En el lobby del Centro Cultural Recoleta no hay una fila de ingreso ni estado de solemnidad. Hay una barra con cervezas, vodka y fernet, música electrónica y muchas personas conversando animadamente. Fuerzabruta es ya un destino turístico en Buenos Aires y todos saben que durante la próxima hora estarán saltando, gritando, bailando, aplaudiendo, recibiendo agua y papeles elevados por el viento en ese teatro de 20 x 40 y de 10 metros de altura —sin escenario ni butacas— que empieza a abrir sus puertas.

Un primer movimiento de los técnicos, que hacen un camino entre el público, avisa el inicio del espectáculo. Entra una plataforma de dos metros de altura con una huincha de máquina trotadora. Sobre las cabezas se ve un hombre vestido de blanco, algo agobiado, que simplemente corre. Otros actores aparecen estáticos en su horizonte. Caen, suben, caen. Lo mismo ocurre con unas sillas y mesas que el corredor intenta ordenar antes de que vuelvan a caer una y otra vez.

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La música electrónica se acelera. El hombre está agotado, choca con muros y recibe disparos que ensangrientan su camisa, pero se levanta y vuelve a la carrera. Finalmente descansa en una cama mientras dos pequeñas actrices corren horizontalmente a 10 metros de altura por una cortina de mylar. Con cada escena el caos se apoderará del espacio y el público se va involucrando hasta entrar en una euforia colectiva guiada por actores, actrices y técnicos que no dicen una sola palabra.

Así es el espectáculo homónimo de Fuerzabruta que DG Medios trae a Chile entre el martes 29 de abril y el domingo 18 de mayo, a las 20:30 horas, al estacionamiento del Parque Arauco. Se trata de un show que deja traslucir el artificio en el trabajo conjunto entre actores, técnicos, operadores, para entregar un resultado sencillo, pero de alto calibre onírico.

“Hacemos teatro rescatando lo primitivo, un teatro que tiene sus orígenes en el carnaval, pero hecho con la tecnología que disponemos hoy. Fuerzabruta es antes de la palabra, antes del pensamiento, es esa locura extrema de las emociones. Decidimos salir del teatro convencional, de ese lugar para gente preparada, para que cualquiera pueda disfrutarlo”, cuenta el director Diqui James.

Fuerzabruta (2005) es el primer espectáculo de la compañía formada en 2003 por el propio James junto a Gabriel Kerpel (compositor que se mueve naturalmente entre la electrónica y la percusión), quienes sumaron rápidamente a Alejandro García (dirección técnica) y Fabio D´Aquila (coordinación general), dos de sus ex colaboradores en la compañía De La Guarda.

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Mucho del show de Fuerzabruta viene de la búsqueda que iniciaran con ese mítico grupo musical formado por gente venida también de la danza, la acrobacia y el andinismo. En los años noventa De La Guarda renovó la escena trasandina con su primer disco, producido nada menos que por Gustavo Santaolalla, y con potentes shows en vivo, iniciando un camino masivo en el festival multimedia desarrollado en el Estadio Maracaná de Río de Janeiro ante 40 mil espectadores en 1994.

Sin embargo no se trata del mismo espectáculo que estrenaron en 2005. Aunque conserva el sello intenso, interactivo y onírico que remeció la cartelera bonaerense, la que llega a Chile es una versión que ha ido evolucionando en el tiempo al igual que las motivaciones de sus fundadores, quienes han desplegado su imaginación y experiencia en espectáculos masivos creados a la medida de grandiosas celebraciones como el desfile en el Bicentenario de Argentina.

Es un espectáculo depurado por los años y sus giras por Europa y Estados Unidos. De hecho, este año tendrá cuatro compañías girando al mismo tiempo, en la cuerda de lo que hacen grupos como Mayumana y Stomp. Tan conocida es Fuerzabruta en el mundo que el cantante Usher los eligió para lanzar el disco Looking for myself en 2012 y por eso Chile es, lo saben, una deuda que saldarán.

