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Mónica González“Exitismo, deudas y arribismo: Esa fue la revolución de Pinochet”

Posted on: December 3rd, 2015 by Lenka Carvallo

En un edificio estilo fiscal en José Miguel de la Barra, sin lujos ni decoración, tan sólo un solitario sillón raído por el uso, en los cuarteles de Ciper todo recuerda a las viejas redacciones periodísticas en las que se fumaba hasta la madrugada con el tecleo de las máquinas como ‘música’ de fondo. Aquí también el olor a tabaco está impregnado en las paredes, de las que cuelgan varios diplomas por el rol del Centro de Investigaciones Periodísticas en la denuncia de temas que —hasta antes de sus 9 años de existencia— parecían vetados.

En medio de este escenario, acelerada y de coqueto vestido negro, aparece Mónica González. Pelo rubio, poco maquillaje, intensos ojos celestes. Aguda, de energía incombustible, fuma casi sin parar mientras su celular va acumulando llamadas perdidas y mensajes de Whatsapp. Eso mientras que el último reportaje del medio que dirige —sobre los bienes de Lucía Pinochet— enciende las redes sociales. La familia del dictador fue una de las obsesiones de esta periodista y así queda claro en Apuntes de una época feroz, reportajes y entrevistas en dictadura (Hueders), una selección de su trabajo en Cauce (enero-septiembre de 1984), Análisis (1985-1990) y el diario La Nación (1990-1993). Una treintena de textos que realizó luego de once años de exilio en Francia y que retoma, era que no, con la investigación sobre la lujosa mansión que construía la familia Pinochet en Lo Curro justo en plena crisis económica. Resultado: el dictador debió echar por tierra sus planes de habitar la mansión.

Instalada en su escritorio con vista a José Miguel de la Barra, Mónica González asevera: “Con Pinochet se inició la corrupción en Chile”. Corrupción que hoy tiene por resultados los casos de colusión y financiamiento político irregular que acaparan los titulares y la indignación ciudadana, desde el rol y acciones cometidas por varios ex discípulos y admiradores de la escuela económica de Chicago (como Eliodoro Matte, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín) pasando por Ponce Lerou, yerno de Pinochet, quien financió a casi todo el espectro político, incluida a la propia Concertación.
Hija de padre ferroviario y madre dueña de casa, Mónica se crió en Estación Central. “Estudié en un liceo con número. Mi vida es la de cualquier persona normal. Una época muy sana, linda, plena, con amigos maravillosos”.

Tenía 12 años cuando su padre murió entre las vías del tren, tema del que ella prefiere no hablar. Se criaron solas con su hermana y su mamá, aunque eso no cambió un ápice su carácter intenso: a los 14 entró a militar a las filas del PC y a los 18 nacía su primera hija.
Una escena estremecedora emerge con la imagen de una joven rubia, a punto de parir en la sala de maternidad del Hospital del Salvador. “La joven camina por un pasillo de baldosas frío y tétrico, hasta el baño. Con dolores profundos y desgarradores que le atraviesan el vientre, sufre deseos incontenibles de expulsar todo lo que lleva en su interior. La muchacha no alcanza a llegar al baño. La vergüenza y el dolor provocan un llanto angustioso de la parturienta”. La reacción airada de la auxiliar que la maltrata verbalmente y la muchacha que le propina una sonora cachetada.
“Esa parturienta era yo. Fue mi primer trabajo firmado para la revista Ahora (1971)”. El texto le valió su primera querella. “Fue una comparación entre el parto de mi primera hija —donde no teníamos dinero—, y la segunda, en una clínica. La diferencia fue brutal. Pero vengo de una escuela donde uno no es protagonista, así que no dije que era yo. Entonces el director del hospital, cuando vio el libro de partos, me dijo: “Cómo fue tan irresponsable de venir aquí. No sabe los animales que llegan a parir a este lugar…”.

Mónica no oculta —ni pretende hacerlo— que viene del pueblo. “En una época en que a la gente le encanta esconder su origen popular, para mí es un orgullo. Ahí aprendí principios, lealtades. Creíamos que cambiaríamos el rostro de miseria del país. Pero nos quemamos las manos. Por eso me da rabia que, luego de que en dictadura denunciamos los crímenes y los negocios, me califiquen de conflictiva: ‘Ella no, que es comunista, dice lo que piensa…’ como si eso fuese algo terrible. No tengo que dar pruebas de blancura, en cambio hay otros que transitan por la vida haciendo grandes concesiones, renuncios, cobardías”.

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—¿Gente de la política, del periodismo?
—De todos lados (dice sin ganas de dar nombres). Y no es sólo un mal nacional: se da en todos los países. Pero aprendí a conocer y a amar a un chileno del cual me siento parte y que tiene características y una idiosincrasia bien especial; no se creen el mejor en nada, aunque se saben poseedores de condiciones y valores especiales. Que cuando estamos en lo mejor saboreando un gran festejo, justo viene un terremoto, un maremoto, una inundación.

—Eso en contraste con un país consumista, donde se cree que el que hace pillerías gana… Da la impresión de que ese chileno que usted describe existe sólo en libros como Apuntes de una época feroz.
—Por suerte esa época se acabó. Habría dado cualquier cosa por no haberla vivido. Aunque también tienes razón: en ese período pudimos conocer lo mejor y lo peor de nosotros. Por eso me hizo tanto sentido cuando el Presidente Sebastián Piñera habló de los cómplices pasivos.

—Hoy él es investigado por triangulación de platas políticas, y no se ha pronunciado.

—Con LAN fue lo mismo. Aunque no está sólo él: la UDI también está herida en su esencia porque además de recibir platas irregulares influyó en la confección de leyes para favorecer a empresarios. Así con casi todo el abanico político. Y si miramos un poco más al lado, el Ejército está con un fraude de enormes repercusiones; en la Iglesia hay arzobispos que se confabulan, a lo que se suman los casos de corrupción entre empresarios y colusión.

—Eso mientras en la calle la gente se esfuerza y trabaja sin descanso para cambiar de auto, de casa. Y vuelta a endeudarse…
—Esa fue la revolución de Pinochet: cambió nuestros parámetros. Es el resultado del modelo exitista: un Chile endeudado, arribista, donde la plata dulce se lo come todo.

—Aunque también da la sensación de que la elite se está desmoronando.
—Pero no te olvides que el vacío que deja una elite lo llena otra. Y una defensa está en reconocer tus orígenes. A mí nunca me ha interesado pertenecer al poder. Lo que me hace feliz es tener plata para ir a La Vega, comprar cosas ricas, preparar una comida exquisita para mis amigos y mi familia, reírme, cantar, bailar, contarnos las penas.

