Cerca del mediodía y en un restorán en pleno Parque Forestal se asoma una mujer con un rostro sutilmente maquillado. Vestido blanco, tacos, anteojos de sol, se presenta: ‘Yo soy Dani’. Daniela Vega (25) se sienta en la terraza, prende un cigarrillo y con un tono de voz suave comienza a relatar su historia. Tenía ocho años cuando entendió que su cuerpo masculino no coincidía con cómo se sentía.

Recuerda que su alter ego de niña era su abuela, una enfermera flaca de pelo castaño largo que usaba a diario aros de perla y maquillaba sus ojos y labios a la perfección. Daniela quería jugar con muñecas, lo intentaba, pero era imposible. A cambio, iba a la casa de esta mujer refinada, subía a su pieza, se metía en el clóset, se ponía sus zapatos y modelaba frente al espejo. Una de sus fantasías era sentir el ruido de los tacos femeninos. Solía caminar a un costado de su madre o de su abuela, imaginando que era ella la que marcaba sus pasos con los tacones. “Mi abuela me vio un par de veces, pero nunca dijo nada. Yo creo que sabía o entendía lo que me pasaba”.

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En el colegio la historia era diferente. La catalogaban de fleto, de maricón, agresiones que incluso llegaron a los golpes ante la indiferencia de los profesores. “Mi pregunta era ¿cómo asumo que no soy gay pero tampoco soy hombre? Mi cuerpo me decía a cada rato: querida, no es este camino por el que vamos a ir, sino otro”.

Estadísticas internacionales indican que uno de cada 100 mil hombres siente que su sexo biológico no corresponde a su sexo sicológico, condición que experimentan una de cada 200 mil mujeres. En Chile, entre 2006 y 2014, 150 personas han realizado los trámites para cambiar legalmente de sexo, según datos del Registro Civil: 73 de masculino a femenino, y 77 de femenino a masculino. Pero se estima que el número real de transexuales en el país es más alto y que la mayoría no llega a esta instancia por falta de dinero o por lo engorroso del proceso en tribunales. Lo que sí está claro para los especialistas es que son cada vez más los que se atreven a consultar.

El endocrinólogo Enzo Devoto tiene más de tres décadas de experiencia en este tema. Cuenta que en los ’90 solían llegar hombres de treinta y tantos, incluso de 40 años, muchos de ellos casados y con hijos, pero que ya no soportaban lo que les pasaba. Hoy, en cambio, la mayoría son adolescentes y niños acompañados de sus padres.

“Hay más información. Buscan en internet y encuentran el relato de casos muy parecidos a los suyos”, comenta la sicóloga Janet Noseda, experta en identidad de género.

Un artículo de prensa que llegó a sus manos cuando tenía 13 años fue clave en la historia de Daniela. Ahí, por primera vez, entendió lo que era la transexualidad y fue entonces cuando todo se aclaró en su mente. A los 14, les dijo a sus padres: ‘Mamá, papá, soy mujer’. Con una sonrisa, cuenta que ambos la apoyaron. “Se fueron de viaje y de regalo me trajeron una maleta de maquillaje. Empecé de a poco a feminizarme, hasta que a los 18 fue definitivo con la terapia hormonal”. Hoy, su vida es como la de cualquiera; mantiene una relación con el pintor Nicolás Raveau, quien desde un principio supo que es trans: “No es que sea una caricatura de mujer, soy mujer”.

Pero el apoyo inmediato que recibió Daniela de parte de su familia no es la tónica en estos casos.Brasileño con corazón parte chileno, hijo de padre militar, Lukas Berredo (28) es uno de los activistas más influyentes en temas trans en Chile. Hace casi dos años vive en Ningbo (China), donde finaliza un magister de Relaciones Internacionales en la U. de Nottingham. De su infancia dice que era un niño más. En todas las fotografías de esa época aparece junto a su hermano y los amigos, jugando a los autitos y a los monitos de acción. A los ocho comenzó a sospechar que su cuerpo no se desarrollaba como el del resto y eso le dio esperanzas: “Veía a mis compañeras y ellas a esa edad ya eran niñas. Sentía que para mí había una oportunidad de dar vuelta la situación”. Pero a los 13 tuvo la menstruación y el mundo se le vino encima. “Mi papá se puso súper contento porque me convertía en ‘una jovencita’. Al escucharlo, me encerré en mi pieza, no quería ver a nadie”.

