Héctor Noguera sólo tenía cuatro años cuando su prima mayor, Elena, lo pasaba a buscar todos los domingos para llevarlo 
al teatro. Proviene de una familia conservadora, en donde el arte apenas era reconocido, por lo que durante años no le quedó más que conformarse con estos efímeros encuentros con las tablas.

Ni él mismo se imaginaba que con los años se transformaría en uno de los actores más reconocidos del país, ganador del Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile (2015) y protagonista en casi 40 teleseries y películas. Hoy, llega puntual y sin prisa hasta el Teatro Camino en la Comunidad Ecológica de Peñalolén.

Camina con cuidado, evitando cualquier posible traspié. Aún le quedan algunas secuelas del accidente que hace un año lo dejó casi sin movilidad, así que prefiere prestar atención a cada paso que da. Con cuidado, se sienta en las butacas, al tiempo que técnicos y ayudantes lo saludan con sincero afecto.

A sus casi 80 años —los cumple el 8 de julio—, Héctor tiene otras prioridades. Atrás quedaron los años de inexperiencia y pretensiones, ahora prefiere centrarse en su familia, en los proyectos teatrales y en la autobiografía que escribe con la ayuda de su hijo Damián.

“Vivir un accidente como este hace que uno se dé cuenta de que todo es transitorio. Le perdí el miedo a dejar de existir, porque en ese momento podría haber muerto y habría sido fácil. A lo que yo le temo ahora es al proceso hacia la muerte. Me libré de esta, pero ¿cómo me voy a morir en un tiempo más?, ojalá sea tan fácil como fue el accidente y no una enfermedad larga en la que sufre uno y los demás”, explica.

Fue hace un año, el 11 de febrero de 2016, cuando el actor vivió la experiencia que le cambió su concepción sobre la vida. Cabalgaba en Cachagua junto a su yerno, el también actor y pareja de su hija Amparo, Marcelo Alonso, cuando una pequeña pendiente significó la dramática caída de su caballo. Si bien el animal salió ileso, su jinete se llevó la peor parte. Tito Noguera quedó postrado por semanas con una fractura en la segunda vértebra cervical, daño en los riñones, en la nariz y cuello. “Tuve que aprender a caminar, a comer, porque no le achuntaba con la cuchara a la boca, incluso a ir al baño… todo de nuevo. Fue un proceso largo”, recuerda el actor con algo de pesadumbre.

Pero gracias a su buena condición física —practica natación y bikram yoga— tuvo una recuperación inesperada, sorprendiendo a médicos y expertos. A los meses, volvió a las tablas a interpretar a sus personajes con la misma pasión de siempre y esto mismo fue el impulso que lo decidió a terminar de escribir la autobiografía que comenzó hace ya más de 10 años. En ella, relata los momentos más importantes de su vida, centrándose principalmente en su vocación artística. ¿Por qué terminé siendo actor? es la gran pregunta que Noguera responde en la novela que planea publicar este año.

“La idea es ir descubriendo cómo era yo cuando niño, adolescente y adulto. Qué me hacía diferente al resto, entenderme a mí mismo y descifrar por qué me dedico a esto, buscar los antecedentes en mis amigos, familia y en mi propia sensibilidad”, explica el artista.

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La autobiografía comienza narrando sus primeros años de vida y contando anécdotas tan crudas como fue la temprana pérdida de su padre o la muerte de una hija. “Yo tenía dos años y ocho meses cuando murió mi papá, y como no tenía hermanos fui un niño muy solo, por lo que siempre quise tener una familia grande”, relata. Propósito que casi se ve truncado tras el nacimiento de su tercera hija. “Sólo vivió pocas horas. Es algo que uno jamás puede superar, pero enseguida decidí que quería volver a intentarlo, tener más niños”, explica. Así se transformó en el padre de cinco hijos de dos matrimonios (María Amparo, María Piedad, Diego, Emilia y Damián), todos ligados al arte.

—¿Cómo es tu relación con ellos?

—Increíble, todos se dedicaron a cosas parecidas y eso me encanta. Quizá nunca fui un papá que llegaba a las 6 de la tarde a la casa, pero eso jamás implicó que no pasara tiempo con ellos, jamás fui un padre ausente. Y si mis hijos siguieron todos la misma profesión es porque la conocieron a través de mí, así que algo bueno les debo haber dejado. Al igual que Claudia, mi señora. Ella es maravillosa, porque no es fácil ser la jefa de una troupe de artistas. Pero ella la comanda muy bien, con mucha sabiduría.

—¿Cómo viviste la historia de Chile?

—Yo nací el año 1937, por lo que era un país muy diferente. Nacía la modernidad, llega Pedro Aguirre Cerda al poder, se establece el laicismo, la preocupación por la educación, la creación de los grandes movimientos artísticos, el coro. el ballet, el teatro… Todo eso yo lo viví e influyó en mi decisión para convertirme en actor. Al igual que la dictadura, que me tocó cuando yo tenía 30 años. La persecución, el miedo de perder los compañeros. Por ejemplo Víctor Jara, yo trabajaba con él y de un día para otro ya no lo ves más y cuando sabes algo, son horrores.

—¿Cómo reaccionó tu familia cuando decidiste ser actor?

—Muy mal en un comienzo. Para mi madre fue un problema, porque la familia también se le iba a lanzar a ella en contra, le dirían ‘a qué niñito estás educando’. Así que se manifestó muy en contra, pero más que por ella misma, era por esta presión familiar que la inmovilizaba.

Luego de un breve paso por la arquitectura, Héctor decidió arriesgarse y, pese a las críticas, entró a estudiar teatro en la Universidad Católica. Su participación en obras como Hamlet y teleseries icónicas como Sucupira (1996) y Machos (2003) lo transformaron en un ícono y galán de la televisión. A los 50 decidió crear el Teatro Camino, proyecto al que se ha dedicado con ahínco durante los últimos años. En la actualidad, prepara la obra El Padre, que en abril será estrenada en el Teatro UC y en junio en el Teatro Camino.

Protagonizada por Héctor y su hija Amparo, y dirigida por Marcelo Alonso, relata la pérdida de la realidad debido a la vejez. En julio, en tanto, dirigirá Jardín de Cerezos, que contará con cuatro funciones en el Teatro Municipal de Las Condes, al tiempo que planifica una gira por diversas ciudades de Chile mostrando el exitoso clásico adaptado a versión popular de Shakespeare, Sueño de una noche de verano.

—¿Te gustaría volver a las teleseries?

—Por el momento no lo considero, porque tengo tanto proyecto en el teatro que no lo he pensado. Estoy a cargo, además, de la Facultad de Artes de la Universidad Mayor, así que no me daría el tiempo. Pero me siento con fuerza y con muchas ganas por seguir. Continuamente se me ocurren nuevas ideas, pero mayormente en las tablas. En la medida en que he ido teniendo más años, pienso en proyectos a más largo plazo, ¡Es irónico!

—¿Es importante para ti cumplir 80?

—Sí. Todas las décadas son importantes, pero los 80 son más relevantes porque te viene la pregunta de si será la última década que cumples o podrás vivir otra más. Pero no me amargo, sino que me enorgullezco. Si bien para adelante se acorta el camino, si miro hacia atrás tengo más vida, más experiencia y eso es maravilloso.