Acabo de tomar la que para muchos es la decisión más tonta e innecesaria de mis últimos años: me someteré a una intervención de cirugía plástica múltiple. Enumero. Me corregiré la nariz, sacaré arrugas alrededor de los ojos y levantaré la piel que sobra a los costados de la boca, esos surcos muy similares a una carita de perro.

Me corregiré la nariz, sacaré arrugas alrededor de los ojos y levantaré la piel que sobra a los costados de la boca.

¿Sigo? Quedaré con el estómago liso como antes de mis tres embarazos, la grasa de la espalda será trasladada un poco más abajo y me pondrán implantes mamarios. Pequeños, eso sí, porque no tengo ni la más mínima intención de convertirme en chica de la farándula. Bueno, la verdad es que a mis 45 años, lo de “chica” es un decir.

Nunca me sentí linda. En algún momento de mi adolescencia decidí que eso no importaba porque, después de todo, era inteligente. La mejor alumna del curso, a la que las compañeras envidiaban por sus notas y por pololear siempre con chicos guapos y no con nerds. Todo fue distinto en la universidad, momento clave en mi vida: como las exigencias aumentaron, dejé de ser brillante y pasé a ser simplemente aplicada y estudiosa. La ventaja comparativa, entonces, iba desapareciendo… Y también los pololos guapos. De hecho, nunca entendí muy bien cómo mi ex marido terminó fijándose en mí.

Admito que cuando veo mis fotos de universitaria, de recién casada, o con mis hijas pequeñas, me pregunto por qué tanta inseguridad. Soy, finalmente, una mujer normal: de estatura promedio (1,60), peso promedio (me paseo entre los 57 y 63 kilos) y no tengo rasgos que llamen negativamente la atención. Pero no estoy satisfecha. Nunca lo he estado, pese a los años de terapia que llevo encima.

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Fue el día que recibí un mail convocándome a una reunión de ex alumnos cuando mi cabeza hizo un click. Hace siete años que estoy separada, mis hijos están más grandes y es mi momento de ser egoísta. Si voy a enfrentarme a mi mejor época, entonces necesito una ayuda extra. Mínimo, un poco de bótox. No lo pensé y saqué una hora. Salí de la consulta un poco moreteada… pero con varios años menos. Estaba lista para mostrar mi mejor versión. Y, a la vez, algo interno se había quebrado. De alguna manera, fue como haber perdido la virginidad.

Después de eso quise más. Y tampoco titubeé. “¿Y si buscas un siquiatra, primero?”, me preguntó preocupada una de mis mejores amigas cuando le conté que había conocido a una cirujana plástico especializada en intervenciones múltiples, y que ya había pedido hora con ella. Me gustó la idea de entrar solo una vez a pabellón y salir de allí con todo reordenado.

“¿Seguro que no lo haces para encontrar un hombre?”, me dijo perspicaz otra amiga que halla pololos como si éstos se sembraran en el campo y se solaza con mi facilidad para caer de pastel en pastel. Le respondí que no. Que esto tiene que ver conmigo, como mina, y no con mi entorno ni con hombres.

“¿Y por qué no esperas hasta los 50? Si total falta tan poco”, me lanzó mi madre cuando le pedí que se hiciera cargo de mis hijas los días del posoperatorio. ¿Para qué esperar?, pensé en voz baja. La idea me ronda hace años. Al menos desde que cumplí 40. Veo los 50 a la vuelta de la esquina y me convencí de que no tenía sentido seguir postergando una decisión que de todas maneras en algún momento tomaré. Una siempre hace lo que quiere, al final del día.

¿Y por qué no esperas hasta los 50? Si total falta tan poco.

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Mientras mi mamá pide tiempo, mi cuñado se toma con relajo el cambio y me molesta con el tamaño de las pechugas que me pondré. Mi hermana también se ríe, porque ella será la única de las dos “100 por ciento natural, como Tonka”. Ahora viene lo más complejo: contarle a mis hijas. Quiero que me acompañen y que me comprendan, pero me da pánico inculcarles una idea falsa de la vanidad.

