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Luis Corvalán, ex secretario general del PC: “Tuvieron asesoría internacional”

Posted on: septiembre 9th, 2013 by Oscar Sepulveda

“En la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, yo me encontraba en mi casa, en la calle Bremen 462, de Ñuñoa. Esa era la propiedad del partido, adquirida con un dinero donado por Pablo Neruda cuando recibió el Premio Stalin de la Paz. Allí vivía mi señora, Lily, mis suegros y mis hijos. Muy temprano, como a las seis de la mañana, Orlando Millas, quien vivía a la entrada de La Reina, me avisó lo que estaba pasando y juntos nos trasladamos al comité regional del partido, en la calle Vergara. Allí tuvimos una reunión de comisión política, pues era un local más desconocido que la sede del comité central, que estaba en Teatinos con Compañía.

Allí tuvimos una reunión de comisión política, pues era un local más desconocido que la sede del comité central, que estaba en Teatinos con Compañía.

En ese encuentro tomamos las primeras medidas y se acordó de los más conocidos debíamos pasar a segundo plano. Yo debí fondearme. Gladys Marín también. A Volodia lo pilló el golpe en el exterior. Se designó un equipo que estuviera al frente del partido, encabezado por Víctor Díaz, y otros compañeros.

Eran como las diez y media y estábamos escuchando en la radio lo que ocurría, el bombardeo a La Moneda, el último discurso de Allende llamando al pueblo a tener serenidad. Poco después dijimos: ‘Bueno, ya hay que retirarse, sería una imprudencia seguir más tiempo reunidos aquí’. Y cada uno nos fuimos a los lugares previamente elegidos, pues nos habíamos puesto en la situación de que podría venir un golpe. Yo me fui, como estaba convencido, donde una profesora amiga en la calle Los Jardines, en Ñuñoa. Pero justo a ella le habían llegado familiares de Talca, así es que tuve que partir –ya iniciado el toque de queda, que era como a las tres de la tarde– donde una amiga de ella, Elizabeth Saintard, jefa de asistentes sociales del hospital Salvador, en la calle Los Cerezos, a cuatro cuadras de distancia.

Una ligera llovizna caía ese día sobre Santiago. En su casa empezamos a informarnos por la radio de lo que pasaba, y en la noche estuvimos hasta tarde escuchando radios del exterior, que daban más información. De repente contacté con la radio de Moscú. No la escuchaba hacía montones.

Mientras seguía la evolución de los acontecimientos, no dejaba de pensar en cómo habíamos llegado a esto. En la mañana del 11 ya no pude hablar con el presidente, pues era imposible comunicarse, pero el día anterior me había mandado un mensaje vía JoanG Garcés y Carlos Toro para que nos juntáramos con los otros jefes de los partidos que lo apoyaban. Habíamos estado en su casa de Tomás Moro el domingo 9 y él estaba convencido que venía el golpe. Se lo veía muy preocupado. Nos contó que pensaba enviar un proyecto al Parlamento para convocar a un plebiscito y dirimir el conflicto que existía por las áreas de la economía. Si lo perdía, estaba dispuesto a abandonar La Moneda.

En medio de esa reunión, el presidente recibió un llamado de la periodista Frida Modak, quien le comentó el discurso que había pronunciado Carlos Altamirano, secretario general del PS, en el estadio Chile. ‘Esto ya no tiene remedio’, comentó Allende. Pero había que jugar la última carta con José Cademártori con el respaldo expreso a ese proyecto.

Esto ya no tiene remedio’, comentó Allende. Pero había que jugar la última carta con José Cademártori con el respaldo expreso a ese proyecto.

Al retirarnos de Tomás Moro, como a las once y media de la mañana, Pinochet estaba fuera, junto al general Urbina. Pinochet era un hombre de su confianza, pues lo había designado por indicación de Carlos Prats, y a él también le contó la idea del plebiscito. Así es que él sabía y el golpe se adelantó teniendo en cuenta ese anunció que se haría el martes 11.

Esa noche, en su última cena en Tomás Moro, junto a sus colaboradores más cercanos. Carlos Briones, Joan Garcés, Augusto Olivares, Orlando Letelier y Hugo Miranda, el presidente leyó en voz alta la carta que le habíamos enviado y la comentó favorablemente. Ahí quedaba claro que el PC fue el partido que estuvo más cerca del presidente en sus posiciones. Incluso, le pasó la carta a Briones para que la leyera. Más tarde, se la pidió de vuelta. Era un documento histórico.

Dado el carácter que habían tomado las cosas, el partido redactó en la tarde del lunes 10, una declaración que titulamos: ‘Cada uno en su puesto de combate’. Le pedimos a Julieta Campusano que le leyera en la noche por radio. A orlando Millas le encargamos que reuniera al comité central para informarlo de la situación y distribuir las responsabilidades. Varios de ellos fueron destcados en varios puntos del país.

Nosotros habíamos previsto, en un caso así, la posibilidad de que los trabajadores se declaraban en paro. Pero ocurrió que el país se paralizó por cerca de una semana, así es que esa estrategia no sirvió. Fue un golpe muy bien armado. Yo creo que no corresponde a la cabeza de Pinochet ni Leigh ni de Merino. Tuvieron asesoría internacional.

Yo estaba concentrado en la evolución de los hechos del día. A ratos pensaba en la magnitud del golpe que estaba ocurriendo. Mucha gente pensaba que sería una cosa transitoria. Nosotros nos dimos cuenta al tiro de que era un golpe serio, de tipo fascista. Pero, para qué me voy a mandar las porciones: nadie imaginó la duración ni la violencia que se iba a aplicar. Eso fue lo desactivante.

Allende había dicho que, en caso de golpe, él se mantendría en su puesto y enfrentaría la situación, que no se entregaría, que pelearía y que hasta podía morir peleando.

Allende había dicho que, en caso de golpe, él se mantendría en su puesto y enfrentaría la situación, que no se entregaría, que pelearía y que hasta podía morir peleando. No estaba dispuesto a transar. Además, los términos para negociar eran inaceptables. Le ofrecían al presidente un avión para que se pudiera ir al extranjero con su familia. Pero el objetivo de él no era salvar su pellejo, sino salvar el régimen democrático chileno y las conquistas del pueblo. Así no podía haber ningún arreglo. Por eso, cuando oí en Dawson la versión del doctor Guijón sobre el suicidio de Allende, le creí de inmediato. Conocía esa disposición del presidente y eso no le quita en absoluto la grandeza ni la valentía. Está claro el gesto de consecuencia y está claro que lo mataron, aunque haya gatillado él mismo el arma.

La noche del 11 fue larga y tensa. Nos quedamos hasta muy tarde escuchando radio e informándonos de las situación”.