—¿Y el amor?
—¡Por supuesto! Si yo no soy una extraterrestre (sonríe coqueta).

Pero de amores no larga prenda así es que retoma sus reflexiones. “Estamos en un punto de inflexión, y eso es lo que me preocupa. Si permitimos que esta suerte de pacto tácito entre la Fiscalía y el SII sepulten el Caso Caval, y nos quedamos sólo con Penta y SQM, será la consagración de la impunidad”.

—¿Qué rol debiera jugar Bachelet?
—Esto no es para un Batman y una Superwoman. Es la sociedad la que debe involucrarse. La transparencia no debe ser solo para los discursos o para que discutamos en la sobremesa. La información y la transparencia son para mejorar las políticas públicas, para eliminar los focos de corrupción, para crear instancias de fiscalización idónea; si no, seremos nosotros los que nos haremos el daño.

—¿Qué siente al ver que a través de Ponce Lerou hubo políticos de la Concertación que se beneficiaron económicamente?

—Me da asco.

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—¿Se lo esperó?
—Honestamente, no. Pero en algún momento algo nos pasó. De repente siento que hay un grupo de gente que vive en un limbo, en una burbuja… La gran gracia del país en el que nací es que en el Congreso había obreros, diputados y senadores que seguían viviendo en su población; no cortaban el contacto con la gente. Tampoco me olvido de todos aquellos amigos y gente maravillosa que conocí y que murió luchando por sus convicciones democráticas. Perdimos a dos generaciones de gente maravillosa y tal vez ese fue el costo, pero ¿cómo pudimos haber convertido la política en esto tan sucio, cuando el camino fue tan arduo, con tantos muertos?

—Tampoco se revisaron a conciencia las privatizaciones que se hicieron en dictadura. ¿Hubo un pacto?

—Existía mucho miedo, pero fue un grave error; haber aceptado como piedra angular de la nueva democracia el no revisar ninguna privatización so pena de que volvía el autoritarismo y que Pinochet saldría con sus soldados a la calle, no sólo fue una mentira, sino que también un grave error, porque la corrupción que estamos viviendo hoy nace ahí.

—Hoy Ponce Lerou es uno de los seis hombres más ricos de Chile. Su fortuna está ahora en las Islas Vírgenes a nombre suyo y de sus cuatro hijos, todos nietos directos de Pinochet.
—El pulpo Soquimich metió sus tentáculos en todos los sectores. Pero no fue el único. ¿De dónde sacó su fortuna el señor Matte? ¿Cuánto incrementó sus negocios él y varios de los dueños de los principales grupos económicos del país? El subsidio del Estado siempre estuvo presente, la teta no la han soltado jamás. Ahora sería bueno que viéramos el mapa de una manera distinta, sin caretas, donde el propio Estado ha subvencionado y provocado esta concentración de la propiedad y que es una vergüenza junto con la desigualdad y la distribución de la riqueza. Es la gran roca que no hemos podido permear en 25 años de democracia. ¿Por qué? Porque estos empresarios cooptaron al Estado y a buena parte del espectro político, al amparo de la Concertación. Tendremos que revisar todas las leyes y analizar con lupa cada letra chica, desde la ley de pesca, el Código de Aguas, pasando por una nueva nacionalización de la minería.

—Para algunos se trata de una idea pavorosa, aun dentro de la Nueva Mayoría.

—No nos olvidemos por qué fue el golpe de Estado: porque Allende se atrevió a nacionalizar el cobre. De no haber sido por eso, no tendríamos los recursos para financiar políticas públicas, salud, educación.

—¿Existe el coraje para revisarlo todo?

—De mi parte por lo menos sí. O mejor me voy a hacer mermeladas a mi casa. Los periodistas aquí somos esenciales.

—Usted ha reconocido a Alvaro Saieh (dueño de Corpbanca y Copesa) como el financista de Ciper. Sin embargo, ¿nunca ha tenido conflictos con que se trate de un Chicago boy?

—Desde que nació Ciper en 2007, una de las decisiones editoriales fue no esconder jamás nuestro origen, y en todo este tiempo Saieh nunca ha intervenido en nuestra línea editorial.

—¿Conversan, se juntan, discuten?
—Muy poco, pero lo hemos hecho. Por supuesto no tenemos ninguna concordancia ideológica. Pero le voy a estar eternamente agradecida por habernos dado la libertad editorial para atacar al sistema que él mismo propició.

—¿Y si la oportunidad se la hubiera dado Agustín Edwards?
—Mi respuesta habría sido que no; hay una diferencia fundamental: no voy a olvidar jamás que él se fugó de Chile cuando asumió Salvador Allende y se puso al servicio del Departamento de Estado norteamericano, de la CIA y de una máquina de terror y muerte. Yo con un hombre así no voy ni a la esquina. Hay principios que no se transan.

Farkas en su máxima potencia

Posted on: December 18th, 2014 by Lenka Carvallo

“¿Y esos árboles?”. Leonardo Farkas deja a un lado la raqueta y apura el tranco. En uno de los bordes de la cancha de tenis —que domina la ciudad desde lo más alto de Lo Curro— una hilera de robles americanos recientemente plantados comienzan a bloquear parte de esta privilegiada vista. Antes la mansión, de unos dos mil metros construidos, perteneció al empresario Alvaro Saieh, quien se la vendió a Farkas y se quedó con el terreno que precisamente se ubica bajo sus pies. Ahí el dueño de CorpBanca termina de construir su nueva casa. Para mantener la intimidad, ordenó plantar algunas especies, pero Farkas, que ya lleva casi dos años instalado en Nueva York, hace tiempo que no visita esta gran casa con cancha de tenis profesional, un gimnasio-búnker donde suele jugar raquetbol y que se conecta de forma subterránea con el resto de la vivienda emplazada cerro arriba. Hasta aquí nos guiará más tarde —en las cerca de ocho horas que duró la producción de fotos y la entrevista—, precisamente a la capilla estilo florentino que alguna vez fue el orgullo de su antecesor y donde Farkas —que no es católico sino judío— instaló un finísimo piano de cola, además de un escritorio,  justo donde antes estuvo el altar. Sentado tras el reluciente mueble de caoba, contará los billetes con los que se tomará fotografías para CARAS, con su sonrisa blanca radiante, el pelo crespo y muy rubio, reloj de oro con incrustaciones de diamantes y traje del diseñador italiano Angelo Galasso con sus iniciales en los puños. 

