Nunca pensó que tras cerrar su último restorán Open Wine Café & Bar hace dos años, se le abriría un mundo más allá de las paredes blancas de su cocina, donde su única preocupación hasta entonces eran sus clientes y proveedores. Yann Yvin menos imaginó que a sus 50 terminaría trabajando en TV y se convertiría de la noche a la mañana en una verdadera bomba sexy, con las mujeres rendidas a sus pies y acosándolo por las redes sociales.

Una faceta que no le incomoda, como nada nuevo que llega a su vida. Es un hombre inquieto, curioso, errante, que bucea, baila tap, que busca siempre experiencias distintas y, por lo mismo, no echa raíces ni se ancla en un lugar. Ni siquiera el éxito ni el dinero lo amarran. Tiene marcado a fuego el desapego. Así como luego de estudiar en la Escuela Hotelera de París, trabajar para Francoise Miterrand en el Palacio del Elíseo y de montar su primer restorán al noreste de la capital francesa, decidió dejar lo conquistado para recorrer Asia y Africa, hoy, tras 18 años radicado en Chile junto a su mujer Valerie Flat y sus hijos Valentine (18) y Adrien (17), luego de alcanzar fama y éxito como el exigente jurado de Masterchef, una vez más su espíritu aventurero lo llevó a abandonarlo todo y partir.

En mayo pasado se instaló con su familia en Montreal (Canadá) para que su hija pudiera dedicarse a la actividad circense, mientras que el menor aún termina el colegio, dejando así nuestro país al que llegó en 1997, tras haber escuchado hablar por primera vez de Chile en Cabo San Lucas (México) y luego de interiorizarse sobre nuestra cultura por un conserje de la Embajada chilena en París, quien a menudo le regalaba El Mercurio, se entusiasmó con nuestro clima, vinos y su espíritu patiperro lo trajo a probar suerte por estos lados. Con su mujer e hija recién nacida se estableció en el barrio Brasil. Recorrió el país para conocer los productos, con el tiempo estuvo a cargo de ocho restoranes, cocinó para varios líderes políticos y estuvo siete años a cargo de la alimentación del Club de Polo San Cristóbal… hasta que el 2014 lo llamaron para el casting de Masterchef, donde no sólo se ha robado la película por su atractivo, coquetería y estampa. También ha dado que hablar por su rigurosidad y dureza con los participantes, a quienes muchas veces ha mandado a la “miegda” por sus platos. No tiene pelos en la lengua y con él no hay segundas lecturas. A sus 50, Yann Yvin se siente con el derecho a manifestar lo que piensa, y así como ha dicho que Farkas es un payaso y que Coco Pacheco un simple cocinero sin mundo, también opina de nuestra política como un chileno más.

Está contento con su nueva faceta televisiva, y en su búsqueda de sensaciones y emociones nuevas, está dispuesto a tomar lo que se le presente. Ya actuó en uno de los capítulos de 20añero a los 40, tiene contemplado participar en un concurso de talentos (del que no da detalles) y pronto lanzará un libro de cocina para niños, “para que les enseñen a sus padres cómo tienen que comer, ya que Chile es el quinto país con mayor obesidad infantil”.

Su enganche con el público lo atribuye a que ha mantenido su autenticidad, “aunque me criticaron mucho en un comienzo. ‘Franchute de miegda, regresa a tu país, qué te crees humillando a nuestros chilenos’, me decían. La gente no entendía que cuando yo humillo no digo nada; la indiferencia es la peor humillación. Si grito, es porque me interesa”.

—¿Sus pares también cayeron en esa crítica?

—Un poco. Lo bueno de tener 50 años es que no te importa la mirada de los demás, vivo bajo mi ley, hago lo que me gusta. Tengo el privilegio de estar sin restoranes, entonces digo lo que quiero, a quien quiero, cuando quiero; al que le gusta bien, y al que no, ¡también! Agradar es lo que menos me importa, y esa libertad nadie me la va a quitar.

