Cecilia Roth ha sido parte de la historia grande del cine iberoamericano. Su belleza e intenso talento aportaron para que en el año 2000 el cine en español se llevara un Oscar con Todo sobre mi madre. La misma mujer que ha filmado más películas con Pedro Almodóvar llega a Chile, pero en otro formato, con la obra Una relación pornográfica y de la mano de un director conocido en nuestros teatros, Javier Daulte (Baraka). “El teatro es una especie de sacerdocio, de cautiverio, un rito”, se escucha convencida Cecilia al otro lado de la línea telefónica.

Su compañero en escena es otro gran conocido del cine de Argentina y España, Darío Grandinetti. Tienen carreras similares: ambos dejaron Buenos Aires siendo jóvenes, encontraron el reconocimiento en el cine español y protagonizaron las dos cintas más premiadas de Almodóvar. Sin embargo, apenas se habían topado.

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A principios de los noventa, coincidieron en una serie de Telefé llamada Atreverse; luego, cuando se iniciaba el nuevo milenio, estuvieron juntos en la cinta Hable con ella, donde Cecilia hizo un cameo; y en la película Matrimonio (2013), de Carlos María Jaureguialzo, compartieron tres días del rodaje. Ahora llevan un año y medio haciendo Una relación pornográfica y al otro lado de la cordillera dicen que son pura química.

La obra es una historia de amor que comienza de una manera poco ortodoxa: con el anuncio de una mujer en una revista pornográfica para concretar una fantasía sexual. Sin embargo, entre los personajes aparece la posibilidad de un vínculo que va más allá del sexo. “Es una relación pornográfica, sobre todo para el espectador, que puede espiarla sobre el escenario”, agrega el actor, quien ya estuvo dos veces en Chile, también de la mano experimentada de Daulte, con la obra Baraka.

Para Cecilia Roth es su debut en teatros chilenos. Pero solo eso, porque ella guarda una relación estrecha con Chile como para que este estreno sea un misterio. Seguramente el miércoles 4 de junio en el Teatro Nescafé de las Artes estará entre el público parte de su familia materna avecindada en Santiago, la misma a la que ha visitado durante varias navidades.

“Son los primos de mi mamá, los míos, sus hijos y ahora sus nietos. La relación con mi familia chilena es muy profunda porque en mi infancia los visitaba siempre y ahora también. Cuando filmé Padre Nuestro (película nacional de 2006,  dirigida por Rodrigo Sepúlveda), aproveché de pasar mucho tiempo con ellos, y de hecho estuve allá la última Navidad”, cuenta la actriz.

La historia es antigua. Llegada de Mendoza, a meses de nacer, su madre vivió en Santiago hasta los 18 años. En una casona de Ricardo Lyon, Dina Rot (81) vivió su infancia y comenzó los estudios que la convirtieron en cantante, pianista y musicóloga, trabajando textos de Thomas Mann, Bertolt Brecht, Anna Frank y los poemas de Federico García Lorca y Juan Gelman.

De regreso en Argentina en 1955, se casó con el economista Abrasha Rotenberg, un inmigrante judío ruso vinculado a revistas progresistas. Al poco tiempo nació Cecilia y más tarde Ariel. Criados en ese ambiente cultural, los hermanos Roth estudiaron teatro y música. Hasta que llegó la dictadura de Jorge Rafael Videla (1976-1983), cercanos a la familia, como Juan Gelman, vivieron el horror, y ellos decidieron partir a España, exiliados. Se quedaron 35 años en ese país.

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Cecilia regresó a Buenos Aires y seis meses después quería ser actriz. No cumplía veinte años cuando partió a un casting para la película No toquen a la nena (1976) y quedó hasta el final entre 200 postulantes. No fue la protagonista, como le hubiese gustado al asistente de dirección de aquella cinta, Adolfo Aristarain, pero dos décadas más tarde, el mismo Aristarain llevaría a Cecilia directo al premio Goya, por su emotiva interpretación en la película Martín (Hache) (1997).

Mucha agua debió correr bajo el puente para que Cecilia Roth volviera a España a hacerse un nombre, desde entonces con una hache al final de su apellido. De regreso en Madrid, conoció a un muchacho empleado de una compañía telefónica, con pocos recursos pero con un imaginario único y quien cambiaría su vida. Ella aceptó trabajar en el primer largometraje de un joven Pedro Almodóvar, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), retrato subterráneo de la naciente movida madrileña filmado durante los fines de semana de todo un año.

Después de continuar esa sociedad con Laberinto de pasiones, Entre tinieblas, Qué he hecho yo para merecer esto, Todo sobre mi madre, Hable con ella, Los amantes pasajeros, hoy la actriz argentina-española es la más prolífica “chica Almodóvar”, con siete participaciones en sus cintas, coronando con otro Goya su desgarradora intervención en Todo sobre mi madre (1999), película que le abrió las puertas de Hollywood y que ella misma cerró.

“Cuando llegó la opción encontré que ya no era el momento. Pero lo maravilloso de seguir cumpliendo años es tener la misma inquietud de cuando era joven, si no estaría muy tranquilita en mi casa sin hacer tantas cosas”, dice ella.

Fue con Todo sobre mi madre que Cecilia se encontró por primera vez con Una relación pornográfica. Coincidió en las competencias de diferentes festivales con la versión cinematográfica de la pieza de Philippe Blasband dirigida por Fréderic Fonteyne y protagonizada por Nathalie Baye y Sergi López. A lo largo de los años le ofrecieron hacer la obra en distintas circunstancias.

El amor ha sido determinante en la vida de Cecilia. Le rompieron el corazón en España, así lo ha dicho ella, y en 1991, tras ocho meses de matrimonio con el argentino Gonzalo Gil, apareció en su vida el cantante Fito Páez, dando inicio a una historia conocida: hizo el mayor disco de su carrera (El amor después del amor), se casaron a fines de esa década, adoptaron a Martín —un adolescente en la actualidad— y anunciaron el fin de la relación en 2002, luego de trabajar juntos en Vidas privadas, el poco afortunado debut de Páez como cineasta. Su última relación conocida duró dos años y fue con un joven actor argentino.

“Hace diez años tenía una sensación más idealizada de las relaciones amorosas y por ahí no me cabía el enigma que resulta el otro y el miedo que puede producir una relación”, reflexiona en torno al montaje y al momento que está viviendo. Lo dice con la misma tranquilidad con la que ha manifestado su opinión política sobre causas relacionadas con Derechos Humanos y su reconocido apoyo al kichnerismo. “Soy anti anti-K”, dijo el año pasado.

“Es lo que creo y lo que he apoyado. Pero también he decidido no opinar, pues no es mi trabajo hacerlo. A veces es mejor no decir nada, no siempre es necesario. Se convierte en un lugar común que los actores y ciertas personas públicas tienen la obligación de opinar y yo creo que uno opina cuando tiene ganas de opinar y cuando no. Pero las cosas que pasan a la sociedad nos suceden a todos”, advierte.

Cecilia Roth es consciente de que el mejor lugar para decir cosas es su trabajo. Ahí siguen sus grandes papeles en películas como Todo sobre mi madre, Un lugar en el mundo, Martín (Hache), Kamchatka y, aunque con menor frecuencia, en el teatro. ¿Falta algo en su carrera? “Faltar no es una palabra que utilice, no me parece interesante. Lo que me gusta de la vida es recorrerla paso a paso, ver para dónde me lleva la corriente y elegir. Siempre he tenido la sensación de plenitud, de enorme agradecimiento por estar acá, disfrutar y sufrir con lo que hay, no con lo que falta”.