Están todos vestidos y caracterizados para el último ensayo. Pero a Jaime Celedón, el mismo que fue uno de los fundadores del Ictus y que revolucionó la televisión de los años ‘60 con La manivela, no le importa ser el mañoso del elenco. No quiere cambiar su traje de tweed y ponerse la bata y el pañuelo de seda que da forma al señor Smith, uno de los protagonistas de La cantante calva, el clásico teatral de Eugène Ionesco y que esta semana se estrena en la sala de la Universidad Finis Terrae.

Cuando encienden las luces del escenario, cuando el director da las primeras instrucciones, la bata parece caer por arte de magia sobre Celedón. Sube al escenario y su cara es otra. “¡Somos millonarios, qué felices somos!”, declama para encender la mecha de ser otro, de finalmente dejar atrás la cara de aquel Jaime intransigente y severo, el mismo que desde el poder, o fuera de él, parece estar labrado a punta de rebeldía… A los 27, a los 58, a los 83, es el mismo. Al punto que, después de cincuenta años desde que se estrenó en Chile el clásico de Ionesco, el actor retoma la obra en manos de Ramón López.

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Dice que, después de dos matrimonios, ahora también volvió a estar solo-solo. Sin perro ni gato, “porque detesto los animales”. En febrero prefirió estar acompañado y se fue por casi todo el mes a Cachagua, donde tiene su casa de veraneo desde hace treinta años. Ahí juntó al elenco y comenzaron los primeros ensayos. Estaban Mónica Echeverría y Julio Retamal, quienes junto a los desaparecidos Jorge Díaz, Paz Irarrázabal, Gabriela Ossa y la directora María Gerner, fueron los que montaron esta obra bajo el nombre de la Compañía del Absurdo y que, con los años, fue la que dio origen al Teatro Ictus. “Me pareció sintomático, importante y simbólico hacer un esfuerzo por remontarla bajo el nombre del Grupo Fundadores”.

—¿Se acordaba de los libretos?
—Muy poco. Cuando se tiene más de setenta, la memorización cuesta, es más lenta. Además, es una obra difícil, porque es de mucha frase corta.

—¿El método?
—Estudiar y repetir mucho y ayudarse con el apuntador hasta el momento que comienza la función, esos que estaban debajo del escenario. Afortunadamente tengo una gran capacidad de improvisación, pero el problema es que si improviso mucho, el resto se pierde.

—¿Hace cuánto que no actuaba?
—Lo última vez fue en el Ictus. Una obra que se llamaba El pan nuestro de cada día, de Jorge Díaz. Eso fue hace más de diez años.

—¿Por qué volvió?
—Cuando estoy solo, cerca de la hora del sueño, pienso muchas cosas e imagino otras. Pensé que era el momento de volver al teatro. ¿Sabes por qué? Porque siempre me he considerado fundamentalmente un actor. Cuando tengo que llenar un voucher en un aeropuerto o en un hotel, no pongo publicista, sino actor. A secas.

El señor Smith, que ahora interpreta es un hombre de clase social media alta, el típico burgués al que no le ha ido bien en la vida. “Aquel que vive aparentado más de lo que tiene. Está casado con una mujer de mayor nivel social y muy autoritaria… La obra es cómica, es para reírse mucho. Como dato para los que no la conocen: todo lo que se dice es chiste, pero en forma no lo es”.

—¿Cómo estamos por casa en términos de arribismo?
—En Chile abunda. Es cosa de ver la calidad de vida de los chilenos: todos van al Mundial de Brasil con tarjetas de multitienda. Se vive en la fantasía y no importa si hay que hacer colas enormes para comprar. Debemos tener uno de los índices más altos de endeudamiento en el mundo.

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—Y como consumidores de cultura… ¿peor?
—Creo que hay bastante cultura. En eso han trabajado bien los gobiernos, incluyendo el de Piñera. Pero que se trata de una cultura postiza, muy de conversación de living, de tan solo tener algunos conceptos. Es cosa de ver la televisión. Nunca había estado peor. Es de una mediocridad, vulgaridad y de una absoluta ausencia de creatividad. Yo opté ver televisión europea. Ni siquiera puedes ver las noticias. Cuarenta minutos de policial y, en los diez minutos finales, recién los temas importantes.

—¿Ha visto realities?
—No me interesan. Los encuentro asquerosos. Es parte de la decadencia de este país. No se trata de que todo sea serio y solemne. Pero lo digno es hacerle una vuelta de tuerca para que las cosas sean mejores. No se trata solamente de que el grupo económico reciba cada días más plata, o el todo se vaya para alimentar el rating.

—¿En qué momento dejamos de elegir bien?
—No te podría definir el momento, tal vez fueron las circunstancias… De un momento a otro, se privilegió el ‘bien estar’ sobre el ‘bien ser’. Ahora es más importante tener cosas, eso te hace ser respetable al parecer.

—La dictadura dejó lo suyo también.
—Fue un cáncer enorme del que todavía no nos sanamos. Pero todavía hay gente que quiere vestirse con ropa que no le pertenece. Como las chaquetas rojas de Piñera: una picantería. ¡Qué es eso de estar en todas partes! De llegar en bicicleta para inaugurar un velódromo… Pienso que Piñera no supo mantener la dignidad ni la altura. Un piérdete una con todas sus letras.

—¿Y qué piensa de Michelle Bachelet?
—Le tengo mucho respeto, no se ha farreado nada y por eso voté por ella. Llegó muy callada y soy de los que piensa que hay que tener fe para que salga adelante. Aunque no será fácil… Bien para calladito: anda el lobo dando vueltas.

—Usted le entregó las acciones de Veritas, su oficina de publicidad a sus empleados, ¿se fue del mundo laboral formal?
—La verdad es que no tengo idea de las cosas que voy a hacer. Eso es libertad.  Mi salud, claro, demuestra que ha pasado el tiempo, pero mi cabeza sigue siendo la misma, con ganas de aprender, de seguir haciendo cosas. Trabajando sobre todo con mucha modestia y luchando contra el egocentrismo. Y actuando, porque a mí no me bajan del escenario.