De breves vacaciones en Santiago, como si fuera una rápida ave migratoria, lo encontramos. César Morales, ahora primera figura del Birmingham Royal Ballet, voló de Londres a Chile para ver a su familia. “Hace un año que no los veía”, dice mientras enumera las presentaciones de su compañía en una de las giras más intensas que recuerda. Unos días en Nueva York para despertar después en Tokio. La larga temporada de Romeo y Julieta, con la exigente coreografía de Kenneth MacMillan, no logra persuadirlo para tomar un descanso más largo. Le gusta, por fin, su nuevo hogar. Se acaba de comprar una propiedad de estilo victoriano en Birmingham, un lugar que llegó de sorpresa a su vida. “Siempre había ahorrado y no sabía para qué. Llevaba 13 años trabajando en esta ciudad, la vida se pasa volando”, prosigue con una voz que ya aparece acostumbrada al acento británico.

“Llegué a esa casa acompañando a una amigo. La vi y me enamoré. Es muy linda, ahora quiero hacerle cambios, recuperarla”, relata el bailarín que a los once años comenzó su entrenamiento en el Teatro Municipal sin el permiso de sus papás, que luego partió a Houston con una beca y que ha sido estrella en escenarios como el Royal Albert Hall, el Nacional de Tokio, además de Madrid, Taipei y Edimburgo. En Chile, los premios Altazor y del Círculo de la Crítica lo han puesto en un podio excepcional que él acepta con humildad. Mientras visita el Teatro Oriente, donde presentará el pas de deux del dormitorio de Manon junto a Natalia Berríos, en la segunda gala de Ballet de Providencia el próximo 30 y 31 de agosto 2018, toma con tranquilidad las palabras que la crítica inglesa tiene para él: “Un bailarín clásico de estilo ejemplar con un gran entendimiento y única sensibilidad en roles dramáticos”.

Llegó siendo un niño a Quinta Normal desde Rancagua. La danza era algo lejano. “En mi familia hay de todos los oficios, mi padre es carnicero, pero nadie relacionado con el arte. Me acuerdo que tenía un delantal y jugaba ayudando a mi padre. Pero la verdad no sé nada de cortes ni cuchillos”.

—¿Qué le dijeron sus padres cuando les contó que quería ser bailarín?

—No sabían lo que era, había miedo en torno a lo que iba a hacer. “¿Estás seguro? ¿Crees que podrás vivir de eso?”, insistían. Finalmente tenía once años cuando tomé la decisión, obviamente había preocupación. Era un niño y eso en Chile no era normal. Creo que esa inseguridad también tiene que ver con una realidad de Latinoamérica, donde no hay posibilidades como en Europa. Allá casi todas las ciudades tienen dos o más compañías. Aquí en todo Chile apenas hay dos, lo que es muy poco para un gran número de bailarines.

—¿Y cuándo fue ese momento personal en que dijo esto es lo mío?

—Yo cantaba en el coro del colegio, en Quinta Normal. Una vez nos llevaron al Teatro Municipal al ciclo Crecer cantando. Tenía nueve años y vi Anna Karenina. Me quedé soñando, lo vi como algo irreal, donde todo era bello. Llegué a mi casa y me puse a improvisar pasos, inventaba. Fue cuando le dije a mi hermana mayor que me acompañara a una audición a la escuela. Se presentó como mi apoderada a escondidas de mis papás y firmó los papeles. Me acuerdo que me pidieron que saltara al ritmo de la música y los examinadores me dijeron stop, que parara.

—¿Por qué?

—Porque según ellos yo ya sabía bailar, porfiaban en que había estudiado, que estaba haciendo un correcto changement de pieds, un paso que yo nunca había visto. Cuando me becaron recién les avisé a mis padres. Tampoco estaban tan convencidos, me dijeron que sería algo pasajero, que seguramente en dos semanas más se me iba a olvidar todo, que era un capricho. Ahora ellos tienen sus paredes llenas de fotos mías. Están muy orgullosos. No renunció, hizo el colegio de noche y a los quince años ya firmaba su primer contrato para Houston. En ese período, la figura del bailarín, director y coreógrafo Ivan Nagy fue fundamental en su carrera.

“Creyó absolutamente en mí. Nunca olvidaré cuando corría a mi lado para lograr los movimientos perfectos. Me enseñó el rigor, la disciplina, a trabajar y ensayar solo. Siento que todavía sigue corriendo a mi lado”. Fue la época en que hizo su primer Lago de los cisnes junto a Natalia Berríos, con quien bailará en agosto en Providencia. “Es una pieza a la que le tengo mucho cariño, porque tiene que ver con mi vida”.

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De ahí partió a NY para ganar una medalla de oro, vivió un año en Francia, luego Praga y Eslovenia hasta que llegó a Londres y después al Birmingham Ballet.

—¿Le hizo falta la familia en ese proceso de crecimiento?

—Sí, hay momentos en que uno realmente la necesita. Una vez pasé la Navidad solo en Praga. Era yo y un quequito en la mesa, era mi cena. Me acuerdo que estaba invitado a bailar a esa ciudad y después de la presentación todos se fueron a sus casas. Se olvidaron de mí. No me quedó otra opción que ir a un teléfono público para llamar a mi familia.

—Rudo para alguien que está empezando su vida, ¿no?

—Sí. En ese sentido sé que me salté una etapa. Trabajé desde niño muy seriamente y de ahí nunca más paré. Pero no me quejo, tal vez si no hubiera sido de esa forma no habría llegado a nada. Uno se acostumbra a tener amigos y gente que va tomando otros caminos, otros rumbos.

—Este reencuentro con Natalia será emotivo entonces.

—Será un gran reencuentro. Admiro su trabajo, la quiero mucho, sé cuando se pone nerviosa y cuando está segura. Ella no es de esas personas de hacer por hacer.

—¿Cuál será la sorpresa?

—Lo estamos viendo. Una cosa que se puede adelantar es que habrá un pas de deux, del Manon de MacMillan. Es el ballet favorito del público inglés, junto a Romeo y Julieta. Me gusta porque el rol masculino es muy importante, todo gira alrededor del camino que toma. Tiene interpretación, mucha emoción.

—¿Cómo le gustaría seguir su carrera?

—Bailando, que la gente me recuerde bien. Y al final transmitir todo lo que he aprendido. Lo mío es el trabajo en el estudio, algo que en estos tiempos se hace difícil porque el ballet casi todo el tiempo es funciones y más funciones.

—¿Cómo ve la escena nacional desde lejos?

—No puedo decir mucho, porque estoy muy poco. Casi no conozco a los nuevos. Pero sí confirmo que nos hace ser un poco más nacionalistas en el buen sentido. Tener más confianza en nuestros artistas. Es triste darse cuenta de que la gente prefiere ir a ver a una compañía rusa que a sus propios bailarines. Los artistas necesitan sentir que su gente está con ellos, desde lo más sensible.