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Satisfecho en su rol de anfitrión, haciendo gala de su pasado de hombre-orquesta, se instala ahora frente al piano y toca una pieza de El fantasma de la ópera. Las notas resuenan en el espacio. “Es un Fazioli —dice sobre el instrumento—, de los mejores fabricantes del mundo. Hace poco vino a Chile un músico muy famoso y me lo pidieron para el concierto. Les dije que no”, cuenta ordenando en un gesto ambos lados de su melena que él mismo se encarga de cortar y mantener crespa y rubia porque, confiesa, “soy como Sansón: el pelo es mi fuente de poder, no dejo que nadie me lo toque”. 

Es un buen día para el empresario. Se le ve más relajado y de buen humor. Muy distinto a los años en que se dedicada a trabajar full time y tenía poco tiempo. “Ahora decidí preocuparme de mi familia —declara— porque mientras viví en Chile fue mucho trabajo, todo el día, concentrado en la filantropía, andaba mal genio y dejé a los míos un poco de lado; salía y mis hijos estaban en el colegio, volvía en la noche y ya estaban durmiendo… Tengo una niña de 17, otra de 14 y un niño de 9. Ahora sólo estoy acá por cosas familiares, mi mamá cumplió 80 años”.

Cuando la directora de arte le pide posar junto a los billetes, él ni se inmuta. “¿Cómo los quieres —la interroga—: en rollos o en fajos?, ¿en billetes de 10 mil o de veinte mil?, ¿en pesos o en dólares?”. Y vuelve con un gran sobre rebozante en dinero: diez millones de pesos en total; toma dos fajos (de un millón cada uno) y se guarda uno en cada bolsillo: es el dinero que suele llevar consigo cada vez que entra o sale del país. “Una cosa es dar plata y otra es tener la preocupación de llevarme los billetes para que cada vez que me voy de Chile, a mi regreso, saliendo de la aduana, repartirlos entre la gente”. Detalla el procedimiento: “La limusina se estaciona, se ponen todos en hilera y les doy 10 mil a cada uno. Saquen la cuenta: alcanza para unas 200 personas”.

En cuanto a sus donaciones, también es metódico. En Chile tiene un equipo permanente que trabaja para él, seleccionando a través de Facebook y Twitter las peticiones más urgentes. “Con las redes sociales se pueden tomar decisiones bastante rápido. La otra vez unas voleibolistas necesitaban representar a Chile en el extranjero y tenían que partir pronto; mandaron un twitt, acá averiguaron de quién se trataba y, una vez chequeados, les mandamos un mensaje directo preguntándoles dónde les depositábamos la plata para los pasajes”.

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—Debe sentirse como un Santa Claus.

—Es un sueño hecho realidad. Y hay cosas que no se saben; he contratado abogados para ayudar a gente que ha sido maltratada, colaboro con un hogar de niñitas violadas, y también he hecho obras muy simpáticas, como regalar una máquina de hacer helados —con barquillos y todo— a un hogar de huérfanos donde algunos niños nunca habían probado uno. Tener ese poder es fabuloso. No es que me crea Dios, pero ¿a quién no le habría gustado tener un botón que, al apretarlo, le solucionara la vida a la gente?

El 2012 Farkas dejó Chile y se instaló junto a su mujer, la norteamericana Betina Friedman, en un departamento en Manhattan. Ahí, en el exclusivo sector de Columbus Circle, suele ir con sus tres hijos a andar en bicicleta al Central Park, o de paseo a Broadway, donde ya ha visto casi todos los espectáculos. “Im a resident of the world —dice intercalando frases en inglés con su español de acento americanizado—. No vivo sólo en NY; voy al Caribe, a esquiar a Aspen. Los niños están en un colegio internacional que partió con sus primeros establecimientos en Beverly Hills y Mónaco; pueden perder tres semanas o un mes de clases e irse conmigo de viaje. No soy estricto; que estudien lo que quieran y disfruten de la vida. Life is short. Puede caerse mañana el avión, o empezar una guerra, porque el mundo está loco”, declara como uno de sus mandamientos.

Desde que era músico y se convirtió en el exitoso hombre orquesta, que Farkas se acostumbró a no anclarse mucho tiempo en un lugar. De los veinte años que vivió en EE.UU., pasaba tres meses en Florida, otros tres en NY, tres en Las Vegas y el último trimestre tocaba el piano a bordo de cruceros, donde se ganaba la vida a punta de propinas. “Alguien una vez dijo: ‘dos millones de pesos, qué son para Farkas’, pero cuando era artista partía al baño durante los breaks para contar las monedas que me daban. Después ya fui más famoso y ganaba mi platita”. Así logró su primer millón de dólares. Invertía sus ahorros en la compra de yacimientos de hierro en el norte, seguro de que este metal recobraría el auge que tuvo en los ’60, cuando su familia era todo un emblema de la minería nortina, con un total de seis yacimientos. Pero vino la UP y los expropiaron. Y luego los militares, en lugar de restituírselas, las privatizaron. Quedaron Santa Fe y Santa Bárbara, las que Farkas compró a su padre antes de morir. Con la idea de reflotar el negocio, los Farkas-Friedman llegaron a Chile el 2005 pensando quedarse dos años, dependiendo de si su proyecto resultaba. Pero en total fueron siete. Su rubia melena se convirtió en símbolo de éxito y poder. Incluso llegó a transformarse en una carta presidencial. Más de dos mil personas firmaron en Facebook para que inscribiera su candidatura. El dijo que iba a pensarlo. Y mientras mantenía el suspenso sumó cinco puntos en la encuesta CEP. “Pero la política nunca me ha gustado —afirma—. Alguien por ahí me dijo: ‘Cuando tengas 60 años y estés aburrido, en una de esas…’. Pero no me interesa. Todos terminan canosos y a mí me gusta ser rubio, levantarme a veces tarde, tomar un buen vino. Algunos te van a querer, otros a odiar, y a mí no me gusta que me odien”, declara.

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Fue también buscando una mejor calidad de vida que decidió cerrar sus cuatro minas y dedicarle más tiempo a su familia. “A los meses el rubro colapsó. Ahora están todos quebrando; el precio del hierro se fue a las pailas y la cosa aquí se puso malita, con desempleo, menos crecimiento, etcétera… Así que dicen que tengo buen ojo. Sólo mantengo el proyecto de Puerto Atacama, para exportar fierro, cobre, carbón. Las minas las puedo reabrir cuando quiera, o venderlas, o arrendarlas, whatever… Ahora que estoy de vuelta en EE.UU. está un poquito mejor la cosa…”, dice felicitándose por su instinto para los negocios.

