Ya sé que les dije que la próxima vez que vieran mi blog les iba a hablar de una tentación que inesperadamente reencontré aquí en Chile. Pero habrá que esperar, porque en estas semanas en que me he desaparecido de la página de Caras.cl, mi vida volvió a reacomodarse ―FELIZMENTE, debo asegurar― pues la vikinga menor aterrizó en Arturo Merino Benítez… Y ya somos dos a este lado del charco.

La espera no estuvo exenta de agobio. No sé si fue Murphy o su aura vikinga, la ruta relativamente simple de Copenhague a Santiago se convirtió en una pasada por Düsseldorf, Amsterdam y Madrid, antes de pisar el suelo materno. Y cuando la vi aparecer radiante a pesar de la vueltecita, me extrañó verla tan “liviana de equipaje”… Ahí lo supe: sus maletas seguían deambulando en alguna parte del Viejo Continente. No quedaba otra compartir con ella mi ropa. Por eso, amé la póliza que nos permitió pasar un par de días de power shopping para rearmar el armario de mi hija.

Considerando que este verano en Dinamarca ha sido el más frío y lluvioso de los últimos 40 años (¡el vikingo era un niño entonces y hasta había olvidado esa mala experiencia!), casi me sorprendió que el primer comentario de mi hija fuera: “Mamá, pero qué frío!”. Entre el acostumbrarse a este tipo de clima, al tráfico incesante, a las aglomeraciones en el Metro y en el Transantiago, la compra de ropa, la reaparición de las maletas y su primer encuentro con el concepto de “uniforme escolar”, entre otras cosas, pasaron como un suspiro sus dos primeras semanas y la reconfiguración de mi chip mental de “estoy en Santiago de Chile” … Con un antes y un después de la llegada de la vikinga menor.

El “después de su llegada” incluye el inicio de mi experiencia como apoderada del colegio. Y no es porque en Dinamarca no exista el concepto, pero con una reunión al año donde se discute y se acuerda TODO, más las dos reuniones anuales, personales, con todos los profesores de tus hijos para evaluar su desarrollo académico y social, ya me sorprendió el hecho de firmar un documento en el que asumía la responsabilidad de conlleva el ser apoderado… ¿De verdad hemos llegado a una situación en la que se debe firmar un documento para algo que, en lo personal, me parece tan obvio? ¡oh, sorpresa!
Miro a la vikinga con su faldita tableada, polera blanca con cuellito, sweater y panties azules y zapatos negros y casi me emociono.

Ella, ya integrada al grupo de whatsapp de su curso, chequea en el smartphone una última tarea y revisa si tiene en el bolsillo la tarjeta BIP que le dará acceso a la pisadera de un bus ultra repleto que, afortunadamente, todavía no merma ni su voluntad ni su paciencia. Y ahí vamos ―sí, la acompaño al paradero que queda de camino a mi oficina― y la veo subir radiante por un nuevo día en esta experiencia adolescente que, sin duda, ya la está haciendo crecer más personalmente, aumenta su autoconfianza y potencia sus habilidades, con prudencia y un ánimo envidiable.

¡Bienvenida a Chile, a mi tierra de origen, hija querida!

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