En el mes del teatro, el Premio Nacional de Artes de la Representación 2011 está en cartelera con varias de sus creaciones, entre ellas Amores de cantina, en el Nescafé de las Artes. Campechano y con un pasado sin academia, es leyenda viva de la dramaturgia nacional. En esta conversación, con harta nicotina y cafeína, se lanza en picada contra las obras de entretención y los reality.

Hace unos años, Juan Radrigán (75, tres hijos) estaba craneando una obra basada en el concepto del ‘asado amargo’, porque siempre que nos preparábamos con ilusión para ver un partido de La roja terminábamos llorando, “pero llegó Bielsa y no me dejó escribir porque empezamos a ganar…”. El dramaturgo le agradece al entrenador argentino haberle dado alegría a la gente. Porque en el corazón de Radrigán el amor por el teatro compite con su cariño por el pueblo.

En todo caso no le faltan obras: ya tiene más de 40. El crítico de teatro Agustín Letelier lo considera “la más alta personalidad de las tablas chilenas en los últimos 30 años”. Y es que desde 1979, Juan Radrigán es puro teatro. Si se lo sacaran no quedaría nada. Ni los huesos. Le ha transmitido este amor inmenso a su hija Flavia, también dramaturga. “Nos leemos las cosas. Nos pedimos consejos. Ella está escribiendo harto. Ahora tiene una sobre El criollito, el último de los fusilados, uno al que le gustaban los tangos y que mató a un sastre”. Con su mujer actual, la actriz Silvia Marín, tiene a Rocío de 15 años. Está seguro de que también escribirá. Por ahora, diseña trajes japoneses y va a encuentros de animé. Después de hacer las fotos en el Teatro del Puente, cruzamos el parque Forestal conversando de que le pagan el 10 por ciento de las entradas cada vez que montan una obra suya. Cuenta que le ha ido muy bien con Amores de cantina, la obra musical que se presenta por estos días en el Teatro Nescafé de las Artes y que en febrero estará en el Gam. Es la quinta temporada del drama. “La han dado harto, y en lugares con mucho público. ¡Los que trabajan son terribles!: María Izquierdo, Ema Pinto, Luis Dubó, y el Fafifo (Francisco Ossa), quien ¡hace un muy buen personaje!”.
Como las obras de Shakespeare, Amores de cantina es en verso: Lo cabrón es que nacimos
pa’ querer y que nos quieran, de otro modo perdimos lo único que nos dieran…
El dramaturgo reflexiona: “Algo debe tener porque le llega mucho al público”.
Nos vamos al restorán El cuervo, pero como no aceptan fumadores —y Radrigán no alcanza a apagar uno cuando enciende otro— nos instalamos en un café del barrio Lastarria.
Enero es el mes con más teatro y él está presente con varias de sus obras. Además, durante 2013 estrenará cuatro piezas más. “Los voy a aburrir con teatro”, advierte.

—Marietta Santí, crítica de teatro, opina que las leyendas vivientes son Alejandro Sieveking, Egon Wolff, Gustavo Meza y usted.
—Meza es más director, ¿ah? (aclara de inmediato). Tiene algunas obras…
—Pero no una gran cantidad…
—¡Ni una gran calidad tampoco! (vuelve a reír). Sieveking y Wolff merecen el Premio Nacional, pero es cada dos años: ¡hay que tener cuidado de que no nos andemos muriendo!

LA VIDA DE RADRIGÁN ES ESCRIBIR. “Ese es mi quehacer, y ver a los hijos, quisiera verlos siempre”, agrega. Tiene su método de escritura. Trata de hacerlo regularmente unas seis horas al día, a mano y en hojas blancas que luego pasa ‘en limpio’ al computador. “Lo ideal es escribir en la mañana, de ocho a una. Lo que hago a esa hora es el material en el que confío; el que arreglo después en las noches. Si tengo más tiempo el fin de semana, escribo más, o voy a ver alguna obra.
—¿Corrige mucho?
—Harto, pero en la medida en que voy escribiendo. ¡Para una obra escribo hasta 400 páginas! Decanto mucho. Una pieza son en realidad 35 páginas de computador. (Usa el PC sólo para esto; ni sabe lo que son Twitter y Facebook, y tampoco es esclavo del celular).
Luis Vera llevó al cine en 1986 uno de sus textos, Hechos consumados. Radrigán no quedó contento. “Como ejemplo, el guión menciona que pasa mucha gente, que pueden ser desaparecidos, cesantes, muertos, y éste para graficar eso puso una procesión de la Virgen del Carmen, con banderitas y toda la wevá. ¡Na’ que ver con la obra!”.