—¿Pensó alguna vez que la cocina terminaría convirtiéndolo en una bomba sexy?

—Es la visión de los demás, yo sigo igual. Entro en el juego, he pasado a ser casi un actor de mi vida, poniéndome en posiciones que nunca estuve y es lo entretenido. He sacado esa cosa escondida de mi personalidad que no sabía que tenía y ha sido un bonito descubrimiento.

—¿Me va a decir que desconocía su lado sensual?

—Sexy no tiene nada que ver con la belleza ni con los rasgos, es solo actitud. Una mirada, una sonrisa, el ojito que brilla, un hombro desnudo puede ser lo más sexy del mundo. Eso sí aún no me acostumbro a que las mujeres me lo hagan notar; me complica, me pongo rojo y nunca sé qué contestar.

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—Parece que lo acosan bastante, debe tener varias anécdotas que contar.

—La gente es cariñosa, pero más de alguna vez me ha pasado que mujeres me piden una foto, me abrazan y ponen mi mano en su pechuga. Yo me hago el hueón, como que no pasó ni sentí nada.

—¿Y su mujer cómo reacciona frente a este marido codiciado?

—Lo maneja bien. Ya son 20 años juntos, tenemos una relación de mucha confianza; no queda otra por mi rubro, trabajo de noche, llego tarde a la casa… cuando llego. Tuvo que acostumbrarse a ese estilo de vida, me conoció así y siempre fue así: soy un hombre nocturno. Si no tiene confianza, esto no funciona.

—¿Cómo alguien que busca emociones nuevas, permanece 20 años con la misma mujer?

—Tengo mi lado conservador. Suelo decir que se puede cocinar cualquier locura pero sobre una base, y la mía es mi familia. Lo central es dejar espacio al otro, no tratar de ponerle un marco, soltar las riendas cuando es necesario, que ninguno se sienta encerrado en lo cotidiano; eso mata cualquier pasión, es el peor enemigo del amor.

—¿Es de los que se resiste a las tentaciones?

—Cada uno tiene su jardín secreto, como se dice…. Hubo momentos de mi vida más complicados, hoy todas las fotos, teléfonos, invitaciones que recibo son virtuales, tendría que dar yo un primer paso, pero así no me interesa. Si voy a ‘caerme’ o ser seducido por alguien, jamás sería por las redes sociales.

—Es enamoradizo por lo visto, ¿la fidelidad para usted no corre?

—Creo en la fidelidad en la pareja pero más en las amistades que esperas tenerlas de por vida. La infidelidad amorosa es compleja, hay que saber manejarla. Enamoradizo no soy, es difícil enamorarse. Me gusta la mujer en sí, como ser humano; su sensibilidad y fuerza muchas veces superior al hombre. Me resulta fácil leerlas, descifrarlas.

Está encantado con su vida en Canadá donde él y su familia ya tienen visa de residentes permanente. “Llegamos en una muy buena época, en pleno verano cuando empiezan los festivales de jazz, música, cine, hasta el del costillar de cerdo. Todos los parques, piscinas, canchas de fútbol y de tenis son gratis. La gente se junta mucho afuera; como el invierno es crudo, apenas sale el sol parten a las plazas con sus barbecues”, cuenta el chef que tiene contemplado abrir allá un bar con vino chileno y argentino, con sopaipillas, pebre y pisco sour. A pesar del entusiasmo por su nueva vida, reconoce que 18 años en Chile no se borran de un plumazo, de hecho aún mantiene su casa donde se queda cada vez que regresa. “Aquí es donde más he vivido. Cuando vine en septiembre y vi la cordillera, fue un alivio. Mi dilema es cómo manejar mi vida, me encantaría la mitad del año allá y la otra acá, aprovechar los dos veranos; esa sería mi vida perfecta. Voy a obligarme a encontrar algo aquí para regresar cada cierto tiempo”.