Sé que la mayor, ya adolescente, estará en contra. Que cree que se trata de un acto absurdo, propio más de jovencitas faranduleras que de una adulta, profesional, inteligente, una madre separada que no ha tenido mayores problemas para llevar su vida y su casa. Sé que las más chicas me apoyarán, porque siempre lo hacen, pero tengo temor. No quiero que crean que la cirugía estética es la solución a todos los problemas, porque no lo es.

Converso con las tres un mes antes de entrar a pabellón. Les digo que entiendo su enojo y sus temores. Que no me molesta que se opongan, pero que mi decisión ya está tomada. A la más chica, mi regalona, la niña más linda del mundo, le explico que estoy segura de que a diferencia mía, no tendrá que recurrir nunca a un bisturí para perfeccionar lo que ya es perfecto. Un aliento que probablemente me faltó escuchar cuando universitaria, cuando comenzaba a sentir que perdía mi imán con la belleza, y surgían mis dudas.

Ya está. No hay vueltas. Se acerca el día. No hay obstáculos. Los exámenes, tras varias sesiones con mi cirujana, indican que tengo un corazón fuerte, sin riesgo de embolias, que no padezco de Hepatitis C ni VIH. Pese a toda la calma médica, la noche antes de entrar al quirófano no duermo pensando en si acaso es una locura intervenir mi cuerpo sin la necesidad real de hacerlo. Sin estar enferma.

Marcela, la doctora, me recibe sonriente. Su calidez me tranquiliza. Me dan seguridad las cerca de 2 mil 500 intervenciones quirúrgicas exitosas en que ha participado. “¿Qué pasaría si me arrepintiera ahora y saliera arrancando?”, le digo seria, mientras ella, delgada y curvilínea, dibuja sobre mi cuerpo y cara las correcciones que hará luego con el bisturí y me toma las fotos más impublicables para las que he posado en mi vida.

Con la calma que la caracteriza, y que aprendí a conocer en meses de conversaciones en su consulta, me cuenta: “Alguna vez una paciente lo hizo… y nada. Cuando alguien no está totalmente convencido, es mejor no seguir adelante”. “Yo estoy muy segura”, es lo último que alcanzo a balbucear. Caigo en el sueño profundo de la anestesista.

Ocho horas más tarde despierto pidiendo ver a mi hermana, que acampa ese día en la clínica y ¡lavarme los dientes para ir a trabajar! Sí, pienso en ir a trabajar mientras mi cuerpo acusa seis intervenciones. Son los resabios de la anestesia los que me hacen hablar porque soy incapaz de mover un dedo.

Ocho horas más tarde despierto pidiendo ver a mi hermana, que acampa ese día en la clínica…

Recién un par de horas después estoy consciente al ciento por ciento. Veo dos caritas, claras: mi hermana y mi cirujana. Ambas sonríen como si estuvieran en un cumpleaños. Y es ahí cuando empiezo a sentir el cuerpo, a conectarme con su peso, con las extremidades, mis dedos se mueven. Lo más preciso que puedo decir es que me duele cada centímetro de piel. Estoy conectada a los calmantes que entran a gotas en mis venas, al aparato que atado a mis piernas evita una embolia y al drenaje que cuelga de mi bajo vientre.

Un “body” blanco, elástico, me cubre y comprime desde los codos hasta la mitad del muslo, para afirmar el cuerpo, pero no tengo fuerzas ni para moverme sobre un lado. Ni hablar de sentarme o pararme de la cama.Me dicen que todo salió perfecto. No alcanzo a darme cuenta todavía. Y demoraré semanas en convencerme de que fue así, pese a las fotografías tomadas durante la operación que me muestran con nueva nariz y nuevo cuerpo.

