Soledad Lagos (dramaturgista) y Marco Antonio Espinoza (director), estaban recién estrenando el musical Piaf cuando su productor, Francisco Olavarría, les presentó un siguiente desafío: traer Luces de la ciudad, la clásica película de Charles Chaplin estrenada en 1931, al teatro chileno.
El riesgo era muy grande. No sólo por tratar de interpretar genuinamente a un genio, como el equipo considera a Chaplin, sino también por el traspaso de lenguajes, del cine mudo al teatro.Es la primera vez que se hace en el mundo. Sólo se ha realizado un musical sobre la vida de Chaplin que se estrenará pronto en Broadway.

Lagos, que cuenta con años de investigación, trabajó en teatro y traducción, y es considerada la primera dramaturgista chilena —término alemán utilizado para quienes no sólo crean la obra sino que se involucran en todo el proceso—, se lanzó a la tarea con esmero.
Transcribió cuadro por cuadro la película. Como la cinta es muda esto significó anotar lo que pasa en cada escena de manera rigurosa, pero usando palabras propias. Esa fue la primera traducción.
En ese proceso decidió que lo que quería evidenciar en toda la obra era la nobleza del protagonista, en el contexto de una ciudad moderna donde el progreso técnico cambia el comportamiento de las personas y su escala de valores.

EN LA PELÍCULA, CHARLOT, UN VAGABUNDO DE TRAJE NEGRO, zapatos enormes, sombrero, bigote y bastón interpretado por Chaplin, parte convenciendo a un millonario que no salte al río.
“¡Se valiente! ¡enfrenta la vida!”, lo increpa. Más tarde, se conmueve con una florista ciega y decide juntar dinero para su operación, incluso trabaja en un ring de boxeo.
“Tiene un alma noble y buena que es capaz de transformar a su entorno a pesar de que él mismo está en grandes problemas, por puro amor a la humanidad”, explica Lagos.
Para Marco Antonio Espinoza, esta obra también representa un enorme desafío en lo personal porque es la primera vez que trabaja en una pieza donde no hay palabras.
“La formación teatral en Chile está vinculada al teatro de texto.
Por lo tanto, y a pesar de que todos los actores han tenido clases de movimiento, es distinto usar el cuerpo como único lenguaje. Hay que lograr expresar más allá del silencio, de la palabra… Hacer de cada expresión un lenguaje propio”.
Ornella De la Vega, asesora corporal, ha sido parte fundamental en esta segunda traducción de lenguajes. Explica que ha trabajado con la base de la pantomima, o mímica, fusionando la línea de Étienne Decroux con la de Marcel Marceau. A esto le ha agregado técnicas de improvisación que aprendió en la India, como el cuerpo extrañado o extra-cotidiano o la disociación, para lograr trabajar el cuerpo de manera literal, y no abstracta como en la danza.
“Trabajamos con ritmos, gestos. Como no está el texto, es el cuerpo el encargado de expresar todo, entonces cada movimiento es algo, dice algo”, explica De la Vega.
El elenco está conformado por Gonzalo Muñoz Lerner, Dayana Amigo, María Gracia Omegna, Cristián Gajardo, Gabriel Urzúa y Karin Ahlström, además de Martín de la Parra que desde el primer ensayo ha estado tocando el piano en vivo.

PARA LOS ACTORES, EL DESAFÍO TAMBIÉN HA SIDO ENORME. Gonzalo Muñoz, Charlot en la obra, reconoce que se enfrentó al encargo con miedo, no sólo por tener que interpretar a un ícono, sino porque se cuestionaba cuál era el aporte de hacerlo si ya existía la película. “Pero Marco y Sole me dieron cosas concretas que me permitieron aceptarlo como un desafío muy interesante y político”.
Dayana Amigo, que interpreta a la florista ciega agrega: “Es algo muy distinto a lo que se ha hecho en teatro. Una obra muda es algo muy ajeno. Y hacer Chaplin es muy arriesgado porque es lo más grande que hay. Pero creo que será un acierto. La gente que lo vaya a ver va a salir con un poco de lo que era Chaplin en el cuerpo y eso se va a ver en el montaje”.
La puesta en escena incluye referencias cinematográficas como proyecciones de texto e imagen y se vincula al cine mudo usando un vestuario (Chino González) y diseño escenográfico (Koke Velis) que utiliza el negro, el blanco y una amplia tonalidad de grises.
Quizás el último desafío, aunque ya lo habían enfrentado con Piaf, es presentar la obra en el Teatro Mori del Parque Arauco y apegarse a uno de los lemas del productor que es hacer teatro para un público no teatral. Esto gracias a que el montaje es financiado por Cruz Blanca.