no quiero minimizar el apego a la tradición, pero hay que comprender que este teatro se inauguró en 1857 cuando Chile era Santiago, la única gran ciudad, con un solo puerto que era Valparaíso.

Abrir las puertas de Agustinas a todos, hacer un “lugar más inclusivo”, con abonos flexibles para ópera, ballet y conciertos, es su gran meta. También una programación para adultos y otra infantil, conciertos dominicales de alto nivel y gratuitos en la sala Arrau, junto a visitas guiadas para recorrer una “joya patrimonial”, son parte de su estrategia.

Afortunadamente los solistas chilenos destacan en muchos elencos internacionales. Pero todos insisten en que les falta formación profesional. Por eso me gustaría que salgan, que vuelen, pero también que vuelvan”. Su valentía está en declararle la guerra a ese pensamiento que habla de Chile como una isla cultural y enclaustrada, “eso es un callejón sin salida, en el mundo artístico no hay barreras, porque el arte se nutre de conexiones, encuentros e integraciones”. En ese sentido el factor demográfico, con 17 millones de habitantes, no aparece como una trampa. “Es cierto que una nación que sobrepasa los 350 millones debiera tener más tenores o futbolistas, por ejemplo. Es cosa de matemáticas. Pero Chile es un país grande en la historia, grande en su cultura”.

interna

Cuando estaba en el colegio su profesora de español le mostraba la nueva canción chilena, con Illapu e Inti Illimani, Violeta Parra y Víctor Jara. Y en su table de nuit, el velador, siempre tuvo una lámpara con forma de globo terráqueo. “Miraba todas las noches cómo América terminaba en puras fracciones de pequeñas islas, un país llamado Chile. Pero lo que más me llamaba la atención era Tierra del Fuego, tal vez lo más cercano a lo desconocido, Chile me parecía un lugar indomable. Así entró este país en mi vida, luego leyendo a Mistral, Donoso o Rivera Letelier descubrí y comprendí que no era un lugar lejano, en lo absoluto”. Caballero en los gestos, cuidado con las palabras, sólo tiene elogios para Andrés Rodríguez, su antecesor. “Este teatro le debe mucho”.

— ¿Conoce a alguien más que haya tenido ese cargo por más de treinta años?

—Un solo caso, en Avignon. Por ley tuvo que jubilar y después de eso fundó su propia compañía.

— Y usted, ¿se imagina un tiempo igual en Santiago?

—Diez años me encantaría, pero considero que después de un lapso tan largo uno puede haber agotado lo que tiene que aportar. Uno como director tiene que nutrir una institución. Cuando eso ya no se logra, es momento de retirarse.

Llegó solo, con trama de Pirandello y música de Rossini. Justo en el montaje de Un turco en Italia, una coproducción entre el Municipal y Teatro del Capitolio de Toulouse, que dirigió hasta hace algunos meses. Estudiante de clarinete en sus primeros años, continuó su formación en letras, filosofía y ciencias políticas en La Sorbonne.

Nunca se ha casado, pero sí sabe de paternidad responsable. Cuando tenía 23 años tuvo que hacerse cargo de las hijas de su hermana, que murió en un trágico accidente automovilístico junto a su marido y con apenas 26 años. Tuvo que irse de París para ayudar en la crianza. “La más grande tenía tres años y medio. La menor apenas 16 meses. Tuve que ser papá y no creo haberlo hecho mal. Ahora ellas construyeron sus vidas, tienen sus hijos, que son como mis nietos. Anoche hablamos por Skype y seguramente vendrán pronto a verme”, relata. Mientras hilvana algunas ideas de su arribo, agradece el recibimiento de la gente. “Recuerdo que llegué con una gripe muy fuerte y me llamaban cada diez minutos para saber cómo estaba, si necesitaba medicamentos o comida. Toco madera tres veces y agradezco. Nunca me he sentido solo”.

— ¿Es supersticioso?

—Sí, aunque me da vergüenza admitirlo, repara entre risas.

— ¿Cuál es su signo del zodiaco?

— Soy Géminis con ascendente cáncer, dos signos de comunicación, de aire, de versatilidad y adaptación. Prueba de ello es que llegué hace poco a Chile y ya me siento como en casa. También soy lunático y cambiante. Expreso lo que siento y no guardo rencores.

— ¿Qué cosa le espanta?

—La cobardía, la falta de coraje y de valor moral. Son cosas que me sacan de quicio. Pero así también puedo llegar a querer a alguien por sus defectos. Incluso cuando presento a mis amigos aludo a sus debilidades. “¡Mira! Te presento a la persona más tacaña del mundo”, así lo hago y es fenomenal.

—¿Cómo asume la soledad, el estar lejos de sus amigos y familia en Francia?

—No estoy lejos, el mundo ha cambiado y ahora con internet todo está a la mano. Recuerdo que viví en Colombia en los años ’85 y ’86, entonces apenas existía el fax y las cartas se demoraban tres o cuatro semanas en llegar. Por suerte tenía valija diplomática. Entonces sí podía sentirme lejos, hoy no. Incluso ya tengo amigos acá en Chile, por lo que no siento soledad y he sido muy bien acogido, incluso desde mis primeros días.

—¿Qué expresiones chilenas le provocan risa?

—El ‘cachai’ me da mucha risa. También ‘entendí’ y el ‘si poh’. Me llama mucho la atención la chilenización del castellano. Las lenguas siempre han estado muy presentes en mi desarrollo profesional.

—Finalmente, ¿qué otra cosa le hubiese gustado ser en la vida?

—Arquitecto, porque es un oficio donde uno asume proyectos, donde construyes a partir de cero o remodelas algo que requiere ser mejorado. Quise ser músico, instrumentista, también pintor. Pero en ambas cosas hubiera sido pésimo. Por el momento sólo quiere ser el director de esta ópera de Santiago, simplemente eso y ojalá mejor que aceptable.