“Por lo que converso con mis amigos y algunos empresarios, en Chile está la grande; en la minería hay un 35 por ciento de desempleo y las empresas extranjeras —me dicen mis contactos japoneses— no quieren invertir: están todos esperando a ver qué pasa. Los que tienen empresas grandes en el extranjero me preguntan qué les recomiendo… Les contesto que no sé. Entonces me dicen que van a parar la inversión, que van a ir a Perú, a Argentina. Entonces les vendo la pomada y les digo que mejor vengan a Chile. Pero ahí me preguntan: ¿entonces tú por qué te fuiste?”.

—Uno de los temas más debatidos del año fue la reforma tributaria. ¿Le pareció una medida correcta, considerando además que usted siempre ha catalogado a los empresarios chilenos de tacaños?

—Personalmente creo que el problema es más que nada de la política; viene un presidente que quiere hacer cambios bruscos para después decir “yo hice tal cambio”. Luego viene otro y realiza otro paquete de medidas profundas, y la gente se queda con un montón de transformaciones que no los llevan para ningún lado. Lo mismo pasa con la reforma tributaria: al final los ricachones, las 20 familias que manejan este país, tienen tanto por todos lados que no les afecta mucho. Los que se joden son los de la clase media y los pobres. 

Se ordena la melena y apunta:

—En la primera entrevista que di dije que daba lo mismo el gobierno: los pobres iban a seguir más pobres y los ricos más ricos. Todos lo saben y nadie tiene el coraje de decirlo. Han pasado 10 años y no sé si ha cambiado mucho. Tal vez la única diferencia es que hoy la gente no le asusta andar en un auto elegante. Cuando llegué acá mis amigos tenían los autos guardados en el garaje. No es por tirarme flores, pero yo he tenido que ver. En los restoranes la gente es más propinera. Por eso no quiero insistir en que los ricos son tacaños porque han cambiado. Los chilenos también están haciendo más donaciones. Antes te decíanyo doy, pero pa callao…’ Give me a break! —exclama—. ¿Dónde está entonces toda esa ayuda? Pero varios han seguido mi ejemplo, me consta, incluso abogados míos me dicen, ‘oye, ayudé a tal colegio’… 

Y dispara contra la ley de donaciones: “Sigue siendo la misma, sólo unas porquerías chicas que le hicieron, pero aún te prohíben donar si tu empresa no tiene utilidades. A mí me demandaron hace unos años unos socios australianos luego de que en 2007 decidiera aportar un millón de dólares a la Teletón: 900 mil eran de mi bolsillo, 50 mil de una empresa y 50 mil de otra de mis compañías donde yo tenía el 70 por ciento y ellos el 30 por ciento… Lógicamente era una cuestión de los políticos, como decían que iba a ser candidato… ¿Cómo me iban a demandar por donar dinero? Ahí me di cuenta de que estaba mal hecha la ley. Estos mismos australianos hace un mes se fueron a bancarrota y me quedaron debiendo”. 

—Hoy enfrenta una demanda por 46 millones de dólares del yacimiento chino Qisheng Resources por incumplir un contrato.

—Fueron ellos los que no cumplieron. Este es un chino especulador que demanda a ver si gana; a eso le faltan diez años todavía.

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—Pero en el juicio internacional perdieron en primera y segunda instancia, primero en Londres y luego en Holanda.

—Eso lo dice la misma empresa de comunicaciones que contrataron. Aquí es la Corte Suprema la que tiene que decidir si es que dejan que esto se acate en Chile o no, y para eso pueden pasar diez años. Que la gente no se preocupe por mí, porque lucho para que el bien le gane al mal y Dios castiga pero no a palos. Don’t worry.

—¿Cree que todavía sigue causando resistencia en el mundo empresarial y político?

—No sé ni me importa. I don’t care anymore… Pago mis impuestos y dono al que quiero. I live my life the way I want.

Fue este mismo perfil, entre sobreexpuesto y excesivo, lo que hace unos años llamó la atención del prestigioso diario The New York Times, por su rol en el rescate de los 33 mineros de Atacama. La crónica llevaba por título: “El millonario que irrita a la elite chilena”. Farkas —por su conocido rol en el negocio minero— se había convertido en la gran esperanza para la treintena de hombres que yacían bajo la mina. Le mandaban recados, querían conocerlo, e hicieron un video agradeciéndole el apoyo económico que prestó —mediante millonarios cheques— a sus familias. “Pero ese mensaje nunca se conoció; sólo cuando agradecían al Presidente Piñera. Y el NYT, que vio el video, se preguntó ¿cómo salió esa parte y no la otra?”.

—¿Hoy cómo es su relación con la elite?

—Nunca me interesó que me aceptaran. Cuando llegué a Chile quise comprarme una casa en Valle Escondido y fui a ver el club… Ya estábamos casi listos cuando me mandaron a preguntar si es que iba a cortarme el pelo… Ahí dije ‘what?‘ Devuélvanme mi plata, no me interesa’. Un año después me dieron el premio al hombre del año en ese mismo club; estaban todos los canales, y como no tengo pelos en la lengua dije qué raro que en este mismo club me mandaron a preguntar si me iba a cortar el pelo y ahora me están dando el premio al hombre del año. Después hubo otro club donde me aseguraron que me iban a dar membership gratis porque como en mi familia somos todos rubios íbamos a elevar el nivel… Mi señora me preguntó ‘¿qué tiene que ver el color de pelo con el nivel de la gente? ’. Le tuve que explicar que éste es un país un poquito clasista.

Farkas acaba de poner a la venta su lujosa mansión. “Sólo vengo dos o tres veces al año, a veces por el día… También estoy vendiendo la otra casa donde vivía antes, que era más chica”.

—¿No será que está con problemas de plata?

—¿Tú dices porque estoy vendiendo las casas? Es que tengo tantas: un par en EE.UU., otra en el Caribe y me compré una nueva, aunque no diré dónde para que no se llene de chilenos pidiendo cosas. Son tantas (reflexiona), pero una cosa es la plata y otra muy distinta es mantenerlas. Ah, y tengo otra más en el norte, en la mitad del desierto, cerca de Bahía Inglesa, donde están las minas, que es tremenda, muy linda.

