Con una vista privilegiada al cerro Santa Lucía, el departamento es una mezcla de recuerdos y días agitados. En las paredes, cientos de cuadros y fotos de montajes de toda una vida. En la mesa y en el escritorio, libretos con correcciones que ambos memorizan como ‘loros’, además de bosquejos del vestuario de la próxima obra que Alejandro estrena como director en junio en el teatro de la Universidad Finis Terrae.

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Mientras Bélgica nos dice que le llevemos de regalo un nuevo gatito, ‘porque traen buena suerte’, confía en que eso de ‘las siete vidas’ es algo que parece trasladarse a la dimensión de los humanos. Lo cree por tantas cosas: como por ejemplo, cuando sintió que corría peligro viviendo en Chile después del golpe de 1973. En ese momento, junto a Alejandro y compañeros como Víctor Jara y Tomás Vidiella, querían reponer La dama boba, un clásico de Lope de Vega escrito en el Siglo de Oro español. Además de La virgen del puño cerrado a cargo de Víctor Jara, pero nunca pudo estrenarse. “La obra quedó inconclusa por los feroces acontecimientos que vinieron después… Al tiempo partimos exiliados a Costa Rica, donde pudimos presentar muchos montajes que quedaron paralizados en Chile con el nombre de Teatro del Angel”.

Sentados alrededor de una mesa de roble tallada, Bélgica se concentra y recapitula los momentos previos a la desaparición de Jara, la detención en el estadio Chile e inmediatamente la confirmación de que había sido ejecutado y severamente torturado. La actriz rompe en lágrimas y es Alejandro quien le aconseja que no siga hablando de eso, que le hace mal, que mejor es recordar los buenos momentos vividos junto a Víctor, de cuando se escondía en los camarines, de las canciones que improvisaba que sacaban carcajadas y de lo tanto que le gustaba disfrazarse.

Bélgica nuevamente esboza una sonrisa y confiesa que todavía no puede creer que presentarán en Chile esa obra que todos ensayaron con tanto cariño hace más de cuarenta años.

Bélgica nuevamente esboza una sonrisa y confiesa que todavía no puede creer que presentarán en Chile esa obra que todos ensayaron con tanto cariño hace más de cuarenta años. Alejandro revela: “Ahora seré yo quien estará en la dirección: se mantiene el tono de comedia, pero también el argumento en verso”. La obra trata de dos hermanas: una linda, pero tonta. La otra fea, aunque inteligente. “Pero el amor salva a la primera, el verso la transforma…”, dice el dramaturgo.

Como pareja no pierden la cuenta de todos los años que llevan juntos. Casi sesenta, sin contar cuando se conocieron en la Universidad. Bélgica era la profesora y Alejandro un alumno más. Los dos tenían una misma pasión y distintas historias hacia atrás. Ella había llegado desde el sur para estudiar castellano en la Universidad de Chile, pero pronto se dio cuenta de que le llamaba la atención el mundo de las tablas y decidió ingresar al Teatro Experimental. “Mis padres en Concepción eran los típicos españoles testarudos y dominantes, rectos a más no poder. Jamás me dejaron ir a un cumpleaños ni a una fiesta. Todo el día había que leer y leer. Mi mayor diversión era ir al cine, me parecía que participaba de un acto de magia”, cuenta mientras ofrece té en medio de la entrevista.
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Cuando llegó a Santiago, admite que se sintió deslumbrada. Todo le parecía ‘sofisticado, brillante’. Las vueltas de la vida. “Ahora estoy convencida de que me gusta el pavimento y las grandes capitales”.
Alejandro, que tiene 78 años, recuerda que él venía de estudiar arquitectura y que, de pronto, se dio cuenta de que lo suyo era el teatro. Cuando entró a la Universidad de Chile, Bélgica era la profesora más joven. “Eran enormes salas, con grupos excesivos de estudiantes”. Fue en los pasillos atiborrados donde cruzaron miradas, pero no más. Ella, al poco tiempo, partió a Uruguay y también a Londres para grabar radioteatros y obviamente dejaron de verse. Bélgica agrega: “En esa época se creía que los actores chilenos teníamos un acento neutro”.

Me enamoré de Bélgica cuando la vi en el Teatro Municipal interpretando una pieza de Chéjov. Algo extraño pasó.

Cuando volvió la invitaron a participar de un montaje con formato de vodevil, que se llamaba Un sombrero de paja de Italia, del francés Eugène Labiche. Ahí también estaba Tomás Vidiella, Víctor Jara y Alejandro Sieveking. “Nos reencontramos y la verdad es que empezamos nuestra relación con empujones”, cuenta riéndose el dramaturgo. Pese a que Bélgica tuvo un matrimonio anterior, sabe que Alejandro es el compañero y amor de toda una vida. Entre bastidores y cambios de vestuario, pololearon y después se casaron… Sumando y restando, más de 56 años juntos.

“Me enamoré de Bélgica cuando la vi en el Teatro Municipal interpretando una pieza de Chéjov. Algo extraño pasó. Los demás actores desaparecieron y yo veía cómo ella estaba bañada de una luz durante toda la obra. Todo se fue a negro, sólo existía ella”. Bélgica prosigue: “Nuestros inicios fueron bien románticos. Empezamos a pololear en 1956, pero nos casamos en 1962, cuando finalmente se anuló mi matrimonio anterior en Londres, un proceso complicado… Me enamoré y, después de medio siglo, sigo creyendo que es el mejor hombre que existe”.

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¿Cuál es la receta para no agotar una relación? Ella contesta: “Aprendí a reírme como loca… Y Alejandro es experto en lograrlo”. Inmediatamente, Sieveking se suma a la conversación y añade que no pararán de mirar alrededor y convencerse de que siempre habrá algo para darle libertad al humor. El cañonazo de las doce, el típico que estalla cada día en el cerro Santa Lucía, ni los inmuta. Pero se ríen del susto —con salto incluido—, que este entrevistador desprevenido experimenta en la mitad de la conversación.

Han vivido la mayor parte del tiempo en el barrio. Antes en un departamento en Agustinas, ahora en un edificio a pasos del Parque Forestal donde guardan libros y cuadros de artistas como Ricardo Yrarrázabal, Copello, Benjamín Lira, Eduardo Vilches y unos imponentes caballos de Delia del Carril. Aparte están los collages que Alejandro viene haciendo desde hace años y que cada vez son más solicitados por los coleccionistas.