Esto debe ser obvio para mucha gente, pero es que a veces una tiene que hacer el recorrido solita. Una pregunta me rondaba medio vaga hasta que terminó de delinearse cuando veía Mad Men, la serie de publicistas de los años sesenta que hizo famosos a Jon Hamm por su cara y a Christina Hendricks por su trasero, ambos definitivamente apreciables. No me sorprendía tanto la trama ni la ropa, me acuerdo, sino detalles en las escenas que por lo general no aparecen en las novelas ni en el cine, porque son muy cotidianos y ralentizarían la narración: el gesto de correr a sostenerle el abrigo con que las secretarias reciben cada vez a sus jefes en Sterling Cooper, por ejemplo, o ese día en que van de picnic a un parque Don, Betty y los niños, y cuando se acaba el paseo ella, la joven madre, una modelo educada en Bryn Mawr que hace equitación en un club elegante, simplemente sacude el mantel y se va, dejando atrás, sobre el pasto de un lugar público, toda la mugre, los restos de comida, los envoltorios grasosos y las colillas de los cigarrillos que fuma sin parar, incluso cuando está recontraembarazada.

No hace falta decir que ese autismo hacia el entorno que caracterizaba a la modernidad hasta digamos los años noventa hoy casi no se ve; lo entendemos como una desconsideración, un comportamiento asocial, una rotería sin distinción de clase. Tampoco hace falta decir que no hay ninguna razón para que ese gesto narrativo sea pura fantasía: nuestros padres realmente hacían en sociedad, en Estados Unidos, aquí y en todas partes, muchas cosas que ya no se hacen. Que ellos mismos ya no hacen. Entonces, ¿cuánto tiempo pasa hasta que una idea nueva y compleja permea una sociedad prácticamente por completo, o sea se convierte en lugar común? Esa es la pregunta, y la respuesta creo que es unos treinta a cuarenta años, desde sus primeras manifestaciones públicas con cierta resonancia hasta el momento en que nos parece en verdad extraño que se haya podido vivir de otra manera.

Ese lapso de lenta absorción de una idea hasta que deja de ser polémica y se vuelve costumbre permite que en el curso de tu vida puedas ver unos cuantos cambios de esos importantes. No me refiero por supuesto a las teleseries turcas o los pantalones pitillo —aunque la moda es siempre interesante como fenómeno y como espejo—, sino a un modo de vivir que la mayoría ya no nos cuestionamos porque su corrección o bondad social nos parece natural, pero que no arribó por gracia de algún ente metafísico sino por la persistencia y el valor de personas que, durante muchos años de argumentos, y latas y campañas y retrocesos, dolor, traiciones y cansancio, nos convencieron de que su idea era justa, y por eso debía ser también la nuestra. 

En 1989 se celebró la primera unión civil en Dinamarca y en 1990 la OMS despatologizó la homosexualidad. En 2014 una pareja gay fue portada de esta revista, pero mis hijos no entendieron qué tenía de especial ese gesto. No entienden que a alguien pueda molestarle el amor en cualquiera de sus formas.

Falta un poco pero no mucho. Ya está aquí, ya llega.