Nunca fui detractor de la farándula, ni la satanicé, pero para hacer una ópera sobre ella, tuvimos que empezar a verla con otros ojos, tomar apuntes, identificar códigos, vimos mucha, mucha tele…”, dice Sebastián Errázuriz (38), tras el primer ensayo con público de Gloria. La tarea no fue fácil. Tras tres postulaciones al Fondart, el compositor y director concluyó con 500 páginas de partituras y librillos para todo su equipo.

El público observa con una mezcla de entusiasmo y extrañeza el espectáculo, pero cualquier duda se va disipando entre risas y aplausos en la hora y 40 minutos que dura la obra, bajo la batuta del creador de Viento blanco —la aplaudida y polémica ópera sobre la tragedia de Antuco— y la régie scène (dirección de actores) de María Izquierdo.

Gloria hace brotar todo el imaginario colectivo de ese monstruo de mil cabezas que es la farándula nacional. Una bestia amada y seguida por millones de telespectadores, que experimentan como propios los dramas de futbolistas farreros con chicas de discoteca, bajo la atenta mirada de un nuevo tribunal de la inquisición, compuesto por una fauna de opinólogos y panelistas inescrupulosos, conductores arribistas y el escándalo de la semana garantizado.

El set del imaginario SDQ (Se dice qué) se parece mucho al familiar Primer Plano y en él, la invitada estrella es Gloria del Canto (la mezzosoprano Constanza Dörr) quien regresa al país luego de 20 años de una exitosa carrera como actriz, que la tuvo trabajando con Robert de Niro y Brad Pitt. Lo cierto es que en el programa les interesa poco su trayectoria y aparte de reencontrarse con un viejo amor de juventud —el conductor del programa—, una aplanadora de cahuines y sorpresas malintencionadas van levantando el rating del estelar, a costa de la frágil vida privada de Gloria.

Con la dirección de arte de Cristián Reyes (Teatro Cinema y Sin Sangre), los libretos de Felipe Ossandón y las coreografías de Francisca Sazié, la ópera estará hasta el 16 de abril en el GAM. Si todo anda bien, la pieza debería itinerar, con una escenografía portátil y una orquesta de cámara de 11 músicos.
“Vi farándula todo un semestre, anotando las historias de Tanza Varela, las frases hechas para entender cómo funciona eso… Había que tomárselo en serio y dar una mirada con tono de comedia, de reírse de los clichés y del descalce de escuchar ese lugar común cantado por una mezzosoprano, eso es muy freak…”, dice.
—¿Por qué componer ópera en Chile?
—Porque me fascina… Es un trabajo titánico, pero muy gratificante. Además, es el espacio musical donde me formé y siento que le falta algo. Si bien es un desafío escribir para una orquesta sinfónica o de cámara, trabajar con cantantes, dramaturgos, puesta en escena. ¡Está todo vivo! Y cada vez es muy diferente. La música como concierto es más estática: las partituras y sólo algunas variantes, pero acá hay una adrenalina muy fuerte…
—Ver farándula hoy puede ser como ir a la ópera hace 200 años…
—Claro, está ese análisis. ¿Cuál es el rol social que cumplía la ópera en el siglo XVIII?: Entretener de manera simple, con entradas baratas. Entonces uno se pregunta quién cumple hoy ese rol: el cine y la TV, y dentro de ésta, estos programas son los que lideran. Si bien pareciera bastante sacrílego. ¡Oh, estos chiflados hicieron una ópera de farándula! ¡No, es súper tradicional! Al decidir hacer una ópera que sucede en un set de televisión, en un programa de farándula, no estamos descubriendo nada, sino que volviendo a las raíces, al origen… La flauta mágica de Mozart se estrenó en un teatro popular, Rossini es un compositor pop…
—Viento blanco también era contingente. Ahora vuelves a tomar un tema de actualidad…
—Más que lo que suceda en el mundo del arte, que es para eruditos, para los colegas, me interesa llegar a esas personas y al mismo tiempo con alguien que ve por primera vez canto lírico actuado y que también se divierta. Ese es el desafío: hacer un discurso que funcione en varias capas…
—¿Cómo se atrapa a un público que en general desconoce cómo funciona la ópera?
—De eso se trata esta apuesta. La respuesta la tendremos al final de las doce funciones. De ahí para adelante depende de nosotros itinerar, que nos interesa mucho y fue uno de los requisitos que le pedimos al diseño: todo tiene que ser portátil.
—¿Cómo suena el mundo de la farándula en tu cabeza y partitura?
—Es bien básico… Todos estos programas tienen una musicalización muy burda, que refleja un nivel precario de pensamiento. Por eso la idea fue sublimar los ¡Chan!  Eso está presente acá con lo más simple que puede ocurrir en la música, que son los unísonos. También hay algo de un funk medio trucho, una cosa pop media tiesa, acartonada. Fue súper deliberado observar eso y ponerlo.
María Izquierdo llega a la conversación contenta con este approach con el público. Le preguntamos si en su rol de régie scène usó guiños a Primer Plano, el programa emblema de la farándula nacional. “Si, fue un referente, pero acá hay música y mucha hermosura. Usar un programa de farándula como tema para una ópera tiene que ver con que la gente venga, se identifique y sienta cerca”, explica.
—Gloria tiene algo de comedia negra…
—Es el género que elegimos. Nos planteamos como tema subyacente el exitismo versus la calidad y Gloria representa el rigor, el esfuerzo…
—La ópera siempre trató de ser un espejo de la sociedad. ¿Qué nos muestra Gloria de lo que pasa hoy en Chile?
—Los que trabajan en el mundo de la farándula son seres humanos a los que nosotros vemos con mucho respeto, no los juzgamos, pero están exponiéndose a una moledora de carne muy dramática y que puede llegar a ser trágica incluso. Nosotros, con el concepto de comedia negra, estamos mostrando eso.

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