Fue precisamente en su mansión nortina, de 20 mil metros cuadrados, jardines y cancha de tenis, que diariamente mantienen ocho empleados, donde el empresario invitó al staff completo de la película Los 33, sobre el rescate de los mineros de Atacama y protagonizada por Antonio Banderas y Juliette Binoche. “Festejamos con 22 botellas de vino y varias de champaña, con el marido de la Barbra Streisand, que es el productor, más dos actrices mexicanas muy famosas. Antonio justo se había ido. Toqué el piano, cantamos, bailamos, tomamos y estuvimos hasta las cuatro de la mañana”. Y cuenta su insólita anécdota con la Binoche mientras en Santiago anochece y ya llevamos cerca de siete horas en la oficina-capilla donde él ahora se confiesa. “Yo no sabía quién era ella, además que ya no se ve como era antes…  Estábamos en la sala de maquillaje. To make the story short, estaba en el camarín con una niña encargada de corregir la pronunciación, y Juliette estaba sentada al lado mío maquillándose. De pronto puso su música… Le pedí que la apagara, pero bajó un poquito el volumen. Please, insistí… Pero no me pescó, así que llegué, agarré su iPad y se lo desconecté. Ella me miró y se dio cuenta de que yo no tenía idea quién era. Me dijo: ‘you know what? I like you. Tienes cojones. Yo sé quién eres, el que ayudó a los mineros. ¡Y hoy vamos a ir a tu casa a una fiesta!’.  ‘Ok’, le dije, ‘muchas gracias, muy simpática, ¿pero puedo continuar mi reunión?’”. 

Así es Farkas. Un hombre que instala su propia ley, directo, sin filtro y que acostumbra a conseguir lo que quiere sin grandes protocolos. Por eso en la película Farkas prefirió interpretarse a sí mismo. “Acepté porque querían poner a un actor mucho mayor, de 57 años ¡y yo tengo 47! Entraba con una chaqueta de cuero con cadenas y decía… ‘pisco sour for everybody!’ ¡Imagínense! Estaban los mineros abajo muriéndose y entra este tipo prepotente diciendo pisco sour para todos… ¡Y en un Hummer amarillo!, cuando el mío es un Hummer negro… Al enterarme, preferí ser yo el que actuara. Me dijeron ‘ok, pero tiene que hacer lo que nosotros digamos’”. 

—Debe ser difícil para usted tener amigos.

—Sí (dice circunspecto). Y los que tengo son de antes de que tuviera plata. Es complicado porque la gente suele pedirme cosas todo el rato… Me gusta salir, pasarlo bien, no que me utilicen o que empiecen a grabarme… El otro día estaba en un lugar y fui al baño y un tipo me estaba filmando cuando fui a hacer pis. Esa fue una de las razones por las que me fui a EE.UU. Mis hijos no estaban felices acá; no podía ir al teatro con ellos, en cambio ahora paseamos por Broadway y nadie nos molesta… Claro, siempre hay algún chileno que me reconoce y pide una foto; para el 18 de septiembre está lleno…

Farkas se va con cuidado. Escoge a sus amigos con pinzas. Reconoce que no alcanzan a sumar los dedos de ambas manos: son nada más que seis, dos extranjeros y cuatro chilenos; de ellos, todos mantienen con él lazos de infancia, menos uno: Parived. Pero hoy la relación es tal que Farkas lo introdujo al judaísmo y fue el padrino de su matrimonio con Tonka en Israel. Incluso le pagó —y los acompañó— a su luna de miel. “Estuvimos en unos lugares fabulosos, de ensueño, hasta nos tocó una tormenta de arena y nos metimos a las campañas de unos beduinos. Yo había contratado unos fuegos artificiales sólo para nosotros, con los camellos afuera. A Tonka incluso le presté mi teléfono satelital para que se comunicara con el canal, porque nadie supo del casamiento hasta varios días después”. 

—Para algunos Parived es un misterio…

—Bueno, en Chile son celosos, envidiosos y dicen que esto, que lo otro, pero él es muy privado. Lógicamente que él trabaja, tiene sus cosas, no lo mantiene su mujer, como bromea la gente; claro, están celosos, seguro que a ellos les gustaría estar casados con la Tonka.

—Lo molestan con que no trabaja. El Clinic publicó un titular diciendo que Parived se oponía a la reforma laboral…

—Pero trabajar no significa que debas ir en metro con un maletín a tu oficina. El trabaja en su casa, tiene un negocio internacional de venta de antigüedades en Europa. Pero a los dos les gusta ser muy privados. Y lo pasamos fabuloso. El parece un tipo serio pero no es para nada así, nos reímos como locos. Hemos viajado por todo el mundo, y él es muy espiritual y le gusta ir a ver tumbas de gente muy especial. Lo hemos pasado muy bien.

—¿Dónde están sus límites, cómo se mide?

—Siempre he dicho que yo no tengo tanta plata como todos creen, y como ahora no voy a tener ingresos porque cerré mis minas, debo ser cuidadoso. No estoy llorando, pero como los intereses en el banco son muy bajos y yo no invierto en la Bolsa… Tengo mi plata en bonos del gobierno americano a una tasa del 3 por ciento, que es lo menos rentable pero sí lo más seguro. Los banqueros dicen que no sé nada, que soy un tonto, pero thats the way I am.

Y retoma el tema de los límites. “Me gustaría tener mucho más para dar más, pero es imposible ayudarlos a todos. A veces mi señora tiene miedo, que no le voy a dejar para mis hijos… Le digo que no se preocupe, que todo depende de Dios. Por último vendo otra casa”.

—¿No le asusta quedarse sin dinero?

—Si Dios me lo dio es para disfrutarlo, compartirlo. El dinero va y viene.

—¿Cuál es su mayor miedo, cuándo se siente vulnerable?

—Soy un hombre religioso y whatever happens, no le temo a nada, ni a la muerte. He tenido tantas aventuras, viajes, he logrado tanto que, si muero mañana, I will die happy. ¿Cuántas personas podrían decir lo mismo? Obviamente que mis hijos están chicos y me daría lástima, pero moriría feliz, aunque no de esas enfermedades donde se sufre. He hecho lo que he querido; a los 47 años ya lo he logrado todo, más de lo que podría haber soñado. La plata, el reloj, los autos, eso uno no se lo lleva después de muerto, pero lo que he hecho, mis obras, eso sí me lo voy a llevar a la tumba.

‘La Universidad del Mar es la punta del iceberg’

Posted on: February 1st, 2013 by Lenka Carvallo

Que pronto podrían cerrar más universidades y que aún quedan más figuras públicas por caer. Se refiere también al caso Precht y a la censura que dice le impuso tanto Agustín Edwards como Alvaro Saieh.