—Estaba en el peak del éxito y decidió partir.

—Tenía previsto irme antes de entrar a la TV y no iba a cambiar mis planes. Con 18 años aquí, siento que cerré un ciclo y necesito abrir otro. Mi hija quería hacer circo y en Chile no es una carrera, a diferencia de Montreal que es el campus del Cirque du soleil, donde te entregan hasta un MBA en entertainment. Lo bonito de esta historia es que nada nos ata, vamos donde nos lleva el viento.

—¿De dónde viene ese espíritu suyo tan inquieto?

—Mi madre trabajaba para la línea aérea Varig y con mi hermana de chicos viajamos por el mundo; salía mucho más barato ir a Brasil que a la costa sur de Francia. Nuestro tema de conversación era cuál sería nuestro próximo destino. Mi padre murió a los 50 años, cuando yo tenía 18. Subió al techo a arreglar unas tejas y tuvo una mala caída. Verlo partir tan joven me hizo tomar revancha. Fue cuando dije que esta vida me la voy a comer, nadie me va a decir cómo tengo que vivirla; seré yo el único dueño de ella, porque para terminar así, ¡ni cagando! Su muerte fue una patada en el culo, en muy poco tiempo maduré mucho. La pena tuve que digerirla pero me dio la fortaleza y la filosofía de hacer lo que me parezca bueno para mí.

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—Debe tener un costo el desapego, el no pertenecer a ningún lado al final.

—Sí claro, cuando mis hijos eran chicos faltó el abuelo, la abuela. Nuestra primera Navidad fue sola, los primos no se conocen; al final fabricas una familia con los amigos franceses que sirven de abuelos y tíos, pero no es lo mismo. Además como sabes que esas amistades van a partir, empiezas a involucrarte menos y a crearte una caparazón.

—¿A qué le tiene apego?

—A mi núcleo familiar y a mis ganas de sentirme vivo. Necesito experimentar sensaciones, sentir que existo.

—¿No le interesa lo material, un buen sueldo no lo amarra, por ejemplo?

—No, no, eso es lo peor. En mis 18 años en Chile gané y perdí todo como cualquier empresario, pero nunca quise llegar al punto de tener buen sueldo y quedarme ahí. Me encierran en un cuadro y no funciono. Tengo una relación sana con la plata, mientras tenga para viajar o dos pasajes en el bolsillo, estoy bien.

—¿Qué le queda por conocer?

—La villa de Puducherry; una minicolonia francesa en el sur de la India, donde seguramente hubo una mezcla culinaria interesante entre el curry y la cocina de mi país. La India me atrae porque está lejos de nuestra cultura, en lo gastronómico utiliza la comida vegetariana que apenas conozco.

—¿Los chilenos tenemos espíritu aventurero o somos más asegurados?

—El chileno es mamón. En educación salen poco, sacan su título que sólo vale en Chile. A muchos cocineros les conseguí pega en Francia, y a los 15 días querían regresar por la abuela, la polola, ¡cuando debieran estar mínimo diez años afuera! Les falta curiosidad, ver que existe otra cosa. Les temen a otras culturas, a lo desconocido; espero que las nuevas generaciones viajen más y dejen de pensar que Punta Cana es el único destino.

—¿En qué se ha chilenizado?

—El abrazo que me complicó en un principio, me conquistó. Esa facilidad de acercarse es muy agradable y eso se ve sólo aquí, al igual que el asado del domingo y la junta familiar. La naturaleza es maravillosa, lo mismo sus productos y gastronomía. Tienen mar, desierto, cordillera, bosque nativo, por eso les digo paren de quejarse, ¡dejen de llorar! Creen que al otro lado de la frontera está mejor, ¡valoren lo que tienen!

—Además de llorones, ha dicho que nos falta decir no.

