Corren los últimos días de un julio frío. El sol se esconde y la temperatura cae bruscamente. El teatro UC, en Plaza Ñuñoa, está como el clima. Una luz muy tenue es la única pista de que algo ocurre allí dentro. Se oyen susurros: “Sí, parece que ahí viene”, “Estoy acá para verlo”, “¡Qué nervios! ¿Cómo estará?”, comentan aseadores y administrativos del recinto. Alberto Vega (63), es toda una leyenda en esas tablas. El tiempo se congela cuando aparece en su silla de ruedas, todas las miradas puestas en él como si se tratara de una ilusión.

Vega se ubica en una rampa a un costado del escenario y con cautela se le acercan uno a uno los asistentes, nadie quiere perderse su saludo. Los personajes se desplazan de un lado a otro y Alberto mantiene la mirada fija y pendiente a cada detalle, siempre junto a Clarita o Katya, las auxiliares de enfermería que lo asisten de noche y día respectivamente.

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Hace más de dos décadas, en esa misma sala, el actor encarnó en un soberbio montaje a Edgar en Lear, rey y mendigo en traducción de Nicanor Parra y dirección de Alfredo Castro. Hoy es otro actor quien lo reemplazará y Clarita cuenta orgullosa: “Don Albertito hacía ese papel”.

La obra y todo lo que hay en torno a ella está lleno de significados. La presentación del adelanto de Los gigantes de la montaña presentan Lear se remonta al año pasado. Alberto junto a un grupo de actores que serían dirigidos por él y la actriz Macarena Baeza, convocaron al público a una sala del Campus Oriente, exactamente el último lugar que pisó como director de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Fue un viernes de marzo, el último primer día de clases en que Vega recibiría a sus alumnos como de costumbre. El docente se encontraba en un buen momento profesional. Además de su cargo en la escuela, estaba ensayando para la obra Sarah Bernhardt del canadiense John Murrell y se encontraba a poco de concluir un magíster en dirección teatral en la Universidad de Chile. Cuarenta y ocho horas más tarde, el domingo 5 de marzo de 2006, todo cambiaría.

Ocho años han pasado desde que Vega quedara completamente inmovilizado tras sufrir un accidente en bicicleta. Su cabeza se azotó contra el pavimento y su cuerpo quedó paralizado. Ese domingo, aparte del trágico accidente, se desvanecieron sus herramientas de trabajo. Ya no tendría ni voz ni movimiento. Su diagnóstico: “síndrome de enclaustramiento”.

Con el pasar de los meses, sus más cercanos se dieron cuenta de que podía mover los ojos y que hacía esfuerzos por comunicarse, ya que sus capacidades intelectuales estaban intactas. Atrapado en su cuerpo, pero con la mente lúcida. Así surgió la fórmula básica: si miraba hacia arriba era “sí” y si miraba hacia abajo era “no”. Gracias a una campaña para recolectar fondos, recibió su My Tobii, el computador que funciona cuando sus ojos se posan en el teclado y así va formando palabras e hilando frases. Este aparato le ha otorgado independencia y permitido hacer lo que más le gusta: el año pasado lanzó su libro Mírame a los ojos y ahora se despacha la dirección de esta obra. La tarea ha sido lenta, tardó dos años en escribirla, pero le dio la posibilidad de volver a hablarle al mundo.

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El castigo sin venganza de Lope de Vega fue la última obra en la que se le vio de pie sobre un escenario. Fue en 2005 y entre sus compañeros de elenco se encontraban Macarena Baeza y Daniel Gallo. Ambos participan en la obra recién estrenada, Baeza es la codirectora y Gallo es actor. “Es bonito sentir que la persona con la que yo compartí está presente aquí, que sigue siendo exactamente el mismo”, cuenta Gallo. 

Los gigantes de la montaña presentan Lear, en cartelera hasta el 13 de septiembre, partió como proyecto a mediados de 2012, cuando Milena Grass, entonces directora de la Escuela de Teatro, invitó a Alberto para que participara de los festejos de los setenta años que el Teatro UC cumpliría al año siguiente. Fue en esa instancia que le ofrecieron participar en la dirección de la obra. Su enfermera Clarita cuenta con voz muy dulce que “al principio tenía susto, pero después se puso contento porque vio la posibilidad de trabajar con actores nuevamente”. “Definimos que en 2013 sólo haríamos la dramaturgia y comenzaríamos a pensar la puesta en escena que se plasmaría sobre el escenario en 2014”, cuenta Baeza. “Pirandello” fue la primera palabra que Vega armó letra por letra con sus ojos a través del My Tobii cuando supo que escribiría una obra. Lo tenía claro, sentía una deuda personal con el autor.

Los gigantes de la montaña, el texto original de Luigi Pirandello, es una obra inconclusa. “Para llevarla a escena esta obra debíamos escribir los actos finales. Ahí se nos ocurrió con Alberto que era interesante hacer un cruce con otros materiales teatrales”, cuenta Baeza. Y agrega: “La idea de El rey Lear de Shakespeare surgió por la conexión que existía entre la obra y nuestra propia biografía. Queríamos hablar del abandono de los viejos y de la locura senil. Pero también Lear nos permitía hablar de Alberto”. Fue así como se creó la receta para escribir esta obra. “Son mis dramaturgos predilectos, ambos me marcaron”, escribe el actor con su mirada sobre la pantalla. 

Difícil imaginárselo e incluso explicarlo pero Vega participa activamente del proceso de dirección, siempre con Clarita o Katya a un costado. Le preguntan qué le parecen las escenas, una a una, y sus ojos hablan. Le deletrean el abecedario y usando su técnica básica del sí/no, llegan a la letra que busca y así hasta formar la palabra. 

Los actores se preparan nerviosos. Se oye un “¡acción!”, comienza la función y de pronto se proyectan en el telón de fondo imágenes del Alberto que era antes del 6 de marzo. “Son proyecciones de él interpretando a Edgar”, dice Macarena. Y agrega: “Hacer esta obra con Alberto nos ha abierto a conversar el tema de la inclusión en las artes escénicas. El tener a alguien cercano con un síndrome tan extremo, obviamente te conecta y sensibiliza”. Y es que tal como lo pidió el director, la obra tiene contemplada cinco funciones inclusivas para personas con algún tipo de discapacidad.

A un mes de su estreno, Alberto parece feliz, ríe constantemente ante las bromas de sus compañeros. Esta experiencia fue “apasionante” según nos cuenta. Lo tiene clarísimo pero se tarda casi diez minutos en decirlo, debe sintetizar en una sola palabra todo lo que significa para él este renacer. Asiste sagradamente a cada ensayo porque para él su trabajo se basa en “responsabilidad y compromiso”. Para la codirectora esto es un regalo. “Volver a trabajar juntos era, sin duda, un pendiente”, agrega Baeza. Cuando le preguntamos a Alberto si volvería a hacerlo responde: “Una y mil veces más”.