A los 27 años, Madonna conquistaba el mundo —y también a Sean Penn— cantando Like a Virgin; Brad Pitt se convertía en objeto del deseo femenino luego de su aparición en Thelma y Louise; Maradona ponía a sus pies a toda Italia al conquistar el primer scudetto de su historia para el Nápoli; y la escritora J.K. Rowling comenzaba a trabajar en un borrador de la saga que la llevaría a la gloria pocos años más tarde: Harry Potter.

Los 27 son una edad luminosa. Por ahí el mejor momento de nuestras vidas. Es la estación de tránsito entre la adolescencia y la primera adultez. Estamos con el estanque de energía a tope, pero ya no somos tan atolondrados ni inseguros. Nuestra mirada de las cosas comienza a cambiar sutilmente y si bien es posible que nuestras ideas no tengan la profundidad del océano, hace rato que empezamos a ver bajo el agua.

A los 27 ya has vivido una parte importante de tu vida, esa donde el carácter comienza a cobrar sus formas primarias. Ya hiciste tuyos ciertos ritos que no vas a abandonar ni hasta el fin de tus días; elegiste también los amigos que van a ser tus compañeros de ruta. Ya te enamoraste o creíste estarlo —a lo menos una vez— y también conociste el desamor. De seguro hiciste algo de lo que te sientes orgulloso, viviste una fiesta memorable y fuiste a algún concierto.

A los 27 siempre tienes algo que contar. Charles Chaplin ya había hecho más de cincuenta películas con su célebre personaje del bastón; Gabriel García Márquez había escrito su primera novela; y Napoleón se las había arreglado para invadir Italia al mando de las tropas francesas.

En otras palabras, ya eres quien vas a ser en el futuro. Más allá de que el día de mañana te pongas un tatuaje, te apliques bótox o te salgan canas, ya te inventaste a ti mismo, y aunque siempre cabe la posibilidad de la reinvención, quien te conoce a los 27 te conoce para toda la vida.  

A los 27 estás en condiciones de emprender sueños mayores: irte a vivir con la mujer o el hombre que quieres, tener un hijo, atreverte con ese proyecto con el que has soñado toda la vida. También las cosas comienzan a tener otro sabor: caminar la ciudad en las tardes del verano, ir a la playa en el invierno, leer un libro, abrazar a tus padres, preparar una comida a tus amigos.

El secreto de los 27 está en que sigues siendo en parte el adolescente que fuiste y ya tienes puesto el traje del adulto joven que serás.

Es más, me atrevería a decir que de estar viva Violeta Parra habría cambiado la letra de una de sus composiciones capitales, y en vez de escribir volver a los 17 después de vivir un siglo, le habría cantado a los 27 con toda la premeditación y alevosía que su voz podía consentir.