Los más escépticos disparan contra la pareja más mítica del amor romántico: Romeo y Julieta. Lo hacen atendiendo a la brevedad de su historia: menos de una semana —según el texto de Shakespeare. Otro gallo cantaría, afirman, si esa historia se hubiera extendido en el tiempo y hubiesen llegado, cuando menos, al séptimo año que, ya se sabe, trae consigo la famosa comezón — imaginen nada más a Romeo, en la soledad del verano, con su familia en el campo, viendo llegar a su nueva vecina, una solterísima y despampanante Marilyn Monroe, tal como ocurre en la película de Billy Wilder, La comezón del séptimo año.

Lo cierto es que los amores prolongados parecen estar en crisis, motivo suficiente para que Alain Finkielkraut —uno de los filósofos y ensayistas franceses más reputados— decidiera internarse en un tema tan poco tangible como éste. En el prólogo de “Y si el amor durara” (Alianza editorial, 2013, Madrid), plantea la pregunta que será clave a lo largo de su libro: “¿Tenemos motivos para creer aún en el amor duradero, o tal promesa es una quimera, una ilusión, una añagaza, un peligroso espejismo?”.

¿Cuál sería la respuesta de Gala, la musa de Salvador Dalí, frente a esa pregunta?, ¿qué diría Eva Braun, el gran amor de Hitler requerida ante una cuestión así?, ¿o el mismo Eduardo VIII, quien renunció al trono de Inglaterra por su infatigable amor a Wallis Simpson?

Lejos de las investigaciones científicas que han reducido al amor a una respuesta química que dura entre dos a cuatro años, Finkielkraut, al igual como lo había hecho en otro de sus libros (Un corazón inteligente, Alianza editorial, 2010, Madrid), echa mano a la literatura para encontrar ahí sus respuestas, entendiendo que ésta es una forma de conocimiento tan válida como la filosofía o las ciencias sociales.

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Y en ese plan toma una novela escrita en 1678, por Madame de La Fayette. La princesa de Clèves es la historia de una mujer que se casa renunciando a la pasión. Al amor de su marido ella responde con estima y agradecimiento. Sin embargo, cuando aquel sentimiento aparece en ella por otro hombre se cierra a esa posibilidad. Incluso, una vez que su marido fallece, ella se resiste a ir a los brazos de ese otro a quien ama en secreto, bajo el imperativo de serle fiel a quien murió de amor por ella.

La princesa de Clèves entiende que el amor se condena a su extinción con el compromiso, “salvo si permanecen eternamente insatisfechos”. Finkielkraut cita las palabras de la propia princesa de Clèves: “El señor de Cleves era el único hombre del mundo capaz de encontrar el amor en el matrimonio; (…) acaso también su pasión había subsistido porque no había encontrado ninguna en mí”.

La princesa de Clèves no vuelve a conocer hombre. Pero ese “amor que expresamente se pone en guardia contra lo que declara, el amor que se adapta a su propio perjurio, hasta el punto que lo erige en ley o en principio de funcionamiento —inquiere Finkielkraut—, ¿sigue ese amor siendo amor?”.

La receta de la princesa de Clèves (amar sin amar para que no se muera el amor) tiene su contraparte en un libro de Phillip Roth: “El profesor del deseo”. En él, su protagonista, David Kepesh, un profesor norteamericano de literatura comparada, se deja llevar por el deseo y sublima el cuerpo por encima de las bondades de la espiritualidad.

“David Kepesh —escribe Finkielkraut— les deja a los demás trovadores que se ocupen de celebrar el rostro, que es el espejo del alma. El será el poeta del trasero”. En ese afán se lanza a la seducción de las jovencitas con frases como ésta: “Tienes un culo que es una obra maestra”.

Y así le va. Luego de aceptar una beca Fullbright viaja a Londres y en un restorán escandinavo conoce a una estudiante sueca, para terminar con ella en su departamento, en un trío con su compañera de piso: “Es la hora bendita de los placeres a rienda suelta y las experiencias sexuales. Ningún tabú los retiene. Ninguna sublimación los distrae de la satisfacción de sus fantasmas (…) Dejan de lado los arrumacos y los tiernos preámbulos y se inician mutuamente en la voluptuosidad de los abrazos brutales”.

Pero así como ama a esas chicas en un departamento de Londres, volverá a amar más tarde a otras. Y no sólo es un amor carnal. Cuando está con Claire le escribe: “Te contaría yo lo que más me gusta. El estanque donde nadamos. El huerto de manzanos. Las tormentas eléctricas. La barbacoa. La música sonando. Charlar en la cama. El té helado de tu abuela. Deliberar sobre la ruta del paseo mañanero y la ruta del paseo vespertino. Ver cómo inclinas hacia abajo la cabeza para pelar duraznos”.

El problema de Kepesh lo explica Finkielkraut: “Es un presente paradisiaco que Kepesh conjuga ya en pasado. Siente nostalgia por lo mismo que está viviendo. Lleva, durante el idilio, duelo por el idilio. Con la borrachera de los comienzos apenas disipada ya está viendo aparecer la palabra ‘fin’. Todo cuanto es gusta; ahora bien, ese gusto es prenda del deseo y el deseo inexorablemente mengua. El verano ya es otoño”.

Ese amor fundado en el deseo está condenado a vivirse en una sucesión de paréntesis. Su destino es decaer. Y en ese plan, Finkielkraut interpreta la dicotomía de Kepesh: “Tras la locura, la dulzura; tras la dulzura, la insipidez. El deseo está condenado al desgaste. El deseo o el desierto. La incandescencia o la rutina. El deseo o el tedio”.

¿Hay alguna esperanza en el libro de Finkielkraut? Después de mirar el amor a través de la mirada cinéfila y literaria de Ingmar Bergman, se asocia con Kundera para echar por tierra el amor romántico. Barre con la poesía y los poemas que cantan al amor. También destruye al  homo sentimentalis —aquel hombre que reverencia sus sentimientos y su yo sensible—, argumentando que hemos reforzado el amor con el amor del amor, a riesgo de sustituir el primero con el segundo. El amor del amor borró a la destinataria del amor. Y lo que es peor. El enamorado termina amando la imagen de sí mismo que ese amor le devuelve.

Recién entonces asoma un respiro, encarnado en el cuarentón que aparece en “La vida está en otra parte”. Es un hombre que viene de vuelta, que no está obligado al amor del todo o nada de los jóvenes. Ni siquiera lo animan los sentimientos. Ha dejado de mirarse a sí mismo. Y quizá ahí está la clave de todo. A la parafernalia propia del género humano, Kundera antepone el gran cansancio de ser hombre. “Alejarse, marcharse, borrarse, (…) huir del alboroto de los demás y del carnaval de su propio yo, salir de escena”.

El francés remata con una historia en donde quizás está la respuesta a la pregunta inicial: la historia de Filemón y Baucis, la pareja de campesinos que recibieron en su modesta cabaña a Zeus y Hermes, que viajaban de incógnitos. Cuando el rey de los dioses les preguntó qué era lo que deseaban, Filemón respondió: “!Que pueda la misma hora llevarnos a los dos! ¡Que pueda no ver nunca la pira de mi esposa y no ser enterrado por ella!”. Y así nomás fue.

Morir junto a quien se ha amado, qué mejor prueba de que el amor sí puede durar.