Hace calor, pero en el jardín de la periodista María Olivia Monckeberg, Premio Nacional de Periodismo 2009, directora del Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile, corre un aire fresco. Ahí están sus plantas, una de sus grandes pasiones: hortensias y cactus de todos los tamaños, que ella trae de su casa en Los Vilos y que están repartidos en decenas de maceteros.

Viene saliendo de un año intenso, entre su rol en la Universidad de Chile y los coletazos de su última investigación sobre el Caso Karadima. A lo que se suma su nuevo libro, de cuyos detalles no suelta prenda, salvo que el lanzamiento podría ser este año: “El 2013 es impar: todos mis libros han salido en fechas impares: El saqueo, 2001; El imperio del Opus Dei, 2003; La privatización de las universidades, 2005; El negocio de las universidades, 2007; Los magnates de la prensa, 2009 y Karadima, el señor de los infiernos, 2011. Con todos consiguió un amplio reconocimiento y, si bien sólo el de Karadima fue éxito de ventas, sus investigaciones la han mantenido en la discusión pública. Su trabajo sobre las universidades, por ejemplo, se convirtió años después en una guía para entender el conflicto.

Varias de las entidades educacionales mencionadas en el texto, así como los nombres de empresarios vinculados a este negocio, hoy están en el ojo de los medios. Ese fue el caso de Teodoro Ribera —a quien ella le dedicó un capítulo completo—, quien debió renunciar a regañadientes a su cargo como ministro de Justicia luego de una serie de comprometedores mails con el presidente subrogante del Consejo Nacional de Acreditación (CNA), Luis Eugenio Díaz Corvalán, quien actualmente está bajo arresto domiciliario, formalizado por la Fiscalía Oriente por los delitos de soborno, cohecho y lavado de activos. Una de las universidades privadas más beneficiadas por la CNA fue precisamente la Autónoma (de la cual Ribera es dueño y donde también fue rector), a la que Díaz —según un informe de la Fiscalía— cobró 100 millones de pesos por acreditarla por cinco años. Correos electrónicos entre Díaz y Ribera probaron que el ex consejero llegó a pedirle al ex ministro que lo contratara como asesor del ministerio.

“Esto andaba mal, muy mal, se veía venir. Escribí el libro el 2007, terminó el último gobierno de la Concertación, donde muchas de sus figuras participaban del negocio, pero esto ni siquiera era tema”, asegura sobre la evolución del modelo de educación superior privada, ideado en tiempos del gobierno militar y que hoy deja en evidencia situaciones muy anómalas que cuestionan su estabilidad. “Con Piñera vinieron los síntomas de esta enfermedad, de este caos en la educación superior, pero a nivel de gobierno y partidos políticos se hicieron los sordos. Posteriormente se constituyó la comisión investigadora de la Cámara de Diputados, que sacó un informe que fue aprobado por un voto y donde la Alianza se manifestó en bloque, descalificándolo por todos lados… Y luego algunos concertacionistas también se hicieron los lesos y no dieron quórum. Pero aunque no tuvo el apoyo de los parlamentarios, sí tuvo eco en la Justicia. Una situación bien especial, donde ante la falla de dos poderes del Estado, como el Ejecutivo y el Legislativo, es un tercer poder, el Judicial, donde se abrió una esperanza importante de que se transparente esta situación, para que se conozca la verdad y ojalá se haga justicia, porque lo que está en el tablero ahora es la fe pública. El propio fiscal nacional la ha calificado de megainvestigación”.
Eso es lo que ocurrió en la Universidad del Mar, el caso más brutal de una promesa de educación que termina en fraude: 17.000 alumnos quedaron indefensos luego de que la entidad se declarara en quiebra y ahora se descubrió que también había obtenido su acreditación de manera fraudulenta por parte de la CNA.
“Este caso ha sido tremendamente ilustrador, una tragedia para miles de estudiantes, incluso para sus profesores y trabajadores, con sueldos impagos, sin imposiciones”, afirma María Olivia. “Y no creo que sea la excepción: esto es la punta de un iceberg; una muestra de hasta dónde ha podido llegar este sistema. Es un hecho que estamos hablando de corrupción, y es lo que está investigando la Fiscalía Oriente”.

“EN EL GOBIERNO SE HICIERON LOS SORDOS, no se atrevían a abordar el conflicto públicamente, porque el sistema está haciendo aguas y es un proyecto diseñado en dictadura. Tiene que ver con el modelo económico que se impuso en Chile. Y enfrentarlo sería como reconocer el fracaso. Aquí hay instituciones que no debieran llamarse universidades, hay instituciones que están lucrando a través de inmobiliarias, pero miran para el lado, no quieren ver por qué están defendiendo un sistema que ellos mismos ayudaron a crear en los tiempos de Pinochet… Y porque implica pensar seriamente en el fortalecimiento de la educación pública, algo que la derecha no quiere hacer. En el fondo hay un tema ideológico de por medio. Eso es evidente”.

Según Monckeberg, el gobierno y la Alianza no han reaccionado como corresponde frente a la grave crisis que afecta a la Universidad del Mar: “En la universidad hay una intervención, pero todas las reacciones han sido sobre la marcha; el Estado todavía no está asumiendo total responsabilidad; aún hay jóvenes que te están diciendo ¿bueno y qué hago yo, si estoy endeudado con la Universidad del Mar? Y la repuesta ha sido arrégleselas por su cuenta porque usted contrajo eso”.
De hecho, cree que en un momento el gobierno se concentró más en respaldar a Teodoro Ribera en su cargo como ministro, que en abordar la crisis educacional.
“Siempre me impresionó que Piñera nombrara a Ribera como ministro de Justicia. Me parecía muy especial que hubieran designado a una persona con ese nivel de connivencia —dueño de la Universidad Autónoma del Sur, del Incacea y de inmobiliarias vinculadas al negocio— en un cargo de gobierno. Se trata de una familia ligada al Poder Judicial y muy cercana a Pinochet. El mismo Ribera fue dirigente de Renovación Nacional. Y esos días en que no caía, en que no renunciaba y se resistía, era por los lazos políticos, probablemente empresariales y de amistad con figuras muy insignes de RN, partiendo por el propio Piñera y siguiendo por Andrés Allamand, de quien es amigo”.

 

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Ciper poderosa

Posted on: January 17th, 2013 by María Angélica Bulnes

Pese a eso, esta experimentada periodista explica que hay casos e historias que aún no la dejan sentirse una reportera de excelencia.

