Es un misterio. A sus 74 años Gloria Münchmeyer se las ingenia para irradiar energía, tener una memoria envidiable, un humor negro e inteligente, la mirada directa y brillante y entusiasmo de sobra para estar este año participando en cinco proyectos simultáneos: la teleserie de TVN, Matriarcas, donde interpreta a Isabelle, una mujer que tuvo un pasado aristocrático y que busca a sus supuestos 33 nietos; su rol en la película El Bosque de Karadima, en una breve pero contundente actuación como la influyente madre del párroco de El Bosque; el teaser de Doña Lucía, donde encarna a la mujer de Augusto Pinochet y está a la espera de encontrar financiamiento para convertirse en una serie o en una película; acaba de terminar la adaptación chilena de la serie de los ’80 Los años Dorados, la primera sitcom de UCV y donde será nada menos que la apasionada Blanche… La lista no termina ahí: hasta fines de abril está a teatro lleno en el GAM —junto a Bélgica Castro y Carmen Barros— con la obra El Marinero, de Fernando Pessoa.

Gloria llega al lugar de la entrevista con ese aire entre distraído y distante —inevitable pensar en la Vicky, el célebre personaje que interpretó junto a Rebeca Ghigliotto—, sin ni una gota de cansancio aunque con las mañas propias de quien es considerada una de las grandes divas de nuestra escena teatral; se aproxima al café donde la esperamos, a pocas cuadras de su casa, y no pasan ni diez minutos cuando —incómoda porque, según ella, el lugar empezó a llenarse— pide cambiar de mesa y luego, sin aguantarse más, parte a ver cómo está el local de al lado, donde penan las ánimas, pero que ella encuentra de más bajo perfil si se trata de dar una entrevista. Tampoco le gusta ver la carta — “nada peor”, comenta— y a cambio solicita que le dicten el menú; “quiero algo liviano pero no tanto, que sea dulce pero no un pastel”, dice y ordena un té. Todo con un cierto aire teatral, sin dejar de mencionar la palabra “mijita” en voz alta cada vez que llama a la garzona, mientras su celular vintage suena y suena sin parar porque Gloria, otra vez, está más vigente que nunca.

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Es entonces cuando revela su secreto de su entusiasmo y vitalidad: “¿Cuándo crees que me siento más feliz? ¿Cuando estoy en el campo mirando los árboles?, ¿cuando estoy en el mar?, ¿cuando veo a mis nietos? He llegado a la conclusión de que soy absolutamente feliz en el instante preciso en que estoy actuando; después puede pasar cualquier cosa, pero entonces tengo epifanías. No hay nada que lo reemplace”.

Por eso ahora ejerce su profesión de manera intensa. “Además que si uno no trabaja no gana plata, y si no gano plata, ¿cómo vivo? Ahora estoy en una teleserie, porque es el medio que nos permite pagar las cuentas”, dice Gloria quien ha actuado en al menos 35 producciones, la mayoría en el área dramática de Canal 13, en inolvidables telenovelas como La madrastra, Los títeres o Angel malo. En su registro ha sido mala, loca o aristócrata, entre una larga lista de personajes. Ahora, en Matriarcas de TVN, será la madre de Ximena Rivas (Letizia) y Claudia di Girolamo (Diana), con quien volverá a actuar después de treinta año desde el debut de Los títeres (1984).

Con todo, la televisión sigue siendo una necesidad cada vez menos culpable. “No le exijo nada porque sé dónde estoy, lo sé desde 1981; conozco bien el sistema y no tiene nada que ver con el teatro ni con el cine. Y la tele es bien difícil, porque es ejecutar, ejecutar, ejecutar; no se piensa, no se medita, no se cuestiona, no se revisa, no hay tiempo para preguntas raras. Por ejemplo, Isabella es la matriarca de un grupo de mujeres y anda en silla de ruedas, pero no porque esté coja ni porque no pueda caminar, sino porque le gusta nomás. Su silla de ruedas es un trono, un trono capitoné de terciopelo con dorado, y usa corona ¿por qué? no importa. En cambio en el teatro estamos hace meses hablando de la obra de Pessoa. Empezamos en octubre a leer y hablar, a discutir, con Alejandro Goic, que es nuestro director, con la Carmen Barros y la Bélgica Castro. Imagínate la riqueza de esas discusiones. O la película de Karadima, donde su madre fue una influencia potente para él. Parece que este cura no era muy brillante, de hecho, trabajaba en un banco. No quiero decir con esto que la gente que trabaja en un banco no sea brillante, pero no conozco ningún cajero que postule a obispo. Ella lo metió en la Iglesia porque encontró que tenía un poder de convicción, porque hablaba muy bien. Quería que hiciera una carrera, que fuera ascendiendo hasta llegar a cardenal. Entonces era un acicate muy fuerte. Vivía con él de hecho. Para ella su hijo siempre fue un niño”.

