Dos han sido los grandes descubrimientos que el francés Frédéric Chambert, director del Teatro Municipal, ha hecho en estos dos años y seis meses que lleva viviendo en Chile. Si bien conocía la obra de Violeta Parra, jamás había leído una línea de Nicanor. La modernidad bruta y violenta que destila su poesía lo maravilló. “Además de ser brillante, abre nuevos caminos para el arte poético”, dice. El otro hallazgo también es literario: Hernán Rivera Letelier. Para Chambert, el autor de Fatamorgana de amor con banda de música, ha inventado una retórica y un estilo únicos. “Uno siempre cita a Marcel Proust para referir esas frases que pueden extenderse por tres páginas. Pero en el caso de Rivera Letelier, estas pueden abarcar el capítulo entero, siendo su prosa tan directa como sensual”, explica.

El deslumbramiento con el escritor nortino y una suma de coincidencias han terminado por incluir la narrativa de Rivera Letelier dentro de la temporada 2018 del Teatro Municipal —la primera diseñada íntegramente por el francés—. A Chambert la cara se le ilumina cuando habla de la ópera escrita precisamente a partir de dos novelas del best-seller nacional: El arte de la resurrección
y La reina Isabel cantaba rancheras. Sonríe, solazado, cuando explica cómo fue que después de cincuenta años, el Teatro Municipal volvió a ofrecer, en plan de estreno mundial, una ópera ciento por ciento chilena que se incluye en la temporada de abonos del teatro.

Es que El Cristo de Elqui —que se presentará entre el 9 y el 16 de junio— rescata la voz del desierto y de las pampas nortinas, visitando rancheras y boleros que unen a mineros, prostitutas, sacerdotes y elegidos, que tuvo en la obra de Rivera Letelier el punto de partida para el trabajo colaborativo que hicieron el compositor Miguel Farías y el sociólogo Alberto Mayol.

“Cuando comencé a investigar sobre los compositores chilenos, llegué rápidamente al nombre de Miguel Farías. Un día él me contactó porque quería presentarme un proyecto que aún no había escrito. Por esos azares de la vida, yo acababa de ver una obra de TeatroCinema, La contadora de películas. Saliendo del teatro fui a una librería a comprar la novela de Rivera Letelier en la que se basó (Juan Carlos) Zagal para crear el montaje. La leí y fue un shock. Era algo distinto a todo lo que había leído. Esas frases infinitas construían una experiencia vívida que daba cuenta de la aspereza de la existencia. Precisamente el proyecto que me presentó Farías un par de días después estaba basado en la obra del mismo Rivera Letelier”.

De ahí en más, hubo un trabajo de casi dos años para dar con el texto final. En ese tiempo, Chambert se involucró en largas y profundas conversaciones con Mayol respecto de la teatralidad del texto, del entretenimiento que tenía que ofrecer el espectáculo, del carácter rítmico de la escritura. “Debo reconocer que Mayol fue de una sencillez y humildad gigantes. Hizo todo lo que pedí. Desde reorganizar la escritura hasta limpiarla de adjetivos, porque en ópera la adjetivación sobra cuando tienes 80 instrumentos. El y Farías me miraban con cierta incredulidad, lo mismo que cuando les dije que pasaran todo el texto a versos. Pero finalmente lo hicieron. Luego, cuando propuse el nombre de Jorge Lavelli como régie, Miguel dijo que sería como tener a Maradona en un equipo de fútbol. La comparación le hizo mucha gracia a Lavelli, quien aceptó feliz el desafío”.

La programación de El Cristo de Elqui es una forma de apoyar la creación local y también, en cierto modo, de acercar la ópera a la gente. En ese sentido, la programación operática 2018 del Municipal ofrece una cercanía que quizá las temporadas anteriores no habían alcanzado. Si bien Lulú —otro de los hitos de la cartelera anual— fue montada por primera vez en 1937, es otra pieza que pareciera estar hecha a la medida de la sociedad chilena. Escrita por Alban Berg y calificada por el propio Chambert como la primera ópera feminista, será estrenada en agosto en medio de una efervescencia pocas veces vista en la historia del país que reivindica los derechos de la mujer.