Mónica González ha recibido muchos premios internacionales y diplomas, pero no hay ninguno de ellos colgado en su oficina. Sólo detrás de una pila de carpetas y papeles, aparece sin mucha solemnidad uno del Foro de Periodismo Argentino (Fopea). “Hay que mantener el ego a raya”, señala.
Los diplomas están enmarcados en una sala vecina, y la mayoría de esos homenajes y reconocimientos destacan su integridad y trayectoria periodística. González fue de las pocas reporteras que denunció las violaciones a los derechos humanos en la dictadura y las operaciones de las autoridades del período, razón por la que estuvo presa dos veces. Sus investigaciones aparecieron en las revistas Cauce, Análisis y en libros de los que es coautora como Bomba en una calle de Palermo (1986), sobre el asesinato del general Prats o Los secretos del comando conjunto (1989). Hace pocas semanas, además, lanzó una versión ampliada de La Conjura. Los mil un días del golpe, que incluye nuevos antecedentes de cómo se tejió la trama que terminó por derrocar a Salvador Allende.
Pero ella no vive de lo hecho durante la dictadura. La periodista reporteó la transición política desde la subdirección de La Nación y como editora de Cosas, siguió el curso de la democracia en la revista Siete+7 y el diario Siete y hoy es directora de una rareza periodística llamada Ciper (Centro de Investigación Periodística), un sitio online que hace reportajes en profundidad. A diferencia de la mayoría de los medios chilenos, no depende del avisaje y es una fundación sin fines de lucro que se financia mediante donaciones, fundamentalmente de Copesa.
—¿Cómo se gestó Ciper?
—En mi casa, después del cierre del diario Siete, que fue un golpe terrible porque teníamos un equipo de excelencia.
El diario que había fundado y dirigía no obtuvo suficiente avisaje privado ni del Estado para subsistir y cerró en junio de 2006. Varios periodistas se reunieron en la casa de González, para buscar trabajo. “Postulé a la Biblioteca del Congreso y no me aceptaron”, explica ella. En ese momento, el empresario Alvaro Saieh, dueño de Copesa y varias compañías, quien financiaba la mitad de Siete, le preguntó lo que realmente quería hacer. Mientras ella hablaba de periodismo de investigación y reportajes de largo aliento, él sacó lápiz, papel y calculadora, pidió números y le dijo: Te lo compro, lo financio. Por eso, ella sólo tiene palabras de agradecimiento para el empresario, su hijo Jorge Andrés y los gerentes de Copesa. “Jamás en cinco años y medio han metido una sola cuchara en la línea editorial, jamás me han preguntado qué estoy haciendo, qué voy a hacer o por qué hice algo”.

CIPER NO REPORTEA LAS COSAS LINDAS QUE TIENE LA VIDA. Durante 2010 por ejemplo, indagó sobre la salud pública chilena y reveló las “irregularidades que diariamente cometen la mayoría de los médicos” y la falta de control que existe al respecto. También siguió a fondo el caso Karadima, lo que se tradujo en el libro Los secretos del imperio de Karadima. Durante 2011, promovió la discusión sobre la educación a través de temas como el funcionamiento del crédito con aval del Estado (CAE), sin dejar por ello pasar el escándalo de La Polar. Este año ha puesto varios temas en la agenda: los sobreprecios en la licitación de equipos para detectar drogas que llevaron a la salida del ex fiscal Peña del Ministerio del Interior, las dudas en torno a la última encuesta Casen y las denuncias de irregularidades en la Comisión Nacional de Acreditación, que salpicaron a Teodoro Ribera, quien terminó por renunciar al Ministerio de Justicia. “En Ciper no deseamos botar ministros, ni gobiernos; queremos fiscalizar las políticas públicas porque eso es lo que afecta a los ciudadanos”, señala.
El medio mete mucho ruido con un equipo de sólo cinco periodistas y dos corresponsales. Todos, incluida la directora, reportean, y muchos de los artículos se hacen en conjunto. González lee todos los diarios y revistas, todos los días, enteros: las cartas al director, las editoriales, la vida social, la farándula. “A partir de ahí uno va abriendo los ojos y se pregunta por qué tal tema no está”.
—¿Y dónde está puesto tu ojo actualmente?
—No podría decir en específico, pero lo que me impresiona como tónica común es el grado de vulnerabilidad que sienten muchos cuando ponen un pie en la calle. Desde que el Transantiago no funciona, que van al banco y les cobran una cantidad de cosas y no saben por qué. La gente paga como ciega la mensualidad de la tarjeta de crédito, la cuenta de la luz, teléfono y de repente siente que el agua tiene un sabor raro y no tiene a quién reclamar, se enferma y va al hospital, a la isapre o la clínica y todo es engorroso. Siente cada metro que camina que la están engañando y eso es muy terrible.
—¿Cómo es hacer periodismo hoy comparado con la dictadura?
—Difícil. Lo he dicho antes y a veces la gente no entiende, pero mira: en dictadura todo era negro o blanco, tú sabías dónde estaban los malos y lo que significaba buscar la verdad, quiénes torturaban, asesinaban… Estaba el sector de privatizaciones donde se robaba mucho,  las cárceles ocultas, servicios de inteligencia secretos y víctimas. La justicia era sorda y muda. Todo estaba claro. Hoy no. Todo parece funcionar, no se arriesga la vida, no hay muertos, por suerte se acabó esa historia, pero la gente se siente despojada y muchas veces no tiene a quién recurrir. Y en medio de todo este desarrollo que tenemos, que es innegable, lo que es impenetrable es el foso que separara al sector que acumula la mayor riqueza del país, y la gran mayoría de chilenos que está al otro lado.
—¿Es decir, que si bien en dictadura era más peligroso, hoy es éticamente más complicado?
—No es sólo eso. La motivación para hurgar en los problemas que están ahí y todos vemos, pero que no nos sorprenden, hay que encontrarla, crearla. Antes la motivación era terminar lo antes posible con la dictadura. Yo nunca he sido una mujer muy valiente, pero ese es un motor que te hace sacar fuerzas. ¿Hoy cuál es, dónde encuentras la mística y épica de descubrir cosas que todos dicen que se sabían?
—¿Dónde la encuentras tú?
—¡En que es obvio que la gente tiene miedo! No a que la asalte el delincuente callejero, sino el de cuello y corbata, y no sabe cómo enfrentarse a él. Son millones de personas, ¿cómo no va a ser lindo ayudarlos? Aquí hay algo que no se dice, pero si hay una deslegitimación de este sistema, no es porque vino una izquierda marxista y lo deslegitimó, no existe esa izquierda marxista potente. Está desacreditado porque el apetito por más ganancia y el abuso de los sostenedores del sistema y la violación de las reglas del mercado de los que lo sustentan llegó a tal nivel que lo deslegitimaron. ¿Cómo no va a ser épico mostrar cómo violaron sus propias reglas? Para mí lo es. Pero hurgar en el poder es muy difícil, porque hay que encontrar balances, descifrarlos…
—En tu vida has tenido que lidiar con muchos poderes: militar, político, económico, eclesiástico… ¿A cuál es más difícil entrar?
—El económico, sin duda. Es cerrado, porque son una cofradía que tiene códigos, que se permite cosas que no se cuentan, porque logran algo que me parece repugnante que es determinar quiénes son admitidos o no en la sociedad, y los que califican no son siempre los más honestos, trabajadores o buenos. Porque son xenófobos, despreciativos muchas veces, no en general. Hay ciertos códigos que son muy molestos, pero a mí me resbalan.