Aunque no va mucho al cine, le agrada la ciencia-ficción. Le parece sorprendente la película El gran pez de Tim Burton. Disfruta a Beethoven, Berlioz y Ravel. Dentro de lo popular: Violeta Parra, Víctor Jara, Rolando Alarcón. Entre los poetas, Oscar Hahn, Armando Uribe (saludamos a su hija Catalina cuando veníamos llegando al local) y Tomás Harris. Televisión ve muy poco. “Es horrenda la farándula. Son todos absolutamente estúpidos. A los de los reality parecen que los escogen con carné. Les dicen: ¿Usted es estúpido? Muéstreme su carné; ah, ya (hace como si estuviera revisando las entradas) puede entrar. ¡Y tan mentirosos! Esa cosa aterradora de Las Argandoña me recordó el Palacio de Versalles. Haciendo eso y la gente con necesidades y hambre. ¡Millones y millones en esa tontera ridícula! ¡Cuánta estupidez y cuánta pobreza soporta la democracia! Me gustaría hacer algo serio sobre esa payasada. Reflexionar con ironía sobre esa verdadera bofetada”.
El mismo escozor le producen las obras livianas. “Hacen esta cosa que llaman Las indomables y arrasan. También esas obras que se ven en algunos festivales. Son entretención. El espectáculo no necesita conflicto. Yo digo que hay que desnudar a los personajes, pero sin sacarles la ropa. Cuando ese teatro es infinitamente superior numéricamente al otro, significa que estamos mal. Lo mismo si abundan los garabatos, que esconden la falta de discurso, la ausencia de algo que decir”.
Y recuerda la ocasión en que se retiró de la presentación de El toro por las astas “porque la llenaron de garabatos. El director era Alejandro Goic. Me enojé mucho con él porque podría haber dicho que no, y no lo hizo. Dejó que los actores siguieran metiéndole insultos”.
—Es curioso, porque usted escribe del pueblo, que no habla de manera académica.
—Pero pienso que se puede cambiar el lenguaje a uno más universal, más humano. ¡Si no hablan todo el día a puro garabato!
—Sus pobladores son poéticos…
—Al menos trato. En Las brutas, Lucía dice: No tengai mieo, Luciana; morirse es igual que dormir, pero una dispierta en otro lao.
De la nada, Radrigán observa: “Luis Barrales es bueno ahora, ¿no?”. Considera al autor de Hans Pozo, Las niñas araña y Rota, el mejor que ha surgido de los jóvenes; también destaca la obra La Epopeya de Lucho Chaveta.
—¿Le gustaron las cosas que hizo Andrés Pérez en teatro callejero?
—Sí, me habría encantado trabajar con él en alguna ocasión.
—Antes de irse a Francia, Andrés había danzado en Lautaro, de Isidora Aguirre.
—Sí, la vi.
—¿Era buena la obra?
—Sí, y como siempre le faltaba su profundidad. ¡Ella sabía muuucho sobre estructura dramática, sobre cómo escribir!… pero en la práctica…
—¿Cómo era como persona?
—¡Buena gente la vieja! Pero estaba obsesionada con La pérgola de las flores. Tú le hablabas de una panadería, de la Segunda Guerra Mundial, de alguna revolución: Sí, pero La pérgola… Tenía harto aburrida a la gente. Ademásque no mencionaba a Francisco (Flores del Campo), y le sacas la música… y la Tonada de medianoche, ¡y sonaste!
Junto a su hijo economista y Flavia piensan instalar una librería donde se tome café, se hagan monólogos y atiendan algunos escritores un día de la semana. “Hoy atiende Oscar Hahn, por ejemplo. Otro día le toca a Sieveking y después hace turno Marco Antonio de la Parra”, dice risueño.
—¿Le gusta trabajar con su hija?
—Sí; quisiéramos tener más tiempo. Pero ya lo vamos a conseguir porque estoy prácticamente jubilado. Este año trabajé en seis universidades.
—¿Con el Premio Nacional quedó bien?
—Claro; por eso quiero dedicarme a trabajar con grupos pequeños y desconocidos. La mayor cantidad de teatro, la fuerza, la pujanza está en los extramuros. Se hace mucho arte en casas desocupadas, en bodegas. Yo trato de ver mucho de ese teatro. El recurso viene del Fondart, que es una especie de circo romano: el que sobrevive lo recibe. ¡Cuesta tanto llenar esos formularios! Te preguntan tantas cosas y te obligan a explicar todo: ¿cuándo compró este chicle?, y ¿era necesario?
En él todo es teatro, cuesta llevarlo a otros temas; Bielsa es la excepción. “Cambió el equipo con rigurosidad. Se notaba que estaban jugando a algo y que había ganas de ganar. Iba desde el mínimo detalle hasta el último. ¡Y estos desgraciados que lo hayan echado!, y era de las pocas alegrías que podía tener el pueblo”.
—¿Sería su personalidad?
—¡Iba siempre al teatro! Fue a ver Hechos consumados y Las brutas.
—¿Son de sus obras favoritas? ¿Cuáles son sus ‘hijas’ preferidas?
—Fuera de la Flavia y la Rocío no hay nadie. Entre las obras, hay una que no hemos dado nunca y que me gusta mucho, El príncipe desolado.
—¿Por qué?
—Porque dicen que es contra la Iglesia, pero no es así. Es la historia de Luzbel, de cuando fue designado para que fuera el mal. Para que no se derrumbara el Paraíso; ¡si aquí estamos muriéndonos de tedio!, decían ellos. Algo tiene que pasar… Vos vai a ser el malo, le dijeron.
—En Job está sentado al lado de los ángeles.
—Absolutamente, y haciendo una apuesta con Dios: ¡Déjamelo a mí! Y lo hicieron zumbar. Eso es terrible: dos dioses contra el pobre… Le mataron las ovejas, los amigos, los parientes, lo llenaron de llagas… Y después los huevones vinieron y le devolvieron todo, pero no es lo mismo. En El príncipe desolado, Luzbel llega a las puertas del Paraíso con su mujer, Lilith, enferma. Pide que le den remedios. Pero ellos no pueden entrar al Paraíso porque son el mal. Entonces, la deja en la puerta, y los cuidadores que están ahí son sus hijos.
Luzbel es un maldito y es eterno, no puede morir. Dondequiera que va es rechazado. Toda la Tierra es de Dios. No tiene dónde estar. Lo único que quiere (se ríe) es que le devuelvan la muerte. Y no se la devuelven porque se armaría el tremendo lío sin el mal, pues.
—¿En qué actor ha pensado para representar a Luzbel?
—Me encantaría Pancho Melo. Pero el miedo a la Iglesia es peor que el temor al Ejército.

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