A los 16 se atrevió a dar el primer paso para admitir lo que ni él mismo quería ver: les dijo a sus padres que le gustaban las mujeres. Lo siguiente fue asistir a un encuentro del grupo LGTTB (lesbianas, gays, travestis, trans y bisexuales) en Brasilia. Allí conoció el caso de un hombre transexual. “Las similitudes entre su vida y la mía eran miles. Ahí me dije, yo soy trans”. Entender finalmente lo que le pasaba sólo fue una mezcla de alegría y, a la vez, angustia por la reacción que generaría en su entorno familiar.

En marzo de 2006 su familia se mudó a Chile. Al año, decidió comenzar su tratamiento hormonal. Les contó a sus padres, quienes no brindaron apoyo. “Mi papá me dejó de hablar por mucho tiempo. Cuando notó que tenía barba, se enojó y me preguntó que era lo que estaba tomando”.

Para realizarse la mastectomía trabajó, vendió ropa en la feria, computador y otros artículos personales. Luego consiguió que su histerectomía (extracción de útero, trompas de Falopio y ovarios) fuese financiada por Fonasa: “Mi sueño era ir a la playa y sacarme la polera tranquilo”. Con el tiempo la relación con su madre fue mejorando, y ella lo cuidó luego de su primera cirugía. “Cuando hice el cambio de nombre en un tribunal de Brasil, mi madre fue mi testigo. Hoy estudia sicología y conversamos siempre sobre temas de género. En cambio mi papá sigue en negación, cada vez que hablamos me llama por el nombre que me dieron al nacer”.

El órgano sexual más importante es el cerebro. Una serie de estudios han ido demostrando que no existe una causa sicológica o medioambiental para el transexualismo. Por el contrario, hasta el momento los resultados apuntan exclusivamente a una condición de origen biológico, que se generaría durante el período de gestación.

El doctor Carlos Valenzuela, genetista y académico de la U. de Chile, explica que aún falta mucha investigación para ser concluyentes respecto del transexualismo, pero se sabe que el cigoto y luego el feto se desarrollará en lo genital y en lo cerebral, que en un principio son indeterminados, según la información genética y hormonal contenida en el ADN. Pero esto ocurre en momentos distintos: en la semana 12 ya se habrán diferenciado los órganos sexuales conforme sea XX o XY. Los ovarios producirán estrógenos y los testículos generarán testosterona. Durante la segunda mitad del embarazo, estas hormonas serán las encargadas de llevar las señales respectivas al hipotálamo, zona cerebral donde se aloja lo que se ha denominado centro de la identidad de género.

Se desconocen las razones que impiden que este proceso se cumpla a cabalidad, pero sí está demostrado que individuos genéticamente masculinos tienen ciertas estructuras y circuitos cerebrales femeninos, lo que justificaría el fuerte sentimiento de haber nacido con el sexo erróneo. Condición que no tiene ningún vínculo con la orientación sexual ni menos con el travestismo. Janet Noseda explica que los transexuales pueden ser homosexuales, heterosexuales o bisexuales. Incluso, la sicóloga hace una diferencia entre los transexuales y los transgénero: los primeros sienten la necesidad de operarse para cambiar definitivamente hacia el sexo con el cual se identifican; los segundos, si bien recurren a terapias hormonales para modificar su aspecto, conservan sus órganos sexuales de nacimiento.

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Mia Rose Elbo (24) nació como Raimundo Elbo. Ella es una transgénero y lesbiana. Con un vestido negro ajustado que muestra su delgada silueta posa frente al lente de la cámara y sonríe, mientras le pide a Fernanda (18), su polola, que le maquille los ojos y le pinte los labios. Dice que desde pequeña jugaba con barbies que compró a escondida de sus padres: “No sé cómo no se enteraron antes, era algo evidente”. Ex alumna de The Grange School, tiene dos hermanos, uno de 26 y otro de 19, que la apoyan incondicionalmente. No ocurre lo mismo con sus padres.

