Una especie de calzas, con una vestido holgado de mangas largas encima. Además, hay que agregarle un pañuelo que oculta el cuello. Todo de lycra al igual que los trajes de baño de esta parte del mundo. Bueno el pañuelo no lo usé porque no soy musulmana.

Cuando supieron mis amigas se escandalizaron. Ellas piensan que es dar un paso atrás en la situación de la mujer, en la liberación femenina… Pues bien podía yo, al no ser musulmana y extranjera, usar uno de mis trajes de baño —que lleve a pasear—. Nadie podría haberme tomado presa, ni menos apedrear en la plaza pública por andar mostrando tanta piel.
Pero el tema es que me fui a meter a playas egipcias-egipcias, donde no hay extranjeros… Todo ahí era egipcio… y ¡musulmán! Entonces pensé: “Si me baño con mi traje de baño normal, no me van a decir nada, pero las señoras empezarán a sacar a los niños del agua, ellas también se irán, a los pocos minutos saldrán todos despavoridos, terminará siendo como en la película Tiburón; una estampida por mi causa”. Entonces acepté cubrirme.

Estuvimos en un resort nacional. Yo fui con el burkini negro con mangas blancas que mi marido —egipcio y musulmán— me compró. Era lo más parecido a Willy (Liberen a Willy) o a ¡La orca asesina! Y al primer piquero en la piscina, los salvavidas se acercaron a mi marido y le pidieron cortésmente: “por favor su mujer debe usar pañuelo”. El les explicó que yo no era musulmana. Ellos insistieron, esta vez porque mi pelo podía tapar el filtro de la piscina. Un pretexto absurdo, porque soy melenita media. Pero para poder disfrutar de la piscina tuve que taparme el pelo.

burkini-oki

Los occidentales equivocadamente piensan que las musulmanas se cubren por respeto a sus maridos, pero no es así. Es tan fuerte la educación religiosa, que ni se lo cuestionan, es parte de su vida, algo muy natural. Y la religión se respira en Egipto desde que te levantas hasta que te acuestas.

Así que nada que hacer, aprendí a disfrutar de la prenda horrorosa. Con ella me bañé en el Mediterráneo, el Mar Rojo y en cuanta piscinas egipcia pude. Me lancé más piqueros que en toda mi vida, sin preocuparme del glúteo o del escote, floté boca arriba y de vez en cuando hasta tiraba un chorrito de agua por la boca… Fui una orca asesina gozadora y feliz. A pesar de estar tan entrapajada fui libre como cuando niña, sin esa absurda competencia que existe en las playas occidentales por ser la más espléndida y parecer una maniquí en la arena.