Si bien “Lulú” fue programada hace dos años, obedeciendo a la importancia capital que tiene por haber modificado la forma de concebir la ópera, Chambert se alegra de que interactúe con la realidad social contingente. “Lulú aborda el tema de la sexualidad femenina a través de la historia de una mujer libre que pasa por distintos estados: desde esposa legítima de un señor burgués hasta prostituta de lujo. Fue y sigue siendo una obra polémica, política como todas las óperas que permanecen en el tiempo. Ocurre con Rigoletto, con Simón Boccanegra, con La Traviata, que la gente toma como un divertimento, pero es tremendamente política. Por algo, cuando Garibaldi funda el Estado Italiano unificando las provincias el pueblo escribía en las paredes: VERDI. ¿Por qué VERDI? Porque significa “Víctor Emmanuel Rey De Italia”. Tomaron el apellido de Verdi como anagrama de una causa política. Si no hubieran sentido la obra de Verdi cercana, ¿crees que lo habrían hecho? Por lo mismo, si el pueblo se apropiaba de un autor en el siglo XIX, cuando había mucho menos acceso a la cultura que hoy, ¿por qué no podríamos aspirar a lo mismo en nuestros días?

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La pregunta de Chambert no es caprichosa. Una de sus banderas, desde que asumió oficialmente el cargo de director del Teatro Municipal —el 7 de julio de 2016—, es: “El Teatro para todos”. O en palabras de Jean Vilar, actor y director, fundador del Festival de Avignon, a quien Chambert cita: “Elitismo para todos”.

“El acercar el teatro a la gente debe ser una constante. Y en ese plan es vital que el público se sienta cómodo con los códigos del espectáculo. Debe entender que a una ópera puede llegar en smoking o en shorts. Desde este punto de vista, para mí el ideal es lo que pasa en el Covent Garden, en Londres. Un domingo por la tarde puedes encontrar a un par de señores elegantísimos y al lado una pareja de muchachos de 30 años que estuvieron haciendo running todo el día, apenas tuvieron tiempo de ducharse y llegan a la ópera con la misma ropa que corrieron”, explica Chambert.

La idea del teatro para todos parece estar calando en la gente. Hace unos días, específicamente la noche del estreno de Romeo y Julieta, el 32% del público asistente tenía menos de 35 años, y de ese grupo, un 19% no superaba los 25 años. “Y claramente cuando tienes 35 tú no formas parte de la elite, mucho menos si aún no cumples los 25”, sostiene Chambert.

Sin duda que una de las tareas más complejas que ha debido afrontar tiene que ver con la modernización del teatro, lo que ha generado conflictos con un sector de los trabajadores: “El Teatro Municipal vive desde hace años un equilibrio precario que no puede mantenerse en el tiempo. Para hacer posible el proyecto artístico debes tener un approach de empresa tanto en los procesos de fabricación, en la optimización de los costos de producción, en el desarrollo de las políticas comerciales. Y no es una grosería decirlo”.

Chambert habla de una gran reforma que aborde una reestructuración de la forma de trabajar. Algo que, en sus palabras, la mayoría del personal del teatro —los coros, el ballet, los talleres de construcción— entiende. La resistencia pasa por los trabajadores encargados del vestuario y del escenario que estarían empeñados en mantener el sistema con el que vienen laborando desde hace treinta años. “Es cierto que lo vienen haciendo de un determinado modo desde hace tiempo, pero ya llegaste a un límite. De aquí en más, necesitas otra forma”, dice Chambert.

La conversación sigue. Frédéric vuelve sobre Parra y Rivera Letelier. Habla con propiedad de Richard Strauss, de los surrealistas, de André Breton. Unos y otros, a su manera, militantes de los cambios profundos, el club en el que le gusta jugar a Chambert.