En los ’80, cuando era adolescente, Moira Miller tenía una rutina en sus viajes a Viña del Mar: acompañar a su padre Hugo, uno de los forjadores de la televisión en Chile, al restorán Samoiedo a reunirse con el guionista Arturo Moya Grau. Esas conversaciones eran premonitorias. Entre café y café, el escritor adelantaba los libretos del hit televisivo del que todos hablarían en seis meses más y Moira se enteraba primero que nadie. “Moya Grau decía: ‘Hugo, se me ocurrió esta historia’ y contaba todo lo que escribiría. A mí me entretenía mucho porque sabía que en un tiempo más, toda la gente comentaría lo que ellos conversaban”, recuerda.

Ligada a la televisión desde pequeña por su padre y su madre, la actriz Liliana Ross, Moira Miller nunca cortó el vínculo con la pantalla chica. Tras estudiar teatro en la Universidad Católica, hizo papeles en telenovelas de Canal 13  antes de apostar en un área inexistente en el país: coach de actuación. ¿Cómo lo hizo? “Partí en un documental de Marialí Rivas llamado Blokes. Nadie daba un peso por él y quedamos en la selección del festival de Cannes. Nos abrió un montón de puertas. Ella pudo hacer Joven y Alocada y yo trabajar con distintos directores como Pablo Illanes o Andrés Wood”, cuenta.

En rigor, el coaching actoral es un trabajo surgido en Estados Unidos y es un reforzamiento de las escenas. Estas se repiten varias veces con los protagonistas antes de la grabación para que, al registrarlas, queden perfectas. Miller debutó en esta labor en TVN con la teleserie Vuelve temprano,  y desde marzo cumple idéntico rol en Mega, canal que en julio comienza la refundación de su área dramática.

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—¿Es fácil encontrar talentos?

—Los talentos hay que salir a buscarlos. Asisto a los exámenes de las escuelas de teatro, veo películas chilenas, miro las teleseries, reviso currículos, etc.

—¿Cómo te ven los alumnos?

—Bien, pese a que es un entrenamiento riguroso, de cuatro horas diarias. Lo que hago es tratar que la gente que entra a la televisión se enamore de la actuación y también incentivar a los que llevan años trabajando en teleseries.

—¿Cómo se puede motivar, por ejemplo, a un Pancho Reyes?

Pancho es de los motivados. A él sólo le debes poner buenos compañeros al lado. En este trabajo no puedes creer que solo porque eres lindo vas a estar ahí. La televisión necesita de la belleza, pero también necesita del talento. De lo contrario, no existiría Don Francisco.

Mario Kreutzberger es un personaje que aparece constantemente en el discurso de Miller. Descubierto por su padre cuando formaba parte de los talleres artísticos de las juventudes judías en el Maccabi, el animador de Sábados Gigantes es cercano a su familia. “Cuando era chica, siempre iba a mi casa o nosotros a la suya”, rememora. La hija de Liliana Ross cuenta que, hasta hoy, mantiene una excelente relación con él —gracias a ella, Kreutzberger tiene un papel en la película Los 33, liderada por Antonio Banderas— y le entregó un consejo fundamental sobre televisión. “Un canal sin área dramática no cuenta con línea editorial. Ese es el gran eje de su mensaje televisivo”.

Antes de su rol de descubridora televisiva, la actriz estuvo casada dos años con Vasco Moulián. Fue su novio en la escuela de teatro y, aunque muchos todavía se sorprenden de su relación, Miller cree que fue parte de un aprendizaje. “No lo veo hace años y no es tema ni tampoco me arrepiento. Lo veo como una experiencia que me llevó a armar mi actual núcleo familiar, con quienes soy muy feliz”.

Los primeros pasos de coaching de Miller los dio en un sector ajeno a su profesión: los animadores. Entrenó a periodistas como Polo Ramírez, Constanza Santa María y Fernanda Hansen en Canal 13. Aunque su primera discípula fue una abogada: Macarena Venegas. “Ella tenía miedo que su labor como abogada quedara mellada. Con Fernanda Hansen fue difícil porque trabajamos después de su accidente en la columna y esa lesión te afecta la emoción. Polo tenía el gran miedo de todos los periodistas: quedar como idiota”.

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—¿De dónde has sacado influencias para tu trabajo?

—Principalmente de las series gringas. Me alucina como cuidan a los actores. Ellos, por ejemplo, tienen actores suplentes que están solo en el set para que iluminen la escena, que ocupan el mismo color de pelo y la ropa que los actores que grabarán. Así, el iluminador deja el trabajo listo cuando el actor llega a trabajar. Es bien impresionante.

—¿Nunca miraste en menos la televisión?

—Mi papá abrió la primera área dramática de Canal 13 y junto a mi mamá me enseñaron que a los actores nos corresponde tomarnos todos los espacios. Claro, hay actores que tú escuchas decir que prefieren hacer de mimos antes que actuar en la tele. Pero ahí recuerdo una frase de mi papá cuando ocurrían estos casos: se le nota mucho que quiere estar en la tele. Eso es ser engrupido.

—¿Son engrupidos los actores?

—Los de mi generación, totalmente. Los actuales, no están ni ahí. Los de los ’80 fuimos súper prejuiciosos. Teníamos la idea que la cuica era lesa y el pobre no tenía formación. Ahora, los cabros cuentan con un roce porque viajan mucho y eso provoca menos recelos. En mi época, una persona de clase media no iba a ningún lado y ahora por poca plata vas a Buenos Aires.

—¿Cuál es el nivel de los actores chilenos respecto a los latinoamericanos?

—A nivel interpretativo, es alucinante en Chile. Estamos bien cotizados en Latinoamérica. La serie Prófugos de HBO fue un éxito porque nosotros tenemos un manejo de la gestualidad económico, medido. Algo que no se encuentra en todos lados.

—¿Qué actores de la nueva camada con que trabajas tienen futuro?

—En Vuelve temprano hay un grupo talentoso. Gabriel Cañas, Félix Villar, Constanza Contreras, Fernanda Ramírez y Pedro Campos. La gente quiere nuevas caras en la televisión y con tanta ficción se va a lograr una renovación. Tengo mucha fe.