Eran estudiantes de colegio en un exclusivo barrio residencial de Montevideo y, en su mayoría, eran rugbistas del equipo Old Christians. Viajaban a Santiago para realizar una serie de partidos amistosos. Los jugadores y seis familiares fletaron un avión de la Fuerza Aérea uruguaya que el jueves 12 de octubre de 1972 despegó del aeropuerto de Carrasco con 45 pasajeros. Se trataba de un Fokker casi nuevo y el piloto era un profesional con veinte años de carrera, cinco mil 117 horas de vuelo y 29 viajes sobre la cordillera a su haber.

A las tres y media de la tarde del viernes 13 –debido a una tormenta habían tenido que permanecer la noche anterior en Mendoza–, la torre de control del aeropuerto Pudahuel perdió todo contacto con el aparato. Lo último que habían escuchado era que el avión se disponía a aterrizar en Santiago en cinco minutos más. Pero no llegó.

Al parecer –no hay otra explicación plausible– el copiloto de la nave habría hecho una lectura equivocada de los instrumentos. Así, cuando salían de una densa capa de nubes para comenzar el descenso, los aterrorizados pasajeros se percataron de que iban directo hacia una pared de montañas. Todos los esfuerzos del piloto por repuntar la nave fueron infructuosos.

El primer impacto destrozó el ala derecha y ésta, al volar, cercenó la cola del aparato. Luego desapareció el ala izquierda, al chocar con otro pico. De ahí, como en un tobogán, la cabina se deslizó por la pendiente hasta quedar enterrada en un banco de nieve en medio de la cordillera. A tres mil quinientos metros de altura.

Durante los pocos segundos que duró esta hecatombe, varios de los pasajeros salieron despedidos por la cola. Otros murieron por la fuerza de los impactos. Y varios más quedaron atrapados entre un cúmulo de fierros. El último choque de la cabina hizo que todos los asientos fueran arrancados de cuajo y terminaran en el frontis de la cabina aplastando a quien estuviese por ahí. De los 45 que iban, sólo sobrevivieron –en principio– 33.

Muchos quedaron heridos y mutilados; otros salvaron increíblemente ilesos; los menos, con una fuerza inexplicable, lograron sobreponerse para controlar el pánico y la situación. Esa primera noche, cuatro más murieron de frío.

Carne y huesos

Los sobrevivientes no tenían más que unos cuanros chocolates para comer y muy poca ropa de abrigo. Tuvieron que enfrentar temperaturas de hasta 30 grados bajo cero y, llegado el momento, comer carne humana –los cuerpos de las víctimas– se les hizo absolutamente imprescindible.

Al noveno día en la cordillera, escucharon por la radio que la búsqueda se había suspendido. Pero ellos estaban vivos y ni pensaban dejarse morir. A esas alturas, los signos de desnutrición de notaban: sufrían de mareos, sensación permanente de frío, piel escamosa y apatía. Había que hacer algo para alimentarse.

Por supuesto, tomar la decisión fue más difícil que llevarla a cabo. Y Roberto Canessa, hoy cardiólogo infantil de renombre y entonces estudiante de primer año de medicina, jugo ahí un papel determinante: fue él quien se atrevió a plantear en voz alta lo que ya muchos pensaban privadamente. De una manera muy convincente, les explicó a los demás cómo la falta de alimentos iría consumiendo sus organismos, a la vez que usó como argumento que los cadáveres eran sólo carne y huesos.

Fue un proceso gradual el que vivieron los muchachos. Y todas las convicciones religiosas y morales del grupo entraron en discusión. Finalmente, todos estuvieron de acuerdo en hacerlo y pactaron que, si alguno de ellos moría, de todas maneras su cuerpo serviría de alimentos para los demás.

Segunda resurrección

Precauciones tomaron muchas. Primero, para no identificar el cuerpo del que comerían, y después, para aplazar lo máximo posible el momento de tener que recurrir a los cadáveres de los amigos más íntimos y de los familiares. Para ninguno esto fue fácil, como es de máxima obviedad. Y hubo varios que se negaron a comer carne humana hasta agotar la última fuerza que les quedaba. La única que nunca comió fue Liliana Methol.

No fue por inanición que finalmente Liliana murió. Una noche, pensando en sus tres hijos pequeños que la esperaban en Uruguay, le prometió a su marido que al día siguiente comería. Pero ella fue una de los diez que perecieron sepultados por el alud que enterró totalmente los restos del avión la noche del 29 de octubre.

