Quienes leen las breves historias, elucubraciones, confesiones de este blog saben que este año mi vikingo ha estado en Kabul como parte de la “Resolute Support Mission” de la OTAN. A pesar de que a veces se me aprieta el corazón con los extra noticiosos dando cuenta de los atentados que se suceden con cierta frecuencia, siempre lo hemos apoyado; lo admiro y me siento orgullosa de él. Y para que cumpla tranquilo con su misión, sabe que cuenta conmigo para mantener el “frente hogareño” funcionando.

Cuando le contamos a la familia y amigos que se iría por un año, unos se sorprendieron, otros se oponían con el argumento de cómo nos “dejaba”. Pero pronto todos coincidían en su generosidad, abnegación, en su capacidad profesional y apreciaban también su ambición profesional asumiendo nuevos desafíos.

Por esas vueltas del destino, se ha presentado ahora una oportunidad para mí para ir por un año a una de nuestras oficinas en el extranjero. La idea me pareció claramente atractiva y fue conversada en casa con las mini-vikingas y desde Kabul con el vikingo. Hablamos largamente sobre el equilibrio entre familia y trabajo, las responsabilidades compartidas en todo sentido, lo que significa “estar” física, espiritual y emocionalmente juntos  y, claro, de lo que ha significado estar un año sin el vikingo en casa.

La gran sorpresa me golpeó cuando comenté sobre esta oferta laboral con distintas personas. Desde los que me preguntaron con cara de cierta condescendencia y lástima “¿Está todo bien con el vikingo? Siéntete con la seguridad de contarme con una mano en el corazón”, hasta quienes con bastante franqueza me dijeron: “Pero ¿en qué piensas?, ¿no te parece que es una postura bastante egoísta, considerando que tienes dos hijas adolescentes?” , y los pocos que expresaron: “¡qué entretenido! ¡qué desafío más interesante!; debes estar orgullosa de la sólida familia que han formado y que pueden manejar las vueltas de la vida”.

Con una mano en el corazón les he contestado que coincido con que no se trata del momento más indicado y que habría sido fantástico si esta oportunidad se hubiera presentado hace 7 o 10 años. Pero no fue así y se está dando ahora. La pregunta es por qué lo que para un hombre sería una buena oportunidad, para mí es una decisión egoísta… Por qué una decisión que es apoyada en el caso de un hombre es criticada en el caso de una mujer. Por qué lo que para un hombre es un avance para mujer es el momento en que muestra su falta de compromiso con su familia.

Nunca había sentido tan vivamente el tema del doble estándar en el tema de género como ahora. Es más, me había sentido siempre “felizmente” al margen de estas discusiones, por la oportunidad de vivir en una sociedad como la danesa, donde la igualdad, en todo sentido, es altamente valorada y considerada. Pero al final del día, “a la hora de los quiubos” como decimos los chilenos, la equidad sigue siendo una tarea pendiente. Y más que nunca creo que es nuestra tarea seguir construyendo el camino para que las mini vikingas tengan otra experiencia, si en algún momento les toca vivir una situación similar.

Y por ahora los dejo aquí, mientras sueño en los beneficios de la flexibilidad laboral y la tecnología que me permitirán trabajar desde mi soleado Chile, cuando ya el invierno ha llegado al reino acortando y enfriando los días.

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