“Wayra, que sigue soplando, wayra, que sigue cantando, wayra será, wayra será”. El único texto del show, con la palabra quechua que denomina al viento, es una canción con tambores que los mismos actores ejecutan para abrir la segunda parte, luego de un intermedio de diez minutos con Dj Zuker. La murga, con saltos, zapateos y gritos, crea un ambiente tribal perfecto para que los actores involucren al público entre cartones y papeles esparcidos por el viento de los ventiladores.

En Fuerzabruta no hay historias. Los primeros que lo saben son los miembros del elenco. “Con los actores trabajamos de una manera salvaje: no les damos ninguna explicación hasta último momento. Sacamos la cabeza y trabajamos lo físico y las emociones, para que luego transmitan esa libertad y esa potencia sin perder el control”, cuenta el director.

Diqui no busca en sus actores la destreza circense, sino la expresividad que requiere un teatro que le habla al público con el cuerpo.

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“El público forma parte del show, aunque no quiera. No es que los obliguemos a participar, lo hace el que quiere. Es como presenciar un accidente y decidir si ayudas o te vas a tu casa, pero eso te sucedió igual. Queremos generar la sensación de que estás en un lugar caliente pero tú decides si participas. Te vas a mojar sólo si quieres mojarte”, advierte.

A propósito de agua. Una de las escenas más impresionantes es una piscina de 8×13 metros, de una tonelada de peso y con 500 litros de agua, donde cinco bailarinas hacen juguetonas coreografías. El cubículo transparente funciona con cuatro motores que lo levantan y bajan hasta llegar al público. La actriz Paula Mariño “nada” en ciertas funciones y aunque llegó hace seis meses, ya maneja todos los roles del espectáculo. “Una da mucha energía, pero también recibe mucha energía del público. Una se tiene que adaptar y responder a la manera en que reaccionan a tanto estímulo”.

Toda la poesía y la precisión de Fuerzabruta no está dada por el azar. Es un caos controlado, creado por técnicos que manipulan los mecanismos, guían al público y desplazan los dispositivos por líneas, circunferencias y equis marcadas en el piso. Una arquitectura de los sueños construida de frente al público.

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“No escondemos el artificio, por eso que no hay artificio. Todo lo que sucede es real, no existe el decorado del teatro. La acción es real y todo forma parte de la acción, incluyendo a los técnicos y lo que hacen. Ver al actor corriendo, al técnico empujando y a otro tirándole agua, forma parte de la poética de Fuerzabruta”, dice Diqui James.

La seguridad es clave, el capital de la compañía. Fuerzabruta no registra accidentes, salvo uno menor con consecuencias leves en Londres. Fidel Martínez es uno de los encargados de mantener a ralla los riesgos.

“Vengo de la escalada, donde las presiones son para uno mismo. La presión aquí está en que todo salga perfecto. Antes de cada función hay pruebas mecánicas y chequeo de cuerdas y arneses. La piscina, por ejemplo, está sobredimensionada para que resista mucho más de lo que la usamos y las cuerdas son de alta resistencia”, explica.

Es el punto final de un trabajo creativo que recién sale del papel cuando los ingenieros y calculistas le cuentan a Diqui James si sus sueños son posibles de realizar y él empieza a buscar los materiales que resistan y a entender cómo funcionan, para llevar a la realidad un estilo único de teatro, fronterizo entre la performance, la música, el teatro de calle, la danza y los dispositivos multimedia.

“Hay que tener mucha paciencia y hay que sostener estas ideas por años para lograrlo. El corredor demoró tres años en ser realidad y la piscina fue un desafío impresionante. Nos rompemos el alma para hacer algo que quizá no sirve para nada, porque el teatro no sirve para nada si no te emociona. Por eso ver toda esta gente trabajando para lograr una sola acción poética es tan emocionante”.