A los 17, les contó a través de una carta lo que le pasaba. Quería egresar de cuarto medio usando jumper, ponerse vestido y tacos para la fiesta de graduación. “Cuando mi papá se enteró, tenía una cara de decepción y pena. Me arrepentí de haberlo hecho y eso hizo que me reprimiera aún más”. Tanto, que siguió su vida como Raimundo, entró a la universidad, se tituló en 2012 y viajó a Japón. Días antes de partir, su madre le preguntó si era gay. Mia respondió: ‘no, soy mujer’. Cuenta que su mamá perdió el control por el miedo que le provocaba la discriminación que podría sufrir: “Me dijo que me iba a tener que ir de Chile. Nadie me iba a aceptar”.

Pero Mía regresó y decidió comenzar con su terapia hormonal, aunque el problema seguía siendo su padre: “En mi casa tenía que ser hombre. Me ignoraba, era como si yo no existiese, de hecho, creo que aún no lo asume”. Para completar ‘el proceso’ tomó sus cosas y se fue de la casa. “Si hubiese sabido antes lo que me pasaba, todo habría sido más fácil. Perdí mucho de mi infancia y adolescencia. Incluso, los recuerdos que tengo de esa época los asocio a algo negativo. En un minuto pensé en desaparecer. Hoy soy feliz y me gusta que la gente vea lo que hice”.

Pese a la evidencia científica, hasta no hace mucho el transexualismo seguía siendo considerado como un trastorno mental por la siquiatría. Hoy se habla de disforia de género, concepto que intenta reflejar la angustia que sufre la persona que no se siente identificada con el sexo que le tocó al nacer. La mayoría de los transexuales detectan esta incongruencia antes de los cinco años. Viven una infancia marcada por una represión constante: “Crecen odiándose, nunca he atendido a un adulto transgénero que no haya pensado en matarse en algún momento”, dice Noseda.

La angustia se intensifica en la adolescencia, cuando descubren que sus sueños infantiles, esos que les permitían pensar que su cuerpo cambiaría por arte de magia, no se cumplen. “Cuando era chico creía que con los años iba a transformarme en hombre”, dice Juan Pablo, quien pidió un nombre inventado. Hoy tiene barba, patillas, cejas anchas y piel gruesa. Pero recuerda exactamente el momento en que se dio cuenta de que algo andaba mal: cursaba cuarto básico en un colegio laico del sur de Chile, cuando su mamá llegó con un regalo, era un sostén. Más tarde desarrolló su ciclo femenino, sus pechos crecieron y, con ello, la pena de no sentirse niña como el resto de sus compañeras: “No sabía lo que me pasaba. A los 14 vi Boys don’t cry y me sentí identificado. Eso sí, me guardé el secreto”.

Al sonar la campana del recreo, la rutina de Juan Pablo era correr a la multicancha para jugar fútbol con sus compañeros. La llamaban la niña-niño, apodo del que se sentía orgulloso porque lo consideraban un hombre más: “Lo pasaba mal por dentro. Nunca me aislé, pero sí escondía mi cuerpo”. Durante la Enseñanza Media, su intento de ser mujer fue en vano. Imitaba gestos de sus compañeras, pero confiesa que no le salían bien. “La verdad es que en ese minuto me sentí desesperado. Ser un hombre trans era una realidad lejana”.

Al salir de cuarto medio, les contó a sus padres: “Mamá, papá. Este no es mi cuerpo. Soy hombre”. “Ya lo sabía”, le respondió su mamá. El proceso de cambio de género comenzó en 2009. Su padre, quien murió dos años más tarde, fue el primero en interesarse y acudió por su cuenta al endocrinólogo. “El médico me comentó que era la primera vez que veía a un padre preguntando de qué se trataba el proceso. Mi viejo siempre estuvo atento a todos mis cambios y me apoyó en todo momento, porque sabía que yo quería esto”, cuenta emocionado. Ya con nombre y aspecto físico masculino, se vino a Santiago, abrió una nueva cuenta de Facebook y partió de cero. Hoy trabaja part time y está en segundo año de universidad. Afirma que a pesar de los costos que se corren al tomar la decisión de ser trans, al final es gratificante: “Afeitarse, cortarte el pelo como hombre, en fin cada cosa te hace feliz. Yo sé que la naturaleza se equivocó en el frasco en que vengo, pero se encargó muy bien en elegir a los padres y hermano que me tocaron”.