Esa noche, las siguientes en la clínica y luego en mi casa, prácticamente no duermo. Los somníferos hacen su trabajo por algunas horas y luego me quedo mirando el techo, incómoda de estar todo el tiempo de espaldas, sin la capacidad muscular de enderezarme sola, con la prohibición total de usar los brazos para impulsarme, porque cualquier fuerza mal hecha puede afectar los implantes mamarios o simplemente provocarme dolor más tarde. Intento ser obediente, más que nada porque con todo lo que me duele, basta y sobra.

Lloro un par de veces los primeros días del postoperatorio. Me digo: “Nunca más”. En parte por el dolor y también por la impotencia de verme tirada ahí, medio destruida. Tomo los medicamentos y los vomito, porque me dan náuseas. Aprovecho de hacer un repaso mental: la espalda liposuccionada desde las axilas hasta el coxis me duele como si me hubiesen raspado la columna vertebral. ¿Alguna vez se han quemado la piel? Eso. El trasero con 200 cc de grasa en cada glúteo (con el gentil auspicio de la espalda) se comporta perfecto. Nada duele por allí, afortunadamente.

El trasero con 200 cc de grasa en cada glúteo (con el gentil auspicio de la espalda) se comporta perfecto. Nada duele por allí, afortunadamente.

Tampoco duele la nariz cubierta por un yeso plástico ni el mini-lifting del que sólo sé que fue hecho por los parches alrededor de mi frente y los corchetes que puedo tocar entre mi pelo y que me convierten en la novia de Frankenstein por unas semanas. El humor es vital.

Los implantes puestos a través de la areola del pezón, bajo el músculo pectoral, no resultan un foco de dolor, pero sí de preocupación: ¡Se ven inmensos y salen desde mi cuello! Seguro hubo una confusión y terminé con los de Luli o Adriana. La doctora González, que debe haber visto mil reacciones como la mía, se ríe de mi pánico. “Se desinflamarán y comenzarás a rogar para que no sigan bajando”, me asegura. Unas semanas más tarde su predicción se cumplirá al pie de la letra.

Con mi estómago la situación es distinta. De partida, mis partos fueron normales. Es decir, no había cicatriz de cesáreas y me complicaba un poco tener ahora una marca, aunque sea tan baja que cualquier bikini la cubra. Una ecografía previa a la operación mostró una separación de 3 a 4 centímetros entre los músculos rectos abdominales, lo que es habitual entre las mujeres que han tenido hijos.

Si quería volver a ver mi estómago plano, debía haber una mini-abdominoplastía. Y así fue. Ahora, el dolor es importante, aunque no insoportable. No puedo toser ni reírme ni enderezarme. O sea, la mujer independiente que soy, depende de otros hasta para levantarse al baño.

Y a propósito de baño…, cuatro días pasan hasta que tengo autorización para lavarme el pelo. Una semana para tomar una ducha breve, siempre observada por mi madre, mi nana y la nana de una de mis grandes amigas. Deben asegurarse de que el agua tibia no haga bajar mi presión y no me desmaye en la tina.

Entremedio comienzan los drenajes que Anita me hace con aplicación; mientras, Solange, la paramédico, se ocupa del retiro de puntos y curaciones varias.

Han pasado 10 meses desde que decidí someterme a esta cirugía estética múltiple.

Han pasado 10 meses desde que decidí someterme a esta cirugía estética múltiple. Y mientras escribo estas líneas, observo desde arriba mi busto, erguido, perfecto. Frente al espejo veo a la mujer que siempre quise ser, con la nariz precisa para mi cara, con algunas arrugas menos y un cuerpo armónico que ya quiero lucir en los nuevos bikinis que me compré para el viaje al que parto en unas semanas.

Me veo mejor que nunca, no necesariamente más joven, porque no buscaba competir con una chica de 20 ni de 30. Solo quería ser la mejor versión posible de mí misma. Y lo soy.