Ninguno de llos se había imaginado que la montaña los sometería a nuevas pruebas. Y realmente fue increíble que dieciocho quedaran con vida. Fueron momentos indescriptibles de horror, cuentan. Sólo uno había quedado libre de la nieve y se puso a excavar hasta encontrar a otro con vida. Y, en un gesto impresionante, se fueron rescatando unos a otros. Semiasfixiados y prácticamente congelados, los que sobrevivieron aguardaron la llegada del amanecer. Y el primer rayo de luz lo sintieron como una seguna resurrección.

El misticismo, a estas alturas, permeaba todas sus acciones y las adversidades no lograban apagar sus esperanzas de salir de ahí con vida. Fernando (Nando) Parrado, jugó, entonces, un rol esencial. Desde los primeros días en la montaña, su obsesión fue encontrar una salida. Había perdido a su madre y a su hermana en el accidente, y no se resignaba a esperar a que llegara alguien a salvarlos. Varias veces propuso abandonar el lugar, pues estaba convencido de que Chile no debía estar muy lejos.

Hicieron múltiples expediciones, siempre en pequeños grupos de tres o cuatro integrantes. La idea era encontrar el camino más accesible y el menos arriesgado. El grupo –midiendo las respectivas fuerzas físicas y sicológicas– finalmente escogió a Roberto Canessa, a Antonio Vizintín y al propio Parrado para la gran cruzada.

Acto seguido, los eximieron por un tiempo de todas las tareas colectivas. No pusieron límite a su ración de alimento y los dejaban dormir en los lugares más abrigados. Su misión: salvarlos a todos; a eso partieron el 11 de diciembre a las cinco de la mañana.

viven450-1

Al tercer día de caminata se percataron de que el viaje sería mucho más largo de lo que imaginaban y decidieron que Vizantín regresara al campamento. El alimentos que llevaban no alcanzaría para los tres. Recién al séptimo día pisaron algo que no fuera nieve. Al octavo, vieron vacas. Pero no fue hasta el décimo día de haber abandonado lo que quedaba del avión que tuvieron contacto con seres humanos. Lo habían logrado. Estaban a salvo.

Fue el 22 de diciembre cuando todos, como dicen ellos, volvieron a vivir. Los catorce sobrevivientes restantes, que aguardaban en el avión, escucharon por la radio que Canessa y Parrado habían llegado a la civilización. Seis horas después, el sueño se hizo realidad. El ruido de dos helicópteros apareciendo por la montaña quedó grabado en la memoria de ellos como el momento más emotivo de sus vidas. Se abrió la puerta trasera de uno de los helicópteros y Parrado se asomó sonriente.

Habían pasado 72 días desde el accidente. Dicen que lo que los salvó, en definitiva, fue el haber establecido una férrea organización interna, un fuerte sentimiento religioso común, la amistad, su nivel de instrucción, su inteligencia, y por supuesto, las enormes ganas de vivir.

No es ficción

Mucho se ha escrito sobre los llamados “héroes de Los Andes”. Reportajes, libros, documentales y películas han dado la vuelta al mundo retratando “el milagro”. Morbosos algunos y parcelados otros, nunca se había tenido una historia tan fiel como la del libro ¡Viven!, de Pier Paul Read, escrita con la aprobación de los sobrevivientes. Y sobre la base de esa versión, hoy, veinte años después, Hollywood reproduce el drama en la pantalla grande.

Alive costó 25 millones de dólares y fue filmada en el glaciar Dolphins en las montañas de Columbia. Es la segunda gran producción del director Frank Marshall. La primera fue Aracnofobia, aunque antes había participado como productor en películas Indiana Jones y Volver al Futuro, junto a Steven Spielberg y George Lucas. Entre los actores del largometraje, todos bastante jóvenes, los más conocidos son Ethan Hawke (La sociedad de los poetas muertos), quien interpreta a Nando Parrado, y Vincent Spano, en el papel de Roberto Canessa.

Según los dieciséis sobrevivientes, la historia relatada por Marshall no tiene nada de hollywoodense. Es más, todos coinciden en que, en las dos horas que dura el filme, el director logró plasmar efectivamente todo lo que vivieron y sintieron durante los días que duró su desgracia.

Para hacer los guiones, los encargados conversaron con todos y cada uno de los sobrevivientes. Y, durante toda la filmación, contaron con la asesoría directa de Nando Parrado. Además, los dieciséis viajaron al set en distintas oportunidades para conocer a los actores y, de pasada, mostrarles un poco más de sus personalidades.

La película comienza y finaliza con las palabras de Carlitos Páez (39), quien el 31 de octubre de 1972 cumplió 19 años, en plena montaña. Él le mandó al guionista una cinta de dos horas relatando todo lo que vivió. El relato –y la filmación– se hicieron en orden cronológico. Los actores debieron seguir una dieta baja en grasas y se les pidió que fueran dejando crecer el pelo y la barba mientras duraba el trabajo. Así, el maquillaje que se necesitó fue muy poco.