“Luna, ese círculo blanco que también se ve desde mi país”. El escenario luce despejado, sobrio y profundo. Solo la pantalla y una luna hecha de lámparas de papel destacan en medio de la oscuridad. En cada lámpara hay un hermano muerto, un alma blanca. Simbolizan el luto por los que partieron.

Fue en 1849 cuando un grupo de chinos se embarcó rumbo a Perú escapando de la complicada situación que se vivía en su país. De ahí en adelante su llegada al continente americano no cesaría y a fines del siglo XIX había más de cien mil inmigrantes de origen asiático en la zona.

Hasta antes de la Guerra del Pacífico, varios de ellos viajaron a la provincia de Tarapacá para ocuparse de los trabajos de las salitreras que comenzaron a explotarse por esos años; a partir de 1850 la mano de los esclavos negros fue reemplazada por colonos chinos y no fue hasta 1879 —cuando explotó la guerra— que los orientales fueron reclutados por el almirante Lynch.

Lo vivido fue menos que lo sufrido. Los chinos ayudaron en hospitales, colaboraron en la cocina, sirvieron a oficiales de alto rango y trabajaron bajo las peores condiciones en las famosas guaneras. El roce fue tan duro, violento y discriminatorio que algunos prefirieron el suicidio. Tenían la idea de que si se ahogaban en el mar iban a resucitar en su China natal.

A los ojos de la directora Alejandra Rojas y en el cuerpo de seis actores fue como nacieron los personajes que le dieron vida a esta historia lanzada al público en 2008 bajo el nombre de Xi Wang, la otra patria. “El teatro puede tener esa riqueza exquisita de armar de forma poética un relato que habla acerca de la inmigración china en el norte de Chile y de cómo se asentaron las primeras generaciones”, cuenta la directora.

“Aquí yacen los restos de los hermanos chinos que venían desde Macao en condición de esclavitud”. Esta fue la frase que inspiró a Alejandra Rojas. Una oración escrita en el monolito de una momia ubicada en una escuela de Quillagua, el punto más seco de la tierra. “Yo creo que este fue uno de los tantos hombres que se fugó y la historia de ficción que ocurre en el relato de la obra permite establecer una luz de esperanza porque aún en la condición más terrible del ser humano, existe la capacidad de salvarse”.  Xi Wang significa esperanza.

El desierto, los esclavos, la miseria, la muerte, el territorio y la zona de conflicto fueron algunos de los principales argumentos de la tercera obra de La Huella Teatro, un homenaje a toda la comunidad china que hasta hoy habita en el norte y que marcaría un antes y un después en la compañía.

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A partir de Xi Wang, la otra patria fue posible observar el inicio de un proceso de madurez escénica que los llevaría a establecer un lenguaje propio e identificable, habían creado una metodología. “Es mi obra favorita, porque pasamos de un trabajo ingenuo e intuitivo a un disparo artístico”, asegura Rojas. Se trata de un proyecto que obtuvo el Fondart Bicentenario a la Creación de Excelencia y que profesionalizó la investigación seria en la compañía.

Con la ayuda de historiadores, antropólogos, sociólogos y el dramaturgo Gustavo Meza, Premio Nacional de Artes Escénicas, se llevó a cabo un exhaustivo proceso investigativo. “No podíamos tener errores en la historia. Lo que se escribe en el papel no puede estar mal escrito ni diferir de lo real, aun cuando haya ficción después”, afirma Rojas.

En la práctica se produjo un trabajo de residencia con los actores. Los profesionales se trasladaron de Santiago a Antofagasta para lograr una conexión total con la cultura oriental: debieron aprender desde cómo se toma el té hasta cómo gesticulan y mueven las manos. Algunos de ellos incluso tuvieron que aprender chino mandarín.

“Describe con sinceridad tu aldea y estarás describiendo el mundo entero”. Inspirado en esta cita de Máximo Gorky fue como La Huella Teatro nació en 2004. Una iniciativa de Alejandra Rojas, actriz antofagastina formada en Santiago. Su sello es la búsqueda de un teatro identitario, conectado con el paisaje humano y geográfico del norte del país. Sus creaciones nutridas de investigación en terreno, crean una dramaturgia propia y abierta a su escenificación mediante variados lenguajes, entre los que destacan la plástica y la música.

Porque Santiago no es Chile, la compañía se ha encargado de instalar la problemática nortina en la capital como una forma de diálogo y descentralización del arte nacional, una de sus cualidades más significativas. Esta razón ha llevado a La Huella a presentar teatro de calidad en lugares de difícil acceso a las manifestaciones artísticas. Isla de Pascua, Visviri, Ollagüe y Punta Arenas, son algunos ejemplos de ello.

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El trabajo de La Huella Teatro ha sido premiado por el Fondart Nacional en cuatro oportunidades y además ha instaurado una forma profesional de producción que le ha significado el auspicio de la empresa privada. Algunas de sus obras son Botitas negras (2004), Chajnantor, mirar hacia atrás (2011) y su última entrega Partir (2014).

La Huella marca diferencia en el modo de hacer un teatro, es un teatro original: extrae pequeñas memorias de la historia para contarlas poéticamente. “Uno nunca logra armar todo porque hay demasiada información. La obra es solo un momento que se concreta a través de una composición escénica que logra transmitir emoción en una parte del texto”, cuenta Rojas.

Tras una década de trayectoria, la compañía tiene varios proyectos en mente. Entre los más urgentes están las ganas de internacionalizarse y hacer una residencia fuera de Chile. Pero lo que sí es seguro, es un encuentro internacional en el Desierto de Atacama. Rojas dice que “queremos darnos a conocer y potenciar esta región. Si no estuviéramos en este desierto, no contaríamos estas historias”.