En enero de 2007, miles de personas se congregaron en las calles de Santiago para seguir los pasos de una marioneta de siete metros y treinta toneladas. Por cada centímetro que avanzaba, esta inmensa muñeca manejada por liliputienses, cosechaba miradas de asombro y vítores de celebración. La compañía francesa Royal de Luxe, especializada en teatro callejero, presentaba por primera vez en Chile a la llamada “pequeña gigante”, un espectáculo que rápidamente se transformó en uno de los símbolos más distintivos del Festival Internacional Santiago a Mil. Una fiesta de artes escénicas que, en enero de cada año, reúne a algunas de las compañías de teatro más destacadas de nuestro país y el mundo, repletando las salas de los centros culturales y convirtiendo las calles en un escenario al aire libre.

AH6I_0041

En su versión 2018, el evento fundado por las productoras de teatro Carmen Romero, Evelyn Campbell y un grupo de actores —como Francisco Reyes, Alfredo Castro (Teatro La Memoria), Juan Carlos Zagal (ex La Troppa) y Mauricio Celedón (Teatro del Silencio)— cumple 25 años. Dos décadas y media de un evento que lograron sacar adelante a pulso y sin grandes recursos.
Hoy, algunos de sus fundadores llegan de prisa hasta el GAM, sede principal de esta edición.

Están en pleno lanzamiento, pero aun así se dan un tiempo para recordar los inicios de esta fiesta de la cultura. “Si tuviera que definir cuál ha sido uno de los mejores momentos de este emprendimiento, evidentemente tendría que mencionar el comienzo. Ese no saber qué hacer, qué va a pasar, el vértigo de tirarse a la piscina sin conocer las consecuencias. Y eso es algo que se mantiene en cada festival”, explica Carmen. Y Alfredo, quien será homenajeado en esta versión, agrega: “La primera vez tuvimos una cantidad de público impresionante, en un lugar que no era un teatro. Yo creo que eso fue muy emocionante para todos nosotros”. Así comienzan a rememorar ese 1994, cuando decidieron crear un espacio para las artes escénicas luego del apagón cultural de los años de la dictadura. El Centro Cultural Estación Mapocho había sido recuperado. De ser una estación perteneciente a la Empresa de los Ferrocarriles del Estado se transformó en un lugar de encuentro artístico. “Recién había llegado la democracia, por lo que queríamos difundir lo que había de teatro en Chile. Y estaba este espacio, que sabíamos que sería un centro cultural. Estaba aún terminándose, y nos lo tomamos. Todo fue con nuestro esfuerzo, sin ningún peso”, recuerda Romero.

IMG_6836

Para dar inicio a la versión inaugural presentaron las obras Taca-taca mon amour, del Teatro del Silencio, bajo la dirección de Mauricio Celedón. Teatro La Troppa, en tanto, exhibió Pinocchio, y el Teatro La Memoria se lució con la Trilogía Testimonial de Chile que, dirigida por Alfredo Castro, contó con La Manzana de Adán, Los Días Tuertos e Historia de la Sangre. Basada en testimonios de personas condenadas por crímenes pasionales, esta última aún es recordada con cariño por uno de sus protagonistas. “En estos 25 años de Teatro a mil, es la obra que más me ha marcado, porque fue absolutamente revolucionaria, en términos conceptuales, de dramaturgia, de juego actoral. Fue completamente nueva en una época de despertar”, cuenta Pancho Reyes.

Si bien el precio de las entradas era de 2 mil 500 pesos, los poseedores de la Tarjeta Joven sólo tenían que pagar mil pesos. De allí nació el nombre que le daría vida a un evento que, hasta la fecha, ha presentado 1.386 espectáculos de 45 países, congregando a más de 10 millones de espectadores. Con el paso de los años, se consolidó como una iniciativa potente, que el público espera con emoción. Tanta ha sido su popularidad, que en 2004 surgió la necesidad de crear la Fundación Teatro a Mil (FITAM), que se encarga de su organización. Así, el evento pasó a llamarse Festival Internacional Santiago a Mil. “Si bien comenzamos sólo con propuestas nacionales, a los cinco años integramos obras internacionales y hoy día presentamos a los grandes creadores chilenos, pero también a sus pares latinoamericanos, europeos y de todo el mundo”, comenta Romero. “Los mayores logros han sido conseguir que el público se movilizara a ver teatro en enero. Después, que se movieran las comunas, las regiones. Y también ha sido increíble expandirlo y transformarlo en algo internacional. Que lleguen compañías extranjeras, a las que uno nunca va a tener mucho acceso, como los Campos de Algodón hecha por un polaco, es invaluable”, comenta Castro. Hoy, además de organizar el festival, la fundación ha desarrollado importantes proyectos como el ciclo Teatro Hoy, tocatas y la extensión del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) en Chile.

Para sustentarse, se basan en dos pilares fundamentales: el trabajo de cooperación en red y un sistema de financiamiento mixto, que es el resultado de la colaboración de instituciones públicas, empresas privadas, organismos internacionales, salas de teatro, artistas, medios de comunicación y proveedores. “Desde hace tres años tenemos un auspiciador estable y estamos en la glosa presupuestaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, que fue un logro de Paulina Urrutia, ministra de Cultura con Michelle Bachelet. Eso es un punto importante que nos da una certeza y una seguridad que antes no teníamos”, dice Carmen. “Pero aun hay muchas debilidades. Lo importante es que este festival se mantenga, y quien puede hacerlo es el Estado de Chile y las futuras generaciones”, propone Alfredo.

Mientras, bajo el lema La fiesta del teatro, la versión número 25, promete 81 espectáculos —35 internacionales y 45 nacionales—, un homenaje al actor y director teatral Andrés Pérez y a las tres compañías fundadoras, además de espectáculos de Robert Wilson, Christoph Marthaler y La Patogallina, por sólo nombrar algunos. Comienza así una nueva instancia para celebrar las artes escénicas, llenar las calles de música y colores, al compás del talento de grandes artistas que, poco a poco, van tejiendo la historia cultural de Chile.