LE RESBALAN PORQUE ELLA NO TIENE CONFLICTOS CON SU ORIGEN. “Soy hija de un obrero ferroviario y una dueña de casa, nací en una población, estudié en un liceo, el número nueve, en los tiempos en que había mezcla en los liceos, la hija de un obrero, la de un funcionario público, la de un médico, y eso era muy bueno…”.
—Pero a ti te financia un integrante de ese mismo poder económico al que criticas.
—Pero un hombre que jamás —y te quiero decir que yo no tengo una relación social con él— nunca desconoció su origen, siempre me ha impresionado eso de Alvaro Saieh. Su madre atendió una paquetería en Talca hasta el último día. A mí eso me gusta. En este país somos maravillosos para desconocer si nacimos en una población de San Miguel, en La Victoria, imagínate en La Legua. Yo nací en la Pila del Ganso, a toda honra.
—Tú dices que él nunca ha tratado de influir ni se ha metido en la línea editorial pero tú…
—¿Si me he metido yo en sus negocios?
—¿Tendrías la libertad para hacerlo?
—Sí, claro. Cuando investigamos el CAE y descubrimos que había un negocio de seis por ciento de interés que se lo regalaron a los bancos, descubrimos que Corpbanca había licitado. La tratamos igual que a los demás, llamamos y pedimos que nos explicaran y fueron los únicos que nos contestaron. Cuando hicimos el tema de multi-rut de las empresas del retail, que es una triquiñuela para evitar la negociación colectiva y otras miles de cosas, los Saieh eran accionistas de Ripley y yo no los llamé para decirles que iba a publicar ese reportaje. No pasó nada.
—¿Y qué te pasa a ti cuando hay gente que conoces, o te cae bien, involucrada en un caso?—Es horrible nomás, pero la gente de Ciper no trabajaría con la mística que trabaja, las horas que dedica —que son muchas—, ni pondría el empeño que pone si me hubieran escuchado a mí decir: Ese es mi amigo, no lo toquen. He perdido amigos aquí y es duro, pero cómo voy a estar predicando algo si a la primera digo: Ah no, a tal persona no la toquemos. Me pasó con Cristián Precht. Me tuve que inhibir de investigar…
—¿Es muy amigo tuyo?
—Sí. Ya no lo veo. Hemos investigado el caso y seguramente lo vamos a seguir, y entonces no pude verlo más. Mis relaciones personales no pueden interferir. Pero es algo muy privado, es muy devastador. Tengo que cumplir con mi deber ético. Si uno aspira a tener credibilidad con la gente, y a cumplir con el equipo y con quienes nos financian, no puedo tener un ojo tuerto. Yo obviamente soy una mujer con ideas políticas, aunque no pertenezco a ningún partido, pero no puedo tener una mirada inquisidora e investigativa para un sector y no para otro.
—¿Te das cuenta de que al investigar al poder te vas convirtiendo en poderosa?
—Nooo, no. Yo sigo teniendo mi vida exactamente igual que antes. No he cambiado mis gustos. Nunca he pensado que este es un trampolín para ascender socialmente, todo lo contrario.
—¿Qué es lo que más te ha costado hacer en democracia?
—No puedo encontrar algo difícil… Pero que me dejara huellas profundas, Karadima, porque fue muy duro enfrentarse a tanta gente dañada, y Spiniak, que fue un horror. Fue un horror.
—Eso lo reporteaste en Siete+7.
—Sí, y lo investigamos a fondo. Ahí hubo algo que nos retrata bien y que es muy feo: para la opinión pública en el caso Spiniak, lo esencial fue si había políticos involucrados (Ávila, Novoa), las denuncias del cura Jolo, Gemita Bueno y el caso era mucho más. Porque a diferencia de lo que ocurrió con Gemita, lo que nadie desmintió y están las pruebas porque tengo las fotos espantosas guardadas, es que hubo decenas de niños muy pobres abusados. Se compraba droga para dilatarles el ano, se les daba alcohol y nadie se preocupó de ellos. Lo real, lo importante, era que había un tipo con un gimnasio, relaciones y dinero que pagaba para que le trajeran a niños, jóvenes y armar esas fiestas donde los abusaron durante mucho tiempo. Me da cargo de conciencia todavía.
—¿Cuándo dices ‘los abusaron’ a quién, además de a Spiniak, te refieres, políticos?
—No, está probado que los que participaban en las fiestas eran varios adultos. No hay ningún político en esas fotos.
—¿Por qué cargo de conciencia?
—Se supone que soy una persona que mira, que soy sensible… Y pasaba por la Plaza de Armas. Los miré tantas veces y no vi en sus ojos de horror. Por eso cuando me hablas de poder yo digo: ¿qué poder? Me gustaría tener poder para que no se me cierren los poros, porque esa fue una falencia nuestra de no haber visto. Karadima es lo mismo… Qué raro, en las dos cosas son los errores.
—¿Cuál fue tu error?
—Se supone que soy una persona informada, y durante 50 años un cura abusó de una elite de una manera abyecta, horrorosa y provocó daños para el resto de la vida de muchos jóvenes. Es un grupo al que no pertenezco, pero me importan, muchísimo, sus padres no supieron que le estaban entregando a un cura asqueroso, ávido de poder y sexo, a sus hijos, y yo no me di cuenta. Yo creía que sabía quién era quién en la Iglesia, y nunca me fijé en que había un cura que controlaba el 25 por ciento de la Conferencia Episcopal y que no era obispo. ¿Eso no es un error? ¡Es un tremendo error! Es criminal en periodismo. Es una bofetada que te desequilibra y te impide durante mucho tiempo sentirte que eres una excelente periodista.

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