En Chile existe una verdadera “realeza”. Unos pocos jugadores no le prestan la pelota al resto.
Hace pocos días, el periodista Daniel Matamala publicó la columna “Los Herederos” en Ciper Chile. Ha recibido muy buenos comentarios, y se la ha difundido ampliamente en redes sociales.

Matamala se refiere a una exclusiva cumbre latinoamericana que tuvo lugar en Santiago: el «XVI Encuentro Empresarial Padres e Hijos». Estaba lleno de “apellidos”, dice. “Luksic, Said, Saieh, Solari y Paulmann, junto al magnate mexicano Carlos Slim”. “Entre esos herederos habrá, sin duda, algunos talentosos, esforzados y capaces”, observa Matamala. “Los habrá también mediocres, remolones y torpes. No son sus eventuales aptitudes los que los hicieron merecedores de un asiento en el banquete de bienvenida, sino simplemente su apellido.”

En 2013, el economista de Yale Seth Zimmerman publicó un estudio relacionando tres factores en Chile, recuerda Matamala: la asistencia a colegios de élite, a programas universitarios exclusivos y la obtención de altos cargos en empresas.
Zimmerman se refiere a Chile (su objeto de estudio) como un país de ingreso mediano que pertenece a la OCDE y su investigación la destacó la revista “Capital” en enero de 2014. La bajada apunta que Seminarium Head Hunting reveló en 2003 que los líderes del mundo corporativo provienen de un “selecto club”, de unos pocos colegios y (literalmente) un par de universidades. Una década después, la concentración aumentó aún más. En 2003, un 82% de la elite había estudiado en colegios exclusivos; en 2013, la tendencia aumentó a 83%.
Esto no está mejorando.

El doctor en Economía Eduardo Engel comentó el estudio de Zimmerman en La Tercera: “Seleccionar las elites empresariales principalmente de quienes provienen de un pequeño grupo de colegios privados significa que nos estamos perdiendo mucho talento innovador y emprendedor. Que las carreras universitarias más apetecidas no contribuyan a cerrar las brechas de oportunidades, sino que, por el contrario, las hagan mayores, debiera preocuparnos”.
Engel cuenta que las chances de que un joven proveniente de un colegio exclusivo llegue a ocupar un cargo directivo son muy superiores a las de un institutano, “un 65% más altas para ser precisos”.

DE AQUÍ SALEN NUESTROS GERENTES

Los colegios son unos pocos: Verbo Divino, Saint George, San Ignacio (Pocuro), Grange, Padres Franceses (Manquehue).
Las universidades, todavía menos. Casi casi una sola: la Universidad Católica. Entre los gerentes generales, la incidencia de la UC subió de 37,5% a 53,3% entre 2003 y 2013. En ese mismo período, la Universidad de Chile (en estos casos, la eterna segunda) descendió de 32,5% a 15%.
La carrera favorita es, siempre, Ingeniería Comercial (por algo, una de sus menciones es “Administración de Empresas”). Tiene un 41,9%. Le sigue Ingeniería Civil, con 34,4%.

“Este sistema de castas, que privilegia el origen familiar por sobre el talento personal, es contradictorio con el capitalismo”, anota Matamala. “En un sistema de libre competencia, las grandes empresas deberían estar ávidas por reclutar a los más talentosos, sin importar su origen, colegio o apellido.”
Lo mismo opina en la última revista “Paula”, la escritora Isabel Allende: “Una de las cosas que más me revientan de Chile, y quizás la que más, es el clasismo, esas castas como en la India, y que son muy poco permeables. Tú naces de un cierto apellido para abajo y, hagas lo que hagas, te quedaste abajo. Tal vez puedas tener una situación económica, pero en materia de clases no eres aceptado.”

Como dice Matamala, no importa que los de apellido sean “mediocres, remolones y torpes”, igual les va a ir bien. Y los jóvenes brillantes que no pertenecen a esa casta no podrán ascender. “A los herederos les va mejor no porque sean mejores, sino porque son herederos”, señaló Carlos Peña en “Capital”.
Pero quizás nadie lo haya dicho más brutalmente que Nicolás Eyzaguirre en 2014: “Yo fui a un colegio cuico. Fui al Verbo Divino, y les puedo decir que muchos alumnos de mi clase eran completamente idiotas; hoy, son gerentes de empresas. Lógico, si tenían redes. En esta sociedad no hay meritocracia de ninguna especie”.

Otra mirada tiene Andrés Benítez, rector de la Universidad Adolfo Ibáñez, citado en “Capital”. Sostiene que el éxito depende de muchas otras variables. “Me refiero al aporte que hace la familia, a través de los valores y actitudes que transmiten los padres; al ambiente en que las personas se desarrollaron y las características personales de cada individuo.” A esto, Andrés —uno de mis jefes en El Mercurio—lo llama “capital social”. (Benítez era famoso por la cantidad de veces que decía “al final del día” en las reuniones de pauta.)

No es que los colegios o la UC los hagan muy buenos o muy deseables para cargos de gerentes generales: ellos ya eran buenos antes de llegar porque cuentan con ese “capital social”. “Acá se habla mucho de clasismo, pero la verdad es que también hay diferencias objetivas desde el punto de vista profesional entre las personas, dependiendo de dónde nacieron”, asegura Benítez, quien tenía una curiosa devoción por Naomi Campbell (“la diosa de ébano”, murmuraba). “Las competencias son distintas. Aunque suene duro decirlo. Pensar que ello no es así, es quitarle todo rol a la familia, al ambiente, al tipo de educación informal que recibió el alumno.”

¡Pocas posibilidades para un pobre institutano!

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