—Nadie se atreve, prefieren inventar mil cosas para no quedar mal, por miedo a decepcionar o por falta de carácter. Debido a esa ambigüedad tuve que ponerme duro. En Francia, el trato con el personal es cercano, aquí, en cambio, es piramidal, la gente funciona por el miedo. Te respetan cuando demuestras que sabes hacer tu pega, pero ser estricto también funciona, lo que es imposible en Francia, excepto en la cocina. Esta conserva el esquema militar, donde el chef es Dios, no hay nadie sobre él. Hay mucho grito y humillación para sacar lo mejor del cocinero, porque una vez que te lo lloras todo y logras sacar tu frustración, quedas limpio para recibir lo que te quieren inculcar.

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­—Y en lo gastronómico, ¿cuáles son nuestros peores pecados?

—El completo ‘a la Copec’, almorzar con bebida. También la torta de cinco pisos de crema con cuchuflí y el tarro de café instantáneo.

Se define de izquierda, lo que para Yann Yvin significa la búsqueda de justicia social, donde cada persona tiene derecho a educación y salud. “No puede ser que aquí un chico hasta para ser cocinero tenga que pagar 300 lucas al mes durante tres años y gane 250 mil, ¡es injusto!”, dice mostrando su lado más político. Y prosigue: “Michelle Bachelet dijo educación gratis, pero no veo la luz al final del túnel, falta más claridad y definición. En educación se está perdiendo mucho tiempo tratando de llegar a consenso. Hay becas, mil maneras de armar la película, pero no pueden olvidar que la educación debe ser gratis para todos, ¡punto!”.

Aunque cree que Bachelet es una buena presidenta reconoce que tenía mayores expectativas con su gobierno. “Pensé que terminaría su mandato con las cosas hechas, pero siento que no saben cómo hacerlo. Está lleno de reformas, pero ninguna cumplida. Y los inversionistas queremos entrar a un país donde las reglas del juego estén claras, por algo la cosa está estancada. Necesito saber cuánto me costará, por ejemplo, contratar mañana a un empleado”.

—¿Invertiría hoy en Chile con un restorán?

—Hoy no. Quiero tener escrito en un papel las reglas del juego, no creo en las palabras. Esta falta de claridad hace que se trabaje a la semana por no decir al día. Es un poco el manejo del chileno, la planificación aquí no existe, todos trabajan al corto plazo. Por ejemplo, llevan años construyendo el aeropuerto de Santiago, y ya les quedó chico sin terminarlo. Aun así, seguiré siendo un hombre de izquierda. Y para una mayor justicia social creo que debiera reducirse el IVA de 19 al 5 por ciento para todo lo que es educación y cultura: cine, teatro, libros. El IVA es el impuesto más justo que existe, porque si consumes más, pagas más; si no, no pagas. Me gusta la sociología; creo que mirando cómo funciona un país, se puede ajustar la economía, sin embargo, nadie se mete en eso porque es revolución.

—¿A quién ve de candidato?

—Me gustaría Ricardo Lagos, aunque no creo que se presente. Lo peor es que no hay nadie más; Piñera no, Lavín tampoco; Meo es muy jovencito…, ¡queda Farkas!

—Le ha dado duro a Farkas, para muchos un intocable.

—Hay que ser razonable. Es un buen hombre, no dudo en el valor que tiene, pero para ser político hay que ser mucho más que eso. Tiene esa imagen de andar en un Rolls-Royce tirando billetes, que empiece a ser alcalde de su pueblo primero y veamos como funciona. Aunque como dije hace poco, en este circo, ¡necesitamos más payasos!

—Se ve muy interiorizado con lo que ocurre en Chile, ¿proyecta su futuro aquí?

—No tengo plan con ningún país, sólo quiero en mi futuro un acceso directo de mi casa al agua. Un puente que me lleve a la playa donde pueda bucear y amarrar mi barco. Ahí quizá deje de moverme…, aunque difícil, mientras tenga energías, buscaré siempre algo más.

Twitter: @YannYvin