Su entusiasmo no para: “Y la interpretación  de la Lucía es inagotable; tiene muchas facetas. No puedes tratar de hacer un personaje si te pones a juzgarla; te alejas inmediatamente. Y en su biografía (de la periodista Alejandra Matus) está la clave. Fue la precipitadora del golpe, cuando Pinochet no se decidía. Entonces esa noche del diez de septiembre de 1973 ella lo lleva a la pieza de los nietos, quienes estaban durmiendo todos juntos y le dijo ‘hazlo por ellos, sálvales la vida a ellos, a Chile…’”.

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Gloria suspira: “Es un mundo tan rico el mío, todos deberían envidiarme”, admite muy seria, sin asomo de ironía.

Lo dice convencida aunque claramente el camino de las tablas nunca fue el más fácil. Transgresora y libertaria en una generación donde a las mujeres se las criaba para cuidar del hogar, saber tejer y bordar, desde niña supo que era distinta. Dedicarse a la actuación le significó cortar de raíz con todo su grupo social, ser la rara en una acomodada familia de Viña del Mar. Se casó con otro actor, Jorge Guerra, más tarde célebre por su personaje infantil, Pimpón; tuvieron dos hijos: Catalina y Jorge, pero los terminó criando sola luego de que su pareja partiera al exilio, a Cuba, donde se radicó durante largos años, poniendo abrupto fin al matrimonio. Por ese tiempo Gloria trabajaba en el Ictus; partía a los ensayos y dejaba a los niños con la empleada, si es que tenía una. Si no, se quedaban solos. “Pero eso no tiene ninguna novedad, fui una mujer como tantas”, dice la Münchmeyer bajándole el perfil. Aunque reconoce que se convirtió en una madre absorbente: “Mis niños eran mi único foco. Tenía muy claro que no podía criar a un gil ni a una zafada”.

Su maternidad estuvo marcada por la dictadura y la estrechez económica. Gloria trabajaba hasta tarde, recién se bajaba de las tablas a las nueve de la noche. “Siempre tuve una culpa espantosa de nunca poder ayudarlos a hacer las tareas ni de poder asistir jamás a una reunión de apoderados…”. No se olvida de que Catalina era una niñita y le escondía las cuentas para no verla tan nerviosa; “juraba que si no me llegaban, no se cobraban… Pero a pesar de las pellejerías, todo era tan maravilloso”.

Todas estas experiencias, asegura, reforzaron sus convicciones y su visión de nuestra sociedad: “Desde que los niños entran al jardín infantil les dicen que tienen que estudiar una carrera que dé plata; ¿qué haces cuando ejerces esa profesión?, ubicarte en los lugares que te vayan dando más dinero. Todo para subir más cerros en La Dehesa, para tener la casa más grande, para tener la mayor cantidad de autos. Las personas buscan sus objetivos a cualquier precio, por eso la descomposición moral ahora es tan fuerte”, dice a propósito de los escándalos de corrupción que se han conocido últimamente, y declara: “Me impresiona la hipocresía de la derecha chilena; se sorprenden y condenan el tráfico de influencias, la corrupción… ¡Qué carerajismo más grande! Si toda la vida lo han hecho; nacieron en ese paradigma. Desde que el niño es chico le dicen júntate con esa niñita y con ese niñito, con ese otro no. Muchos entran a trabajar gracias a un tío, un amigo, un padrino… ‘No te preocupes, yo conozco al gerente, déjamelo a mí’. ¡Todo eso es tráfico de influencia!”.

—Pero usted Gloria ha perseverado, ha ido contra el modelo. ¿A veces no se pregunta hasta cuándo va a ser capaz de seguir trabajando?

—Esa es una pregunta que no tengo derecho a hacerme si estoy trabajando al lado de la Bélgica Castro que va por los noventa y cinco años, y de la Carmen Barros que está regia a los noventa. Son un ejemplo para mí. Miro a la Bélgica y no lo puedo creer, me produce una emoción enorme verla.

—Y a futuro, ¿cómo se ve dentro de veinte años, cuando tenga la edad de Bélgica?

—Vivo el día a día. Ahora estoy haciendo esto, después será otra cosa. Este año lo tengo planificado, pero no tengo idea qué va a pasar el próximo. Obvio que me gustaría seguir actuando que es lo que me hace más feliz, pero si entonces ya no